Reconstruyendo

Paulina me espera al pie del templo Jing’an con ojeras de meses y una sonrisa borrosa. Viene de Corea, concretamente del festival de cine de Busan, donde entre otras muchas cosas se ha tomado un café con Kim Ki Duk, la muy cabrona.

Antes de empezar a darme envidia y a desglosarme malas noticias, delante de una Tsingtao y una tapa hongkonesa, mientras unas señoras con pinta de darle al mahjiang todas las tardes nos atufan de humo y cloqueos, me pregunta que qué tal todo.

Bien, creo, le digo. Ahora vivo a quince minutos de aquí. Trabajo como una china mientras no me cancelen las clases. Miro mi cuenta de banco con miedo pero se me pasa cuando camino por estas calles. Estuve haciendo proyecciones para una institución pero mejor te lo cuento otro día. Empecé a colaborar con un espacio que se ha visto obligado a cerrar pero comenzamos un nuevo proyecto de cine ambulante en un carromato.

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Cuando tengo tiempo y hace bueno me subo por las paredes o camino por una cuerda floja.

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Ah, y no sé muy bien cómo ha pasado pero voy a hacer mi primera instalación el mes que viene. Ya veremos qué pasa.

Te veo bien, me dice ella. Cambiada. Será el pelo.

Ella derrama, como una riada, todo lo que ha pasado con KanKan y con ella desde que nos despedimos este mayo después de una celebración de cumpleaños en que me sorprendió con mi primer pastel en mucho, mucho tiempo. Llora. Abrazo su cuerpo menudo y lacerado de malas nuevas mordiéndome la garganta para no llorar también. Pero a Paulina no se le ha acabado la pólvora que brilla en sus ojos cuando habla. Paulina es capaz de encontrar en el infierno cinco inversores y cien productores y convencerles. Paulina me dice que cuenta conmigo. Que el festival de cortometrajes en el que llevábamos trabajando un año y del que se había derrumbado (o más bien nos habían demolido) una mitad puede seguir ocurriendo, si no en octubre en enero. Y yo le digo que mira, que a mí me viene mejor.

Nos esperan dos semanas de reuniones, planes, cafés, igual pocas horas de sueño y unas cuantas tiradas de pelos. Pero también serán días de dos amigas paseando por una ciudad que amamos y hacemos nuestra, y que verá, bien pronto, lo que somos capaces de construir partiendo de unas ruinas.

Cerrado en días de tifón

La mayoría venimos solos a Hong Kong. Venimos por visado, por trabajo, por vacaciones, porque sí. Paseamos por la ciudad que huele a sal, a plástico húmedo, a vapor y a comida hindú y que suena suave, a canción monótona de hoteles, metros y semáforos en verde y en rojo a los que todo el mundo hace caso. Esquivamos los fogonazos rojos de los taxis, los autobuses de dos pisos, los tranvías. Nos colamos en las azoteas y bebemos y hablamos y buscamos el calor de nuestros cuerpos en la penumbra fresca de los cuartos compartidos, entre ronquidos, toses y alguna que otra queja envidiosa adormilada, y compartimos historias que nos pasaron hace tiempo o que pasaron a otros pero hicimos nuestras con el tiempo, y lanzamos nuestras fotos al vacío, una cerveza demasiado cara frente a los rascacielos, breves compañeros de viaje, diez cuerdas enlazadas en el muelle que varios valientes cruzan a brincos y a pasos vacilantes, música a la brisa salada del puerto; y seguimos buscando en caminos poco transitados, en playas desiertas, en las escaleras mecánicas más largas del mundo o en ventanales a cien pisos sobre el agua esa historia que, algún día, contaremos a otros extraños mientras adivinamos cartas al azar y bebemos latas de birra extranjera, sabes, pues a mí una vez, en Hong Kong, me pasó que.

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Puerto fragante y lluvioso

Hace calor. Ese calor húmedo, aún más húmedo que en Shanghái, que hace pesada la respiración y te aplasta contra el suelo de las pasarelas por las que atraviesas la ciudad buscando la oficina de visados. La gente camina deprisa esquivándote y no puedes evitar chocarte a veces con ellos, y te miran con mezcla de extrañeza y condescendencia.

Me sale automático hablar en mandarín, pero aquí hablan cantonés, que suena como una canción o un oleaje suave, e inglés. Los taxis son rojos, los autobuses, de dos pisos, y sonrío al ver la señal de que penalizan con dos mil dólares si comes dentro del metro y con cinco mil si fumas cerca de las estaciones.

Llueve. Llueve y es como una ducha tibia que cubre de niebla bosques y montañas, y pierdo la mirada entre la cortina de lluvia y siento que he vivido esto antes, no sé dónde, y no encuentro aún ángeles caídos ni días salvajes, pero sí encuentro nuevos amigos con los que hablar de las dos cosas que más traemos a cuenta cuando estamos solos y lejos: nosotros mismos y sexo. También hablamos de universos paralelos en bares que podrían estar en cualquier parte del mundo y en todas, paseamos por las calles llenas de luces y ruido y olor a wonton frito y pescado seco y voces ásperas de vendedores; y entro sola a las Chungking Mansion y me pierdo en los olores de curry y de suelo fregado mientras me ofrecen mil cuartos sin ventanas, y veo amanecer desde una azotea con vistas a Kowloon, y sigo con esa sensación de haber estado aquí antes de alguna forma, de haber vivido todo esto (quizá en otro universo paralelo donde aprendí cantonés) y disfruto de la sensación de no tener nada que hacer más que perderme entre las calles, las pasarelas y la gente que no se choca nunca cuando va deprisa, y miro los barcos, aún no llegamos al 2046, pero algún día, quizá en este vagón silencioso que va rumbo a una estación de nombre impronunciable, nos plantaremos allí, y miraremos de frente.

Estación de resbalones

Camino ya sin el peso de una mochila con media vida y el portátil. Ahora comparto espacio con un gato blanco y negro que se cree el dueño de este nuevo piso a veintiocho plantas por encima de la ciudad que tampoco es mío del todo, porque siempre hago las cosas a medias: me medio meto en proyectos, me medio mudo a la parte divertida y bulliciosa de la ciudad y nunca termino los regalos que me prometo a mí misma que haré a los amigos que ya se marchan, y mientras pasa todo esto, mi amigo Chachy se ha ido dos meses de gira a Estados Unidos con su banda de rock dejándose la ropa tendida, el gato y la casa que le ocupo.

Se van o están a punto de irse personas a las que aprecio. No de vacaciones sino para siempre o para a saber hasta cuándo, y los que sabemos que al menos aguantamos unos meses o unos años más miramos el cielo gris con cara de pocos amigos, o nos resbalamos maldiciendo el pavimento mojado, o brindamos con la desidia de un verano que de momento sólo tiene lo peor de un otoño sucio que huele a lluvia y a plástico.

Estas semanas, corrijo exámenes ignorando los maullidos de Jackson. Hablo del tiempo con la ayi mientras ella curiosea lo que cocino. Me acostumbro al rumor del tráfico y a los muelles de la cama. Atravieso el parque de Xujiahui camino al trabajo en la academia donde mis estudiantes ya saben decir lo que les gusta y lo que no les gusta nada. Me como la cabeza y el corazón. Localizo las fruterías y los mercados del barrio. Monto la slackline junto al río y camino y pego saltitos ridículos sobre la cuerda con mucha dignidad. Echo de menos a mi familia. Organizo proyecciones sin poder hacer lo que me gustaría. Voy conociendo a los vecinos. Me prometo que escribiré e iré a exposiciones y estudiaré chino y no volveré a enamoriscarme y hago la quiniela de cuál de todas fallaré primero.

Algún día de estos agarraré las dos estanterías, las dos mesas, los cuadros de Miguel Ángel Martín y toda mi ropa de invierno, atravesaré otra vez la ciudad entera me mudaré del todo. Y a lo mejor hasta me compro una bici.

Es temporada de lluvias en Shanghai y ya me han devorado los mosquitos.

 

Cuando no ves la película sino que la presentas

Dedicarse a montar eventos, sobre todo eventos alternativos, es como preparar todo el rato tu fiesta de cumpleaños: se lo dices a todo el mundo, nunca sabes cuánta gente va a venir y siempre más de uno te llega con excusas cuando le apetece quedarse en casa o emborracharse en Yongkang (perfectamente comprensible, por otra parte). El caso es que el miedo a quedarte con cara de gilipollas al lado de una tarta imaginaria está ahí.

En cualquier caso, como nos gusta más un sarao que otra cosa, a un amigo y a mí se nos ocurrió organizar juntos una maratón de terror aderezada con conciertos, canciones del RHPS y cortometrajes. Ver El Fantasma de la Ópera desde el palco de arriba de un teatro antiguo construido sobre un aún más antiguo templo budista fue sencillamente alucinante, y escuchar a una buena amiga cantar “I put a spell on you” antes de ver La noche de los muertos vivientes ponía la piel de gallina. Pero en fin, a la mayor parte de la ciudad, enfebrecida con el Mundial aunque los partidos se retransmitan a partir de medianoche, no le gustó tanto nuestra maravillosa idea. Incluidos los traidores de mis amigos. 

Estar trabajando en estas cosas, poniendo mi tiempo, mi esfuerzo y hasta algo de mi pasta por primera vez, me hace darme cuenta de lo difícil que es dar cabida a lo alternativo, especialmente en una ciudad como esta, y lo fácil que es convertirse en un amargado que echa pestes de la falta de movimiento de la ciudad, de la falta de iniciativa, de la falta de energía, de lo vaga que es la gente y de cincuenta millones de cosas más, cuando realmente nadie tiene la culpa: nadie te ha pedido que lo hagas. A nadie le importa si lo haces. A ti te parece que puede estar bien, y por eso te dedicas a ello. No puedes obligar a nadie a que venga a ver cómo destruyes tus horas de ocio del fin de semana. Y punto. Aunque luego te emociones cuando les ves aparecer y tienes a alguien a quien sonreír mientras presentas a nosecuál director iraní hecha un flan de vainilla pero menos. 

Pasar horas decorando un teatro o subiendo y bajando escaleras en plan Looney Tunes me hace apreciar aún más a la gente que, aquí o allá en España, apuesta tiempo, esfuerzo y horas de sueño para poner en pie sus propios proyectos. Por no hablar de esas ganas, como organizador, de salir corriendo del puto teatro o del puto café en cuanto se acabe la mierda que en buena hora se te ocurrió montar. Ah, no, que luego tienes que recoger. Porque sí, los asistentes llegan, ven la película o los cortos y se van, mientras tú llevas ahí más horas de las que se consideran adecuadas para una buena salud mental, y lo divertido es que nadie te ha obligado a nada de esto. 

En resumen: que a veces sale bien, a veces sale mal, a veces sale fatal. A veces vienen cuatro gatos y otras se te llena la sala y otras el sonido empieza a fallar y entonces te llevas la manita al corazón esperando el inminente infarto. 

Lo que está claro es que los hay que, pese a todo, no podemos dejar de hacerlo. Y qué quieren, hoy tendré cara de muerta viviente, pero hasta estoy un poco orgullosa de lo que estamos al menos empezando por aquí. 

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Vacaqué.

Yan se asoma a la sala de profesores de la academia y me dice que siente mucho que haya habido quejas y que ella no tiene ningún problema, es más, que piensa que estoy haciendo buen trabajo.

Digo gracias y entre unos pocos aplausos veo el pulgar levantado y su sonrisa de norteño desde el final del aula donde he impartido mi primera “conferencia” en inglés sobre cine español, y ya está hecho y está bien y ahora solamente tengo que pensar en la brisa de la noche y en los mosquitos devorándome las piernas mientras se me olvida qué hora es.

Esa chica que ya no es profe de chino sino más bien la amiga con quien hago intercambio chino-español los domingos por la tarde y que tiene en mis historias su propia telenovela ahora está sentada en la primera fila el primer sábado que presento una película en el Instituto Cervantes y también está hecho y está bien y es la primera de muchas.

Un buen amigo me dice que qué suerte haberme conocido y yo pienso que qué suerte haberle conocido a él y mantener entre los dos la tienda de abajo a base de comprarle a la amable señora shanghainesa cantidades ingentes de Estrellas de Galicia antes de irnos de concierto.

Escucho por primera vez en mucho tiempo a Jordi Savall y me entra una tranquila nostalgia y decido que cuando vaya a España va a ser para ir al teatro con mi padre.

Acaricio con las puntas de los dedos los versos de Li Bai tatuados en su piel y empiezo a pensar que no debería acostumbrarme, que siempre me pasa lo mismo, que soy una idiota y que se vuelve a su país de hielo y bosques, pero entonces me pierdo y perderse sienta bien y ya no recuerdo qué estaba pensando.

Termina el curso y empieza la vorágine de preparar exámenes. Trabajo en cincuenta mil sitios a la vez y mis amigos se parten de risa cada vez que les cuento que tengo un nuevo proyecto en que pensar en los larguísimos trayectos de metro. Soy esa chica que parece una mochilera o más bien un caracol urbano según cuántos bultos lleve. Me mudo en dos o tres semanas y últimamente no tengo tiempo ni para depilarme esas cejas de cínica. A veces los nervios me desbordan las pestañas. A veces me siento tremendamente inútil. A veces no puedo ni dar dos pasos en la cuerda antes de que me restalle en los empeines. Otras veces, él y yo nos quedamos hasta tarde balbuceando poemas de la dinastía Tang. Otras veces es mañana y me despierto y él me tiende un trozo de fruta de dragón y empiezo a acostumbrarme a lo que para él es timidez pero para mí frío desapego, y nos sentamos a la mesa del café y antes de abrir el portátil y ponerme de una santa vez a trabajar pienso que aún tenemos hasta San Fermín, que además este verano me quedo y que aún me quedan muchas, muchas razones para sonreír a las tormentas de verano.

 

Cuando conocí a las vecinas del barrio

Estoy sentada en el sitio de honor del sofá de una casa que no conozco, rodeada de quince alumnos. A mi izquierda, el decano, y frente a mí, tres señoras con edad para ser mis madres adoptivas que nos han calzado antes de entrar fundas de plástico para los zapatos.

Es un típico miércoles a la hora de la siesta y a mi jefe se le ha ocurrido la brillante idea de organizar una visita guiada a ¿un museo? ¿un templo? no, mejor: a un 小区(xiaoqu) o barrio residencial recién construido en la calle de al lado de mi universidad.

Así, yo puedo contarles cómo es la vida en España y ellas pueden contarme lo bien que se vive en este barrio de Pudong que lleva año y medio siendo también el mío. Ellas me hablan en mandarín (con acentazo shanghainés) y yo les respondo en español, y los alumnos, por turno, van traduciendo cada uno una frase. Los pobres sudan tinta y yo me siento una especie de ministra con calzado de hospital. Lo que no les puedo decir a mis alumnos es que estoy entendiendo todo lo que me están diciendo la señora Lu y sus compinches. Me hace ilusión, pero me hago la laowai y pongo cara de no enterarme aunque de vez en cuando se me escapa alguna traducción más precisa que Mila, sentada a mi lado, me agradece con una sonrisa de alivio.

Después de hora y pico hablando (o algo así) sobre el cuidado de los ancianos, las costumbres gastronómicas, horarios o la edad a la que se casa la gente en los diferentes países, la señora Lu, la traidora señora Lu, dice que bueno, que ahora todos están esperando a que la amable profesora extranjera nos cante una canción en español.

Cómo será mi cara que todos mis alumnos se dan cuenta de que lo he entendido.

Farfullo. Balbuceo. Es que mi garganta. Es que mi voz. Es que shenme. La verdad es que, sencillamente, dudo que ahora mismo me venga a la cabeza una canción entera en mi bonita lengua materna. A mí, que el día anterior estuve intentando aprenderme un rap en dialecto de Chengdu.

Miro a mi jefe, a ver si me echa un capote, o algo. Así que ahí estamos, mi decano y yo, a las tres de la tarde, cantando Cielito Lindo con los alumnos haciendo los coros delante de esas amables señoras shanghainesas que aplauden, preguntan por el tema de la canción y después nos sacan chocolates y mandarinas y nos las reparten con mucho alboroto. Nos prometemos que un día haremos empanadillas juntas y todo eso que se dice en los paripés sobre las familias, estar lejos, el extranjero y lo encantados que estamos de habernos conocido. Otra de las señoras (creo que la señora Zhang) me mete un tomatito cherry directamente a la boca. Creo que ya he tocado techo.

Paseamos por el parque como si fuera un jardín de la dinastía Ming, yo escoltada por Mila, Cintia y Estrella, mis niñas  de tercero, que me re-traducen que esa flor es el símbolo de Shanghai o que ese paseo se usa para caminar descalzo porque es bueno para la salud.

Pudo haber sido peor: el otro grupo fue  a ver unos bailes tradicionales de no sé qué minoría, y que el pobre Rayo, al que sacaron a bailar, ahora es famosísimo en RenRen.

