Actos inexplicables (de postpunk y de post-trash)

Si alguien me llega a decir, cuando me pasaba el día bailando los casetes de mi padre sin haber visto en mi vida una coctelera, que algún día pagaría por ver redivivos aquellos temas de mi infancia más loca de lamé y sombra negra, no me lo hubiera creído. Ahora mato por un buen Tom Collins, quién me ha visto y quién me ve, pero sigo prefiriendo a la punki oscura antes que a la bajita del pelo naranja aunque parece que las dos han hecho un pacto con el diablo.

Cuando yo escuchaba aquello de quiero ser santa no había probado jamás el whisky con soda y eso de quiero ser tu perro me sonaba a juego. Hoy me sigue sonando a juego, pero a juego cómplice de dos personas metidas en una habitación que fuman y follan y beben y se meten juntos y el uno con el otro y se creen los más poderosos de un mundo que ahí fuera se desmorona y que se los llevará imparable por delante como cuando se derrumba una pared de glaciar. Ana Curra sobrevivió, aunque no indemne, a todo aquello. No canta como si hubiera vuelto a tener veinte años. Canta como si le devolviera a alguien esos veinte años truncados en el asfalto. Lo lúdico se matiza de nostalgia, especialmente al final con ese réquiem al teclado con que emociona a una sala a rebosar. Eso sí, a pesar de los años que han pasado, sigue manteniendo una figura a la altura de su espíritu: y son prodigiosos ambos. Y la primera va envuelta en un body de rejilla que quita el hipo, oigan. 

impresionada me tiene. Qué cuerpo.

Tampoco me imaginé  nunca que haría cola para desguazar en masa una película de ciencia ficción muy chunga. Ni que me reiría tanto con hora y pico de piedras. Eso sí, fui con la lección aprendida tras la experiencia del anterior trash entre amigos y me casqué el copazo antes de entrar a los Callao. No voy a contar nada de lo que salió allí. Solo que NADIE se llevó el micro a mear esta vez y que desde el viernes no puedo dejar de canturrear Anthony & the Jonhsons. Daños colaterales. Eso y las copas completamente necesarias y más justificadas que los desnudos de Medem que vinieron tras el Apocaelipsis. Luego quitarán El caballo de Turin de las carteleras y yo seguiré viendo canela de la buena, pero es lo que hay. 

Así pasa, que es lunes y no he ido a clase. Es que there’s someone.

Feliz semana.

Panóptica: Max-visión.

La exposición que permanecerá hasta el 13 de mayo en el Instituto Cervantes de Madrid es algo más que un homenaje a un autor que es algo más que un dibujante, o que no es nada más ni nada menos que eso mismo. Francesc Capdevila pertenece a esa categoría de artistas con trazo y discurso propio desde Antes de la Novela Gráfica. Esa época borrosa de cuando los cómics se llamaban tebeos, tenían las tapas blandas, no pesaban un quintal y no costaban medio hígado.

Francesc Capdevila, Max, es uno de esos inquietos tempranos, uno de esos que empezó muy joven a mover pluma y cabeza y a juntarse con los amigos que te miran desde esas fotografías a las que no parecen estar acostumbrados. Esa generación que tampoco parece terminar de creerse el triunfo de la viñeta y que más que dibujar combate. Las fotos son lo de menos. Los ejemplares de los libros encerrados en vitrinas apenas permiten que el visitante se asome a las portadas y se admire de la magnitud de su obra. Que, por cierto, es ingente. , mantiene una coherencia asombrosa y  provoca ganas de preguntarse con una envidia muy grande por qué a ciertas personas les cunden tanto las horas.

Lo que supone un regalo para los sentidos en Panóptica es poder pararse a leer. Es atravesar las cuatro décadas de esos trazos que dieron vida a Peter Punk, a Bardín, al bibliófilo Turpín y a las canciones de Radio Futura o Pascual Comelade. Es estremecerse con ese acercamiento al horror que fue Nosotros Somos Los Muertos (y ríase ud. de Maus). Es acariciar bosques plagados de ninfas, cabalgar sobre caballos de cuencas vacías y costillas salientes y sonreír con una mezcla de ternura y melancolía cuando el personaje de la canción de Los Planetas juega con su corazón en la arena. Es ver lo que Max ve. Lo que le nutre. Desde el underground al surrealismo, pasando por iconografía japonesa o la siempre recurrente mitología glosada por Robert Graves. Es pasear por el mundo de la mano de un amigo que lleva, como Turpin, gafas de visión distinta.

Y, como el protagonista de una de sus últimas historias, solo apetece quedarse allí, en las escaleras del Instituto Cervantes, por ejemplo,esperando que vuelva con más ese pájaro inquieto. Cueste lo que cueste.

De momento, le tenemos mañana en una mesa redonda con otros figuras. Y completamente gratis.