Por qué terminé poniendo cortos en un sótano (y de ahí a la calle)

Abres el programa (que sólo funciona con Explorer y que te ha llevado un mes y varias sesiones de Skype con Madrid para poder manejar). Introduces usuario y contraseña ajenos (curras para ellos, pero no eres parte de ellos). Describes las películas que vas a proyectar. Te aseguras de que hay copia, de que los derechos están vigentes, de que hay subtítulos, etcétera. Validas. Esperas a que den el visto bueno desde Madrid. Vuelves  a abrir el programa un par de días después para introducir toda la información en español y en chino. Lo anuncias a todo el mundo en todas las redes sociales posibles y das la vara a amigos y conocidos. Cruzas los dedos para que venga alguien a esa sala fría, como de museo, a ver lo que sea que quieres poner esa tarde de sábado que estás pasando allí en vez de en tu puta casa porque al fin y al cabo esto te gusta.

Consigues que los espectadores habituales pasen de ser menos de cinco a, después de unas cuantas proyecciones, casi veinticinco. Consigues que la gente se quede después un rato a charlar de la peli y de la vida en general, en español, que te propongan actividades, que te expresen sus ganas de seguir aprendiendo tu lengua materna y eso te llena de un orgullo que no te da ninguna otra cosa que pueda salir de esa patria que dejaste hace dos años.

Y entonces, una tarde, después de haber preparado la propuesta de los próximos seis ciclos, te llaman. Oye, mira, que nos han dicho los jefes de Pekín que la de cuentas está hasta arriba y que igual no pueden seguir pagándote la miseria que te pagaban  la cantidad acordada. Que nos han paralizado la compra de libros y que además, mira, que dice la jefa que no venía tanta gente como para justificar que continúen. Y tú dices que hen hao, que vale y que ya si eso me llamáis otra vez, sabéis dónde estoy, jeje.

Todo esto ocurre en la única institución que se supone difunde la lengua y cultura españolas en Shanghái. Una institución mutilada por los recortes y huérfana de personal, envenenada de burocracia y paralizada por sus propias trabas.

Lo que hice, después de colgar, fue seguir. Seguir currando en una proyección que continuase la que hicimos en el Basement 6 Art Collective el mes pasado, un espacio multidisciplinar que varios culos inquietos de Shanghái montaron en un antiguo refugio antibombas. Fue allí, y no en la biblioteca que se supone difunde la cultura y lengua del manco ese, donde proyectamos, gracias a la generosidad de muchos amigos, un buen puñado de cortos españoles.

Y así estábamos, preparando la siguiente proyección y un par de eventos más, cuando a los del sótano el casero les echa como a ratas. Qué hacemos ahora. Pues lo que hay que hacer: despedir el Basement 6 a lo grande. Ayudarles a buscar un nuevo espacio. Y de momento, hacernos con una carreta, una sábana y preparar el próximo evento donde sí que podemos: en medio de la calle. Al menos para eso no necesito utilizar un programa informático. Ni el Internet Explorer.

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De pandas y cobras

No sé si lo he dicho ya, pero mis alumnos son unos cielos.

Puestos a elegir, por mucho que me meta con ellos, prefiero mil veces su timidez asustadiza al descaro perezoso de otras nacionalidades que mejor no mencionar. Además, a la nada que se les implica, son trabajadores, curiosos, y, viendo el contenido de sus exámenes, tremendamente imaginativos.

Donde me vean, y aunque se hayan despedido de mí hace cinco segundos,  me saludan agitando la mano con una sonrisa, antes de que suene la sirena les puedes ver trotando con su desayuno hacia la puerta si no es que están ya sentaditos bien formales, y a la salida de clase, siempre me rodea un grupito entre admirados y orgullosos de poder charlotear informalmente con la que llaman “profesora” mientras el resto del mundo universitario de este lado del Huangpu nos miran y remiran a nuestro paso.

Siempre están dispuestos a hacer cosas por mí. Ya sea ayudarme a configurar Internet, comprar un par de botas por Taobao, enseñarme dónde está la mejor piscina del distrito o descubrirme al peluquero más estiloso del barrio, sólo hace falta insinuarlo para tener una, dos y hasta tres guías sonrientes y solícitas que siempre se empeñarán en invitar a todo.

Lo malo es que tanta atención cansa. Después de cuatro días a jornada completa usando un español docente, didáctico y carente de toda ironía y doble sentido, lo que menos me apetece durante mi tiempo libre es verles las caras y escuchar paciente sus voces vacilantes en las personas verbales, y lo que más, una conversación en la que interrumpir al otro las veces que me venga en gana y poner a caldo (venenoso) a todo bicho viviente. Me apetecen trayectos silenciosos en metro durante los que ordenarme la cabeza y, sobre todo y en defitiniva, me apetece hacer lo que me salga de las narices sin que me vea nadie de lo que, a fin de cuentas, no deja de ser mi lugar de trabajo.

Y eso implica tener que pasar buena parte de mi tiempo poniendo diplomáticas y elaboradas excusas a todos los alumnos que me proponen actividades extraescolares para poder compartir cuanto más mejor con su joven y atareada profesora. Y yo necesito mis horas a solas. Sin ellos. Sin esa admiración o esa cortesía servil que roza el peloteo y esa sorpresa casi asustada cuando mi fin de semana, a diferencia del suyo, no ha consistido en dormir o navegar por Internet y se me ocurre comentar que he ido a un concierto o a una exposición, que fui y me volví sola y que no me perdí en el metro ni me asaltaron los hombres malos.

Ahora, ya intento callarme las cosas. Porque las concesiones y las confidencias tienen las mismas consecuencias que en cualquier otro sitio. La principal se llama pagafantismo.

El otro día, uno de esos alumnos detallistas, que conoce mis gustos, me comentó que había comprado vino y queso. Por Internet. Porque aquí todo lo compran por Internet, desde la ropa al papel del váter. Y que si estaba libre por la tarde. Mis tardes son mías, para pensar y criticar y blasfemar mentalmente en mi bendito idioma libre de ataduras didácticas, pero acepté porque, lo reconozco, la imagen de un bodegón de uvas, pan, queso y vino tinto me tocó la vena nostálgica en medio de las Tsingtao de medio litro, el tofu de la casa y el arroz hervido.

Va, venga, quedamos en el comedor de mi edificio, le digo.

Y llegan las seis y media y le veo aparecer con su mochila, mirada huidiza, sonrisa nerviosa.

Pues, pedimos un par de platos y luego subimos, me dice el colega.

Subimos, a dónde, le respondo, lo siguiente a mosqueada, aunque aquí ya hasta cuando me mosqueo sonrío.

Y me señala al techo como si ahora yo fuera la alumna y hubiera que explicármelo todo. Claro, a tu cuarto.
Aquí yo ya me parto de risa.

O sea, que mi querido y avispado alumno se estaba autoinvitando a mi cuarto a beber vino en lo que ya pasa de ser una muestra de cortesía a una especie de cita que yo, a saber por que clase de subterfugio mental, estaría obligada a aceptar igual que he aceptado pasteles de luna o dulces típicos de la ciudad natal de Fulanito Chen. Lo dicho, para partirse.

Le digo que no bebo en mi cuarto. Que si quiere, la abrimos en el comedor, y que si no, naranjitas de la China. Y claro, se me cortocircuita. A quién se le ocurre, beber vino en el comedor, qué dice esta loca, con lo bien que estaríamos en su habitación a la luz de sus velas del IKEA, imagino que piensa.

Pues mira, pipiolo, por ahí no paso. Como nadie te ha pedido que compres Rioja por Internet, o hacemos lo que digo o te lo bebes tú solo. Porque la única persona que puede traspasar el umbral de mi cuarto con motivos etílicos es mi novio, que por cierto, viene en enero y es el doble de grande que tú . Y no se si te has dado cuenta de que no paro de hablar de él a ver si todos os coscáis de que, por ese y otras razones, todo lo que os voy a enseñar en profundidad  va a ser el uso adecuado de los pronombres demostrativos.

Esto último, claro,  me lo callo. Me callo porque yo también he tenido veinte años, porque soy una mujer educada y porque no sé si comprendería la palabra pipiolo.

Lo dicho. Angelitos. Menos mal que la cobra, por suerte, no es especie autóctona.

 

Libros en pantallas

Esto va especialmente dedicado a los sectarios del papel. A los que defendéis el libro objeto por encima de todas las cosas y podríais pasar horas aspirando el olor de las páginas. A los que miráis por encima del hombro a los lectores de e-book como si ya por ese formato estuvieran condenados a las metáforas baratas del best-seller.

Que sepáis que me encantaría regalaros, a todos vosotros, un traslado de un año a alguna ciudad de China.

Me encantaría que, a la hora de hacer una maleta con restricciones de peso, os vierais obligados a elegir entre todos esos hijos que habéis ido adoptando con el paso de los años hasta que casi os habéis tenido que salir de vuestra propia casa.

A ver qué tal se os daba sacrificar unos en favor de otros que luego, igual, no merecen tanto la pena, y todo esto, sabiendo que cada decisión será irrevocable y que os acordaréis meses después de aquella novela que dejasteis con todo el dolor de vuestro corazón en la estantería de un piso con Internet decente en Madrid, Barcelona o Vilagarcía de Arousa. Hagáis lo que hagáis, os vais a arrepentir. Vais a dejar más de lo que os llevéis en esa maleta a rebosar de cosas que nunca serán suficientes. Y sí, leer en inglés está bien, pero la lengua materna tira y no hay nada como una novela para alegrar un viaje en transporte público y a ver qué hacéis ahora sin apenas una librería en toda la ciudad donde poder ojear las novedades editoriales.

Aquí, en Shanghai, nadie lee en el metro. Nadie lee libros, quiero decir. Nadie tiene las narices a llevarse la versión china de la última conspiración de logias milenarias camino al trabajo por la sencilla razón de que ese viaje le puede llevar fácilmente tres horas. Y con un mamotreto de ese calibre en un vagón abarrotado no se puede maniobrar para conseguir un asiento. Muy pocos son los que sacan, si acaso, un cuaderno, y las novelas de bolsillo parecen estar extintas. Aquí el papel es un lujo. Pero sí se lee. Se lee en los tablet, en los Ipad y, sobre todo, en el móvil.

No sólo chatean, ven videoclips o capítulos de series, juegan al Angry Birds o se sacan fotos a sí mismos como si la pantalla fuera el espejo mágico de Blancanieves: también leen novelas. El bolsilibro busca su formato y lo ha encontrado en esas pantallas minúsculas sobre las que inclinarse (y abstraerse) en una historia de artes marciales durante un largo trayecto entre empujones.

Gracias a ese cacharro que me regalaron hace unos meses, me he sumado, casi más por necesidad que por otra cosa, al carro de los que pasamos páginas a toquecitos de índice. Y menos mal. Porque yo también era como vosotros, como esos que usáis como argumento que el papel huele bien. Ya sé que huele bien. Ya sé que los libros son objetos, maravillosos, cálidos, con peso y tacto y alma, y nada me hizo más ilusión que encontrarme con El héroe de David Rubín en la Biblioteca Cervantes de aquí porque ha sido lo más decente que ha caído en mis manos después de las redacciones de mis alumnos.

Y sí, claro que me gusta el papel. Pero también me gusta saber que puedo consultar mi parada de metro en el propio soporte donde leo. Me gusta tenerlo todo ordenado en un sólo rectángulo de bordes redondeados. Me gusta meterme bajo el edredón con una colección de cómics en formato digital y pasarme las noches, aquí tan tempranas, a la luz de la pantalla, pasando páginas a toques nerviosos porque quiero saber cuanto antes cuál es la próxima aventura de Jesse Custer. O en la vuelta a casa en autobús, una vez asegurado el asiento (que os prometo que no es nada fácil), arrellanarme y en ese trayecto que me sé ya de memoria, abrir en medio de esta lejana ciudad de China nada más y nada menos que los cuentos completos de Manuel Rivas.

Que yo antes era muy de papel, de cartoné y de rústicas. Y lo sigo siendo. Pero aquí, esta es la única manera de poder leer la colección entera de Hellboy en inglés. Y ya que es la única manera de acceder a ellos, no puedo esperar a que salga la versión electrónica de los bolsilibros de Memento Mori.Mientras, voy haciendo una lista de libros para la vuelta. O para hacer decidir a los valientes que me visiten. Que se fastidien.

Hey, hola, soy extranjera, qué pasa

Yo fui una gótica adolescente y sé lo que es que te miren por la calle. De hecho, es lo menos que puede ocurrirte cuando pasas más de dos horas pintándote arabescos en los ojos. Y no te pasas al lado oscuro si no lo sabes, lo aceptas y hasta lo disfrutas cuando, en la cola de un concierto, la gente se para frente esa caterva de damas difuntas, espantapájaros electrocutados y morcones del infierno y se pregunta de qué agujero habrán salido. De toda la vida, la gente se para a mirar lo que no ve habitualmente, lo que le resulta extraño o diferente, ya sea una sombrilla, un tocado o una cresta. Que se persignen ya es otra historia.

Shanghai es una ciudad grande y cosmopolita. El metro en las zonas centrales, los lugares turísticos y la Concesión Francesa están plagados de extranjeros.

Pero si entro a una peluquería de mi barrio, se va a armar el revuelo padre. Si estoy esperando al autobús y pasa alguno, probablemente alguien se asome desde una ventanilla y se me quede mirando hasta que el conductor doble la esquina. Desde los puestos callejeros, van a llamar mi atención con un hallo! porque suponen, los pobres, que todos los extranjeros hablamos inglés. En los restaurantes, señalan torpemente las fotos, si las hay, e intentan decir en inglés el ingrediente principal, antes de cortocircuitarse cuando les pido, vacilante, un plato de la carta que he leído en puros caracteres.

En la universidad donde doy clase ocurre más o menos lo mismo. Mis alumnos ya me tienen más vista que el tebeo, pero el primer día que entré en clase, me miraban como si acabara de aterrizar desde Marte. Y todavía, cuando paseo por el campus, veo cómo los universitarios se dan codazos y me siguen con la mirada, como si no se creyeran lo que les acaba de pasar al lado. Tanto ellos como ellas, y más las segundas que los primeros. Porque ellas, en grupos y en parejas con las que caminar del brazo, son mucho menos tímidas, más zalameras y mucho más espontáneas.

Lo gracioso es que aunque siga hablando mandarín como una afásica hay cosas que sí entiendo, y me río por dentro cuando les pillo un piropo, un comentario o una elucubración sobre mi país de origen sin que ellos lo sepan. Sé que no es maldad sino una especie de admirada curiosidad por los que venimos de fuera. Que aquí lo diferente no es la ropa o el peinado sino el rostro, el pelo, los ojos, esos ojos que algunas chicas redondean a fuerza de cosmética porque envidian el párpado occidental.

Eso parece un eye-liner, pero es PEGAMENTO.

Lo malo de esto, que puede resultar divertido, es que no siempre estás de humor para sonreír hasta que te duelen los músculos de la cara, o para decir “xiexie” (“gracias”) o “nali nali” (“qué va, hombre, qué va”). Un día, en el ferry que cruza el Huangpu desde el Bund al malecón de Lujiazui, tres universitarios me pidieron (oh sorpresa, ¿seré ya una estrella?) que me sacara una foto con ellos. Y uno (me río yo de cultura de no contacto) me abrazaba como si se hubiera encontrado un Furby especialmente mono. Y a todo el mundo le parecía completamente normal.  Otra vez, en el autobús, dos chicas me acosaron literalmente porque querían hablar inglés. Y con el yuar sooou biutiful de por medio, parece que no te puedes tirar un pedo ni rascarte el culo sin que haya un grupo de chinos mirándote mientras parecen preguntarse “aaah, así que así es como lo hacen ellos.”

De todo esto, que ya es parte de mi vida diaria, me consuelan dos cosas. Una, que más de una vez  por la espalda me han confundido con china. La otra es que, aunque siempre sea para ellos una curiosa extranjera, este es uno de los sitios donde, a día de hoy, me siento más en casa que en ningún otro lugar del mundo.

Razones para sonreír al sotacómitre o por qué decidí estudiar chino

Les voy a contar una cosa.

Yo me metí en esto de pura coña.

Verán, yo era más de japonés, como todo el mundo. Me gustaba el manga, lo kawaii sin pasarse, el anime, el sushi y hasta el cosplay. Sabía lo que quería decir arigato, moshi-moshi, itadakimasu e itaiii  y lo repetía con una voz susurrante tomada de mis series preferidas. Me gustaban Murasaki Shikibu y Ryu Murakami y una vez probé a hacer un haiku que me salió espantoso, como cualquier haiku que no hace un japonés (¿han visto alguna vez a un coreano hacer un soneto? Pues eso). Cine, moda, maneras. Muñequitos para la estantería.

Pero en segundo de carrera me metí a estudiar chino. Así porque sí. Aún no sé por qué lo hice. Si mi cineasta preferido de entonces rodaba en cantonés. Era japonófila aunque fuera porque habían sabido venderse mejor, y que me gustara más un qipao que un kimono era pura culpa de In the mood for love. Aquello de que el mandarín era el idioma del futuro, sinceramente, me la soplaba, como me la ha soplado absolutamente todo lo que me decían que daba dinero. Estudié Filología, por Dios.

Gracias precisamemte a lo que estudié no he desistido. No es una lengua fácil. No es tan difícil como te dice que es toda esa gente que llama simbolitos a los caracteres o te dice que el hijo de fulanita fue y no le gustó y tal. Simplemente es otra lengua que tiene su propio sistema de escritura, una fonética que difiere de la nuestra como difieren la del francés, la del vietnamita o la del suajili y una gramática que va pareja con una mentalidad que, por supuesto, también es distinta de la nuestra.

Y a veces, como en la gramática española, preguntas ¿por qué? y la respuesta suele ser “porque sí”. Y a veces solamente con cosas claras de tu propia gramática puedes intentar comprender la suya. Por cierto, un saludo a los que editan ciertos libros para el aprendizaje del chino, que lo están haciendo de puta madre para que la gente lo deje el primer año. Por las explicaciones y por los dibujos.

Quiero conocer al ilustrador de esto. Para pegarle dos hostias.

Después de un año de estudiar chino me fui a Pekín un septiembre. Pasé cinco semanas allí. Prometí que volvería, aunque sólo pudiera un mes y poco.

Lo cumplí un año después. Lloré tanto cuando el taxi me llevaba al aeropuerto que el amigo que me acompañaba, con un español pedestre, consiguió decirme “te dejas en China medio corazón”. Hace dos años de aquella última vez en Pekín.

Nunca lo he dejado.  Tanto en España como en China he tenido profesores incompetentes, libros malos, ambiente de clase de macramé más que de idiomas. Y nunca he tirado la toalla. O al menos, no la he tirado tan lejos como para no volver a por ella. También, por el camino, he conocido a verdaderos amigos. A gente que sí me ha iluminado un poco entre textos anticuados, libros horrorosos y explicaciones caóticas.

Llevo unos años en esto para poder decir que vale, que no puedo explicar aún en mandarín cómo se me dan las vacaciones, pero me gusta intentarlo. Y escribir. Y  leer. Me gusta su método para formar palabras, su forma de expresar un pensamiento sin descubrirlo del todo. Me gusta adivinar qué radicales tiene un caracter, y por qué, y con qué otros los comparte. Me gustan los poemas. Me gustan los putos carteles del metro. Cada vez  más, me gusta escuchar, e intentar entender, y bromear. Escribir como si dibujara aunque no tenga paciencia para la caligrafía ni la tendré nunca.

A veces me hago la pedante y digo que es que el chino era lengua de cultura en la corte japonesa del periodo Heian, el equivalente a un Versailles nipón, y me pongo a divagar sobre que soy una dibujante frustrada, o que si las metáforas, o que si los sentidos y los signos. Son gilipolleces.

Estudio esto porque sí.

No se me ocurre ninguna razón mejor.

Mañana vuelvo a las clases.

Lecturas de verano y contenidos que mutan

Hay novelas o cómics que se olvidan a la primera. En el caso de los segundos, suele coincidir ese carácter olvidable con dibujo naïf y propósito grandilocuente. Hay otros, sin embargo, que se te quedan grabados en la cabeza y por que pase el tiempo no se te van de ahí. Ni siquiera tienen por qué ser los más afines a tus gustos ni los más laureados por revistas de tendencias, piaras de críticos o ránkins de librerías generalistas. No tienen por qué haberlos adaptado al cine con bombo, platillo y colores saturados.

Todo este muestrario de obviedades facilonas viene porque a No cambies nunca, de David Sánchez (Astiberri) no le pasa solamente que se te queda en la cabeza como quien te estampa un sello. En No cambies nunca, con colores limpios y palabras desnudas, David Sánchez ha pintado una realidad aséptica que sugiere otro mundo latente y oscuro dominado por el morbo y por la náusea. Juega con la curiosidad malsana del lector y lo hace con todos los referentes ficcionales del cine de género.

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Operadas. Seguro.