A la próxima, creo que me aprendo el rap. Ya puestos a hacer un paripé, vamos a hacerlo con estilo…

¿Las marías a la Laowai?

Es jueves y he quedado (después de otra reunión, porque últimamente no paro con las reuniones) con Alejandro, que además de ser uno de mis mejores amigos, da clase de cine en la Shanghai Film Academy. Hemos quedado para unas cervezas en el Helen’s y de paso, discutir los detalles de un curso de cortometraje low-cost que quiero que imparta y también para reunirnos por Skype con Paulina, otra coordinadora del cineclub que presento y organizo desde hace unos meses. Por supuesto, antes de ponernos a ello nos pasamos media hora divagando.

Estamos en medio de la reunión, vamos por la segunda Tsingtao y se me ocurre abrir el correo. Y zasca. Los temidos mails de mi jefe. El decano Chen me informa de que “debido a las quejas de los alumnos de segundo curso”  (sic) me cambian la asignatura de Audición, que llevaba dos semanas impartiendo, por la de Lectura de Prensa Extranjera con los ya conocidos chavales de tercero. Por mí de puta madre. Pero a las dos semanas de haber comenzado el curso esto es lo que conocemos como una señora putada.

Cuando acababa de llegar, todo esto me cabreaba y me hacía sentir bastante inútil. Ahora que ya estoy acostumbrada y que mi capacidad improvisatoria ha mejorado un poco, ya solamente me cabreo. Más que nada porque el señor decano me recuerda “la importancia del examen que van a llevar a cabo los alumnos del segundo curso” con lo que es mejor, claro está, que esta asignatura no la imparta un profesor extranjero.

Recapitulemos. Ya había dicho aquí alguna vez que en segundo y al final del grado en cuarto, los alumnos de la licenciatura de Español tienen que pasar dos exámenes a nivel nacional que miden sus conocimientos de gramática, lectura, cultura, comprensión auditiva y expresión oral. En teoría. El caso es que la parte de expresión oral es un monólogo de cinco minutos que se traen aprendido y masticado de casa y la parte de gramática está resumida en preguntas de tipo test, mientras que la parte de cultura (que, proclamo, no conozco a casi ningún nativo que pudiera contestarlas bien todas) no aparece hasta el examen del último curso.

Todo esto hace que:

1)      Los alumnos de segundo curso estén completamente acojonados por este examen.

2)      Todos  los alumnos de licenciatura se centren en aprobar ese examen más que en aprender algo.

3)      Cuando hablo del DELE alguna vez, haya quien me pregunte que si el nivel X de DELE equivale al nosecuántos del examen nacional.

4)      Los alumnos que no tengan un examen nacional a la vista se vuelvan completamente vagos.

Este tipo de actitudes y de cambios me hace pensar en la necesidad real de que tengan un profesor extranjero para asignaturas pensadas por chinos y estudiadas con un método tan chino que a los que llegamos de nuevas nos parece que acabemos de llegar a Marte. ¿Alumnos de clase de Conversación (que siguen diciendo “feliz la fiesta” “una restaurante” y “hace mucho tiempo no verte”) trayéndose un texto aprendido de memoria? ¿Alumnos dormidos y roncando en clase? (estoy segura de que las quejas son porque a uno le eché una bronca descomunal delante de sus compañeros y el caballero no sabía si llorar o limpiarse las legañas primero). ¿Alumnos a los que si no les dices que esto cuenta para las notas de clase no tocan un bolígrafo en los ochenta minutos?

El caso es que lo hago lo mejor que puedo. Y en el fondo de mi corazoncito de laoshi sin vocación, creo que les viene muy bien tenerme como profa, a mí y a otros extranjeros, y no solamente porque les podamos explicar que la Zarzuela es un palacio y no sólo un género musical o que tengan mucho cuidado con el verbo coger, sino porque además, podemos comprender, sobre todo los que sabemos chino, las imprecisiones semánticas, las expresiones calcadas y las traducciones directas que a veces me hacen descojonarme cuando estoy corrigiendo redacciones. Tampoco en la universidad se aclaran mucho con lo que quieren de nosotros. Si nos quieren para dar una clase que no están seguros si sus alumnos comprenderán o si nos quieren como apoyo en las clases importantes de un programa que, en el caso de mi bienamada universidad, parece que lo montaron en medio de una reunión regada con baijiu.

Y ya estaba yo encabronándome cuando caí en que Alejandro estaba allí conmigo, que estábamos tratando de organizar cosas juntos que sonaban muy bien, que Paulina estaba preparada para conectarse desde Abu Dhabi y que era de esto en lo que tenía que poner las energías que estaba empezando a gastar en cabrearme, así que brindamos, le pegamos otro trago a la Tsingtao, abrimos los cuadernos y nos pusimos a ello.

Pues encima, le dije a Alejandro, que también tiene que lidiar con el sistema universitario chino, el horario que se me queda es incluso mejor que el que tenía antes. Y si es lectura de prensa, algún artículo de El Mundo Today no va a desentonarme… 

Mi extraña habilidad para acoplarme en casas ajenas

A quien me pregunta, le respondo que vivo en el lejano Pudong, pero la realidad es que en este año y pico he pasado la mitad de mis semanas viviendo en donde me han dejado: camas, colchones y sofás de diferentes amigos a los que les he inspirado la suficiente simpatía o pena como para cederme un pedacito de sus siempre envidiados pisos en el centro. Acarrear mochilas o maletas por autobuses y metros ha tenido su recompensa en forma de cerveza compartida bien fría, Netflix en compañía, innumerables conciertos y desayunos que a veces ya se juntan con la comida o la merienda, dependiendo de en qué casa me haya despertado… para que llegue la tarde del domingo y en casa del niño donde doy clase se piensen que cada fin de semana me voy por lo menos a Shangri-La.

Ahora llevo desde casi finales de diciembre atrincherada en casa de mi amigo Pablo, que me cedió la llave como regalo de Navidad mientras él está en España con la única promesa de no traerme tíos ni para jugar al Monopoly. Conozco bien el barrio porque llevo un semestre quedándome allí un finde sí y otro también, al menos en teoría. Por allí cerca hay un café donde trabajar, un Wagas para desayunar en días de resaca ligera, una tiendecita que vende Estrella Galicia, un bar gay que también organiza conciertos, tres de mis antrazos nocturnos favoritos, una de las pocas tiendas que conozco en Shanghai de ropa vintage y vinilos decentes y, estos días que se acercaba el año nuevo chino, sopotocientas pop-up stores de petardos.

Estoy de vacaciones hasta finales de febrero y no me apetece volverme a mi far-far Pudong a lo que en esta época parece un páramo sin más actividad que la megafonía de una furgoneta de papel higiénico. Seguramente esta semana vuelva a mudar mis cosas a casa de otra amiga. Y este semestre se avecina exactamente igual al primero: con una mochila bien grande a la espalda dando luz verde al fin de semana y una manta esperándome en un sofá de Jing’An, Jiaotong o Shaanxi Nan Lu, lista para escribir desde alguna cafetería del centro, hacer planes culturales decentes, encontrarme a conocidos en los bares o simplemente pasear por esas calles que no se acaban nunca mientras agradezco infinitamente los amigos tan maravillosos que tengo.

Mientras no me cobren el alquiler…

Dosmilcatorce

Al 2014 le pido un trabajo de verdad, un piso en el centro y unas cortinas bonitas.

Le pido conservar a mis amigos, que no sustituyan mis bares favoritos por restaurantes de estilo industrial y un festival de música en Japón o en Corea. Le pido aprobar con nota el HSK 5 y ese título de inglés que siempre dejo para pasado mañana. Le pido que no se separen mis grupos preferidos, que no se muera ninguna figura más de la juventud musical de mi padre, que mis amigas chinas se dejen de mandangas con eso de encontrar novio o marido, que Arcade Fire pasen por Asia, una cámara de fotos nueva y un par de vestidos y sombreros de otras épocas. Le pido aprender el dialecto local, más libros y cómics, seguir teniendo a Beijing como a un colega al que visitar siempre y que a mis alumnos les quede claro que España no es sólo toros, flamenco y paella. Le pido seguir con el KanKan Filmforum y con los proyectos para Inkside. Al 2014 le pido viajar muchas veces y sólo unas pocas sola. Al 2014 le pido estar viva, estar bien y poder dejar de pedirles dinero a mis padres. Le pido más ganas de retomar el piano, una cuerda floja, cumplir mis sueños y una primavera temprana.

Al 2014 le pido Shanghai.

Ya veremos. Feliz año nuevo.