Lo que dan de sí los meses: Resumen

Así, resumiendo, en el poco más de un año que llevo viviendo en Shanghai….

He participado en un videoclip;

He impartido una asignatura de redacción que transformé en clases de escritura creativa, con diferentes (y a veces sorprendentes) resultados;

He podido permitirme comer o cenar sushi al menos una vez por semana;

Casi no llego a fin de mes en un par de ocasiones (y con eso quiero decir que me quedaban diez euros en la cuenta) y he sobrevivido;

He aprendido una buena cantidad de palabras coloquiales en mandarín y algunas sueltas en shanghainés;

Se me ha pegado el acento de aquí;

Ha dejado de sorprenderme ver despiezar una tortuga viva en la calle;

He conocido a gente maravillosa por aún más maravillosas casualidades;

He visto tocar, entre otros, a Gang of Four, a Nouvelle Vague, a Godspeed you! Black Emperor, a The Tiger Lillies y a The Mary Onettes y he descubierto bastantes bandas locales;

Me he metido en la organización de un club de cine;

He sabido lo que es estar sin dinero o sin Internet cuando más los necesitas;

He podido salir del paso cuando una de las dos anteriores me faltaba, gracias sobre todo a la ayuda de amigos;

He desarrollado mi capacidad de improvisación y adivinación en cuanto al funcionamiento interno de la universidad y de la burocracia china en general;

He llorado más veces por frustración y desconcierto que por tristeza;

He salido airosa y sin pagar ni un yuan del intento del famoso timo del té;

He hecho de luna en un musical sobre la famosa canción de Mecano que dirigieron los alumnos en la función de Navidad;

No he dejado de aprender algo nuevo (bueno o malo) prácticamente cada día;

 

Y he descubierto que no quiero volver, o ir, a España. O quizá eso ya lo sabía. 

 

Anuncios

Reunión en la cumbre o los anuncios coreanos

Dicen que es la auténtica Muralla. Yo, que llevo aquí casi tres meses, os digo que es una putada. Estoy hablando de eso que el gobierno chino llama “armonía” y los internautas bromistas, con un juego fonético que sólo entienden ellos, “cangrejo de río: la censura en Internet.

Facebook (cuya desafortunada aproximación fonética y sus respectivas ideas semánticas dan una idea de lo mucho que le gusta al Gobierno), Twitter, Youtube, WordPress y un sinnúmero de páginas bloqueadas o de un acceso tan lento que desespera. Como si las estuvieran traduciendo simultáneamente tres o cuatro chinos con anteojos, tan parecidos a los censores franquistas, intentando saber si dicen algo malo de Hu Jintao.

Que nadie se asuste. En este país se compra y se vende todo. La libertad, al menos la privada, no iba a ser menos. Antes de mudarnos a China y casi antes que los trámites del visado, todos los extranjeros aprendemos cómo hacernos con una VPN que, por alrededor de cuatro euros al mes, o incluso menos, permite que sigamos enganchados a la mayor droga contemporánea: la hipercomunicación.

El síndrome de abstinencia se dispara cuando el Gobierno, como los padres del protagonista de Trainspotting, se ponen serios y deciden que es hora de que temblemos un poco, por nuestro bien. Es lo que ocurrió hace una semana que se hizo eterna, cuando la cúpula del Partido Comunista Chino se reunió en Pekín para, entre otras cosas, hacer que nos lleváramos las manos a la cabeza mientras Twitter se nos caía encima una y otra vez y el icono del Skype giraba sobre sí mismo teñido de un desesperado color gris.

La cumbre, por lo que creo, ya concluyó. Les agradezco su intento de que todos los extranjeros nos interesemos en el futuro de la política china. Por mi parte, y después de varios días en que, para colmo, la conexión de mi edificio también se fue a hacer gárgaras, me quedo con mi pequeño reducto de libertad.  Aún no sé muy bien cómo funciona esto que parece casi una mezcla entre magia, fe y picaresca universal. Pero sé que, desde que puedo elegir el país desde el que conectarme, me encanta ver los anuncios coreanos en Youtube.

Blanca palidez y sustos

Miércoles, 8:30 de la mañana.

-Chicos, no me encuentro bien.

Analizo mentalmente el cacho de eufemismo que acabo de soltar: no es que no me encuentre bien: es que me estoy mareando un huevo. Y se me ocurre de repente que no tengo ni idea de cómo se dice mareo en chino, aunque algo me dice que lo voy a aprender ésa y otras palabras a marchas forzadas. Se me ocurre de repente también que no tengo ni idea de cómo funciona el sistema sanitario aquí y que lo voy a saber de la peor de las maneras. Y tengo reunión con mi jefe a mediodía.

Salgo de clase en una especie de nube tambaleante dejando a mis treinta y pocos esforzados chavales preocupados y contritos. Leo, el delegado de clase, me acompaña a la enfermería y además, me lleva el bolso. Dentro de lo que desde fuera parece una casita de muñecas, una amable señora con cofia y bata me toma la tensión, carraspea y dice muchas cosas a Leo entre las que capto una de las primeras palabras que se aprenden en El Chino de Hoy I.

-Profesora, vamos al hospital. Ah, genial. Si no estuviera tan jodida, esto parecería una excursión extraescolar con vocabulario específico.  Margarita, otra de mis alumnas más adelantadas, me toma del codo, por si acaso;  Leo me sigue llevando el bolso, y tomamos uno de esos autobuses a tope de gente y en el que hasta que no han pasado quince minutos no nos hacemos con un asiento. El hospital está en mi barrio, en Pudong, lo que significa que no está tan lejos como todo en Shanghai, pero aun así, no tardamos menos de media hora. Comienzo a entender lo de las siestas en el transporte público y hago lo propio hasta que el sonido de mi móvil despierta: mis alumnos, tan hipercomunicativos como cualquier adolescente con whatsapp, me desean vía sms que me mejore pronto.

10:00 de la mañana. 

El hospital no  parece un hospital. Primero, por las escaleras mecánicas. Más bien parece una mezcla entre estación de autobuses y centro comercial y no lo digo sólo por las plantas de plástico. La gente se agolpa ante las ventanillas del dispensario para comprar medicinas y nadie parece tener muy claro para qué sirven esos letreros luminosos que parecen haber robado del departamento de llegadas de un aeropuerto. De vez en cuando, huele a infusiones, imagino que de alguna medicina china, pero yo ya no presupongo nada no vaya a ser que me pinchen.

Me hacen rellenar un papel y pagar diez yuanes por el guahao, me dan una tarjeta (aquí todo funciona por tarjetas) y me mandan con un numerito a medicina interna. Se me ha olvidado decir que sí, que aquí, la sanidad se paga. Mis alumnos me preguntan que si quiero un médico que hable inglés. Y cuando me dicen el precio les pregunto que si no les importa traducirme si tengo algún problema, que ya he aprendido cómo se dice mareo y quiero aprovechar para practicar mi mandarín.

En la consulta, una señora parece confesarse con un médico que parece tomárselo todo a guasa. Una anciana blande unas recetas escritas en algo que no parece chino y que es, efectivamente, ese idioma infernal en que escriben los facultativos de todo el mundo. El caso es que me estoy sintiendo mucho mejor. Intercambiamos unas palabras e incorporo muy orgullosa la palabra mareo malestar general a mi vocabulario. Me llevan a una máquina para que me tome la tensión. Huy, huy, qué baja la tiene, dice la señora que espera detrás su turno y que cotillea mis resultados sin ningún tipo de pudor. Que coma algo, ¿ha desayunado? les pregunta a mis alumnos. Y yo ya aquí me empiezo a reír.

Después de proponerme sin éxito que me haga un ¡escáner! (¿he dicho ya que aquí todo es de pago?), el doctor me prescribe unas cápsulas de medicina china que por sesenta yuanes se presentan milagrosas. Luego nos vamos a comer. Delante de mi cuenco de fideos con pollo y setas, esas setas que mis alumnos aborrecen de tanto como las ha comido a lo largo de sus vidas y que yo es la primera vez que puedo comer frescas, empiezo a sentir algo parecido al alivio.

Han pasado varios días. No sé si ha sido por las pastillas milagrosas, por el caldo de fideos o porque he empezado a descansar en serio, pero estoy bien. Hasta he conseguido entregar a tiempo para mi sección Libro de Notas y ponerme con lo que andamos preparando en 9th. Sólo ha sido un susto.

El viernes, eso sí, volví a sentir cierto mareo. Por diferentes y placenteros motivos.

Desde lo alto de ese edificio en forma de aguja con bolitas rosas.

Cómo va eso, Laoshi?

Siempre pensé que llegaría antes al paro que a la docencia. Es verdad que ser profe de universidad es lo más parecido a un oficio que aprendemos en la carrera. Pero me he encontrado con muy pocos catedráticos que tuvieran en cuenta esa maravillosa capacidad humana que es la de comunicar, transmitir y contagiar, y que es lo que, para mí, importa más de la enseñanza, más que los usos del se o la vida y milagro de Gustavo Aldolfo Bécquer.

Ahora, llevo dos meses poniéndome un mínimo de tres horas al día delante de treinta y pico personas y la verdad es que tampoco me he muerto. De hecho, si no se me cambian mucho de sitio, hasta me sé los nombres de todos. De los sesenta y seis. No, sesenta y cuatro. Bueno, que si no se cambian mucho de sitio no necesito el croquis que me hicieron el primer día y hasta puedo mirarles directamente a la cara.

La empatía nunca es fácil. Aquí menos. Para empezar, porque lo primero que hay que lograr, con clases como la mía, es hacerse entender. Por supuesto que han estudiado: este es su tercer año de español. Y no tienen mal nivel. De hecho, a veces les exigen un vocabulario bastante más específico que el que pueden exigirle a un estudiante de grado de Economía. Pero es como mucho la segunda vez en sus vidas que tienen un profesor extranjero que se dirige a ellos sólo en español. Y después está el contenido, sin ilustraciones, y en un registro que calificaríamos no ya de formal o ceremonioso sino directamente de viejuno. 

Así está el tema. Y cuando, después de lo que consideras una intervención gloriosa sobre el sexo de los ángeles, miras sus caras y ves un mar de bocas entreabiertas y entrecejos fruncidos. Casi se pueden intuir un montón de tiempos verbales y palabras con las consonantes cambiadas centrifugando en sus cabezas. Y entonces es cuando hay que tomar aire, decir “de acuerdo” y volver a repetir, más despacio, con cuidado, dándote cuenta de cuánto hay de cultural en todo esto y de que es jodidamente difícil explicar a quién llamamos Fulanito o qué significa que hoy es tu santo. Y aún no hemos hablado de gramática.

Ahora que soy yo la que está de pie, diciendo chorradas, dejándome la cabeza en buscar ejemplos y obligándoles levantar la cabeza del cuaderno para responder, me doy cuenta de por qué tantos profesores eligen la vía de la lectura monacal de apuntes apolillados. De por qué a tantos profesores se la suda si sus alumnos aprenden o no. Y me acuerdo de cuántas veces he sido de esa clase de alumnos  que miran al cuaderno e ignoran manifiestamente las preguntas del profesor como un mexicano una pelusa gigante en el desierto de Sonora.

Llevar una clase como la mía es intentar convencer a un grupo de cachorros tímidos de que en ese camino que tanto les asusta no hay ningún peligro. Es intentar convencerles de que avancen aun cuando cada piedrecita les hace agachar la cabeza o cuando cada tramo largo les hace desear echarse la siesta al borde. Y estar al frente, entre una pizarra que exuda polvo y una especie de proyector retrofuturista que carga mi USB cuando le apetece, es duro.

Yo también sufro los lunes. Y sufro a mitad de la semana, cuando estamos rodeados de tareas que no nos apetece una mierda hacer, ni a ellos ni a mí. Y antes de las clases de la tarde, cuando les veo llegar justo después de comer, con algún zumo o algún refresco de té, casi me dan ganas de decirles que nos vayamos al parque a hablar de cualquier cosa menos del Trienio Liberal. Me jode verles cansados porque yo, ahí delante, no me lo puedo permitir, y a veces me da envidia verles bromear entre ellos porque sé que estoy inevitablemente al otro lado. Sufro mis días malos sin que se me note más que en alguna palabrota que aún no me cogen y ya empiezo a tener mis propias muletillas.

Intento vencer su pereza fingiendo que yo carezco de ella. Intento enseñarles, aunque yo no tenga ni idea aún de cómo se hace. Tiro de intuición. De los (pocos) buenos maestros que he tenido. Del bendito Internet. Y por supuesto, del chino. Tiro de mi acento infame con el mandarín para que pierdan el miedo a equivocarse. Les pregunto por equivalentes en su propia lengua. Y a veces descubrimos juntos que hay un personaje en su literatura que es clavado a Celestina, o que tenemos expresiones, refranes y dichos prácticamente calcados. Yo también estoy aprendiendo.

No ocurre todos los días, pero hay veces que todos, o casi todos, atienden, o lo intentan. Días en que deslizo una broma y algunos la captan y se les entornan y les brillan los ojos. Hay otros en que, cuando les cuento algo, despacio, prestando atención a cada palabra, a cada acento, a cada maldito detalle de lo que sea,  soy de repente tan consciente que me dan ganas de llorar, quién sabe por qué. Y les miro, tan serios, tan atentos de repente, que tengo que disimular y beber agua, joder, que soy la profesora, y quién me mandaría empezar a hablar de la muerte de García Lorca.