 

Y eso no es que cueste olvidarlo. Es que, por algún extraño juego de resortes mentales que se maneja a la perfección, cada lectura es completamente distinta. Los tonos verdes y rosas parecen cada vez menos inocentes y desde luego no quiero ser yo la que desenrolle esas vendas o la que desenmascare de gafas opacas los rostros impenetrables de unos personajes a los que, menos mal, no conoceré jamás. O eso espero.

No sé si soy la única. Pero ese placer de leer con el rostro contraído de extrañeza es muy difícil de encontrar.  Y es más difícil poder disfrutarlo más de una y de dos veces. Van a dejar que me ausente otro ratito.

Ansiedad cultural: un caso verídico

“La situación me había sobrepasado. Del todo. ¡Tres conciertos en un día! ¡Tres! ¿imagina? Y antes, la presentación del poemario de un amigo en una librería-enoteca del centro o la inauguración de la expo de otra amiga en la galería multiespacio del barrio ***. Y claro, me esperaban. En los dos. Y yo qué hago. Porque claro, también podría acercarme a esa jam de electrónica itinerante, la V-vintech, sí, eso que hacen con ordenadores infantiles de los noventa, porque estos me habían dado un toque que lo mismo se pasaban y a X no le veía desde aquel festival de revival de Ópera de Taiwan que hicieron en aquella islita húngara…” 

El caso de Amelia P. no es el único. Amelia P.  (nombre ficticio) sufre un extraño y aún poco estudiado cuadro de ansiedad cultural que ya ha atacado a un importante sector de la población urbana. Activos en las redes sociales y con aficiones multidisciplinares, los jóvenes (y no tan jóvenes) como Amelia P. se ven afectados cada fin de semana o casi cada día por multitud de eventos que no son capaces de cubrir en su totalidad por una simple razón: son demasiados.

Amelia P., que lucha diariamente contra el síndrome de la clase magistral y el mencionismo,  entre otros síntomas del Síndrome del Licenciado para los que se halla en tratamiento, se encuentra cada día a la difícil tarea de decidir entre las infinitas opciones que compondrían su tiempo de ocio. Y esto le provoca una ansiedad extrema. 

Si elijo una opción me estoy perdiendo otra. Estoy perdiendo amigos, amigos que hacen cosas interesantes, ¿entiende? Gente con proyectos, con inquietudes. Gente de la que aprender. Y no sé qué hacer. Si la performance resulta ser un truño me habré arrepentido toda la vida de no haber elegido el collage en vivo…”

En ocasiones, Amelia P., que comprensiblemente no domina la ubicuidad, encadena varios eventos seguidos. En estos casos, es habitual verla en una fiesta de presentación con una copa en la mano, la postura compuesta y una sonrisa. Pero no disfruta. Mira el reloj cada dos minutos porque quiere llegar a tiempo al metro. Escucha sin escuchar. Sonríe, mirando a todas partes y a ninguna, ni siquiera cuando habla con alguien. Se la oye decir de vez en cuando “vine un rato sólo, si ahora tengo otra cosita…”. Casi se puede notar cómo el aire apenas pasa por sus pulmones.

Realmente, aunque parezca alegre, Amelia P. se encuentra al borde del colapso. Probablemente, su noche termine en llanto. Se lamentará por lo que ella calificará como “haber perdido el tiempo”. Aún no se ha encontrado cura para este raro cuadro y los tratamientos experimentales, basados en la inmersión en un medio adverso de voluntarios, a los que se trasladó a un medio rural sin más posibilidad de ocio que las mesas de las terrazas a la caída de la tarde, no han dado los resultados esperados, sino que incluso han agravado sus síntomas, especialmente los delirios de grandeza y el movimiento descontrolado de cabeza, añadiéndose además el gorjeo indiscriminado y el llamado síndrome del tag. El coaching y el pranayama parecen ser la única salvación de Amelia P. “Aunque me estoy planteando cambiar la última por las clases abiertas de danza africana, que siempre me ha interesado y lo imparte un tipo genial…”. Poco a poco, con mucho esfuerzo, intenta descontaminarse. Pero mañana, si nadie da con una cura, el ciclo de Amelia P., como el de tantos otros, comenzará de nuevo. 

Hostal Proust Magazine, “Ahogados por la cultura: un caso real”, Hostal Proust Ediciones, Primavera 2012