Puerto fragante y lluvioso

Hace calor. Ese calor húmedo, aún más húmedo que en Shanghái, que hace pesada la respiración y te aplasta contra el suelo de las pasarelas por las que atraviesas la ciudad buscando la oficina de visados. La gente camina deprisa esquivándote y no puedes evitar chocarte a veces con ellos, y te miran con mezcla de extrañeza y condescendencia.

Me sale automático hablar en mandarín, pero aquí hablan cantonés, que suena como una canción o un oleaje suave, e inglés. Los taxis son rojos, los autobuses, de dos pisos, y sonrío al ver la señal de que penalizan con dos mil dólares si comes dentro del metro y con cinco mil si fumas cerca de las estaciones.

Llueve. Llueve y es como una ducha tibia que cubre de niebla bosques y montañas, y pierdo la mirada entre la cortina de lluvia y siento que he vivido esto antes, no sé dónde, y no encuentro aún ángeles caídos ni días salvajes, pero sí encuentