Centenares de solos

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Are a hundred playing you? Or Only One? (2007). Madrid, Gao Magee Gallery, mayo 2012.

Xiang Jing, o 向 京 (Beijing, 1968) da vida a mujeres calvas, maniquíes ensimismados de dedos largos que te devuelven una mirada ausente desde su reducto de fibra de vidrio que son sus cuerpos a escalas diversas.

Las esculturas que se exponen hasta junio en la Galería Gao Magee de Madrid muestran  una desnudez extraña, entre irreal y dolorosamente cierta. Una desnudez que se agarra al que las mira y que no mueve más deseo que el de arropar y consolar esos cuerpos de debilidad impenetrable, de fortaleza desvalida, esos cuerpos que parecen capaces de quebrarse con un roce de pestañas.

Verlas, pasear entre ellas, es tomar conciencia de la anatomía del cuerpo que vive en los sueños. Es quedarse en blanco ante las preguntas que formulan esas criaturas en absoluto silencio.Quieres tocarlas pero no puedes. Quieres decirte que todo va bien, pero no es así y acaban de recordártelo con un título en una cartela o con un pliegue del brazo o con un gesto de abandono. Marcharse es admitir que te ha atravesado la congoja. Y casi se puede sentir, cuando se les da la espalda, la caricia sin aspavientos de esos ojos de otro mundo.

Rizoma (desde el suelo)

El desastre previsto sucedió y nos arrojó al suelo.

Sharon Fridman

Entre los que en el patio del Matadero nos escondemos del sol que va cayendo, de pronto brotan cuatro violonchelos que nos agrupan en torno a ellos, erguidos, alertas. Y al ritmo de la línea de bajo de las cuerdas, setenta cuerpos vibran. Gritan. Se desploman.

Azahara. Proyecto Rizoma, Matadero Madrid.

 No sabemos quiénes son. Solo sabemos lo que les une. Que la coreografía se genera casi en el momento. Que algunos simplemente querían probar y otros, como Azahara, llevan bailando toda la vida. Aunque no importa. Que en el proceso creativo no ha habido más florituras ni más técnica que la que se puede absorber en unas horas. Que lo que prima no son las alas del cisne sino las raíces flotantes.

Prima lo que contacta los cuerpos. El valor del otro para incorporarse. Para sentir la ingravidez o la brisa en el rostro, la superficie de la piel que se inflama al sostenerse. Parece que el suelo ondula.

Se encoge algo dentro cuando les ves erigirse a fuerza de manos y miradas. Y cuando, finalmente, se pliega la música y, tan repentinos como surgieron, se dispersan como semillas al viento, sientes que te falta algo. Algo que no sabías ni que tenías y que se desborda en la garganta, en la línea de bajo de tus propias cuerdas que, ahora, también vibran.

Nos han dejado un esqueje.

Escuela de idiomas

No hay que empeñarse en que nuestros niños hablen más lengua que la castellana, que es la lengua imperial de su patria. El francés, el inglés, el alemán, el italiano deben estudiarse como el latín y el griego, sin ánimo de conversarlos. Un causeur español, entre franceses cultos, será siempre algo perfectamente ridículo; vuelto a España al cabo de algunos años, será un hombre intelectualmente destemplado y disminuido, por la dificultad de pensar bien en dos lenguas distintas. ¡Que Dios nos libre de ese hombre que traduce a su propio idioma las muchas tonterías que, necesariamente, hubo de pensar en el ajeno!”

Antonio Machado, Juan de Mairena

Ejercicio para el lector: analice, ilustrando con ejemplos, el concepto de ridículo y su evolución hasta el momento actual.

A la luz de su propia experiencia en la educación recibida en cuando a idiomas, discurra en torno al mismo concepto, unido al de docenciadestempledisminución.

Ejercicio opcional: relate con sus propias palabras lo que hubiera significado una clase de conversación de lengua extranjera impartida por un nativo en el momento de su educación temprana, los temas tratados, etc. Se valorarán la imaginación y las licencias poéticas. 

Tal como éramos, Hostal Proust Ediciones, 2012- (Volumen en preparación)

Actos inexplicables (de postpunk y de post-trash)

Si alguien me llega a decir, cuando me pasaba el día bailando los casetes de mi padre sin haber visto en mi vida una coctelera, que algún día pagaría por ver redivivos aquellos temas de mi infancia más loca de lamé y sombra negra, no me lo hubiera creído. Ahora mato por un buen Tom Collins, quién me ha visto y quién me ve, pero sigo prefiriendo a la punki oscura antes que a la bajita del pelo naranja aunque parece que las dos han hecho un pacto con el diablo.

Cuando yo escuchaba aquello de quiero ser santa no había probado jamás el whisky con soda y eso de quiero ser tu perro me sonaba a juego. Hoy me sigue sonando a juego, pero a juego cómplice de dos personas metidas en una habitación que fuman y follan y beben y se meten juntos y el uno con el otro y se creen los más poderosos de un mundo que ahí fuera se desmorona y que se los llevará imparable por delante como cuando se derrumba una pared de glaciar. Ana Curra sobrevivió, aunque no indemne, a todo aquello. No canta como si hubiera vuelto a tener veinte años. Canta como si le devolviera a alguien esos veinte años truncados en el asfalto. Lo lúdico se matiza de nostalgia, especialmente al final con ese réquiem al teclado con que emociona a una sala a rebosar. Eso sí, a pesar de los años que han pasado, sigue manteniendo una figura a la altura de su espíritu: y son prodigiosos ambos. Y la primera va envuelta en un body de rejilla que quita el hipo, oigan. 

impresionada me tiene. Qué cuerpo.

Tampoco me imaginé  nunca que haría cola para desguazar en masa una película de ciencia ficción muy chunga. Ni que me reiría tanto con hora y pico de piedras. Eso sí, fui con la lección aprendida tras la experiencia del anterior trash entre amigos y me casqué el copazo antes de entrar a los Callao. No voy a contar nada de lo que salió allí. Solo que NADIE se llevó el micro a mear esta vez y que desde el viernes no puedo dejar de canturrear Anthony & the Jonhsons. Daños colaterales. Eso y las copas completamente necesarias y más justificadas que los desnudos de Medem que vinieron tras el Apocaelipsis. Luego quitarán El caballo de Turin de las carteleras y yo seguiré viendo canela de la buena, pero es lo que hay. 

Así pasa, que es lunes y no he ido a clase. Es que there’s someone.

Feliz semana.

Panóptica: Max-visión.

La exposición que permanecerá hasta el 13 de mayo en el Instituto Cervantes de Madrid es algo más que un homenaje a un autor que es algo más que un dibujante, o que no es nada más ni nada menos que eso mismo. Francesc Capdevila pertenece a esa categoría de artistas con trazo y discurso propio desde Antes de la Novela Gráfica. Esa época borrosa de cuando los cómics se llamaban tebeos, tenían las tapas blandas, no pesaban un quintal y no costaban medio hígado.

Francesc Capdevila, Max, es uno de esos inquietos tempranos, uno de esos que empezó muy joven a mover pluma y cabeza y a juntarse con los amigos que te miran desde esas fotografías a las que no parecen estar acostumbrados. Esa generación que tampoco parece terminar de creerse el triunfo de la viñeta y que más que dibujar combate. Las fotos son lo de menos. Los ejemplares de los libros encerrados en vitrinas apenas permiten que el visitante se asome a las portadas y se admire de la magnitud de su obra. Que, por cierto, es ingente. , mantiene una coherencia asombrosa y  provoca ganas de preguntarse con una envidia muy grande por qué a ciertas personas les cunden tanto las horas.

Lo que supone un regalo para los sentidos en Panóptica es poder pararse a leer. Es atravesar las cuatro décadas de esos trazos que dieron vida a Peter Punk, a Bardín, al bibliófilo Turpín y a las canciones de Radio Futura o Pascual Comelade. Es estremecerse con ese acercamiento al horror que fue Nosotros Somos Los Muertos (y ríase ud. de Maus). Es acariciar bosques plagados de ninfas, cabalgar sobre caballos de cuencas vacías y costillas salientes y sonreír con una mezcla de ternura y melancolía cuando el personaje de la canción de Los Planetas juega con su corazón en la arena. Es ver lo que Max ve. Lo que le nutre. Desde el underground al surrealismo, pasando por iconografía japonesa o la siempre recurrente mitología glosada por Robert Graves. Es pasear por el mundo de la mano de un amigo que lleva, como Turpin, gafas de visión distinta.

Y, como el protagonista de una de sus últimas historias, solo apetece quedarse allí, en las escaleras del Instituto Cervantes, por ejemplo,esperando que vuelva con más ese pájaro inquieto. Cueste lo que cueste.

De momento, le tenemos mañana en una mesa redonda con otros figuras. Y completamente gratis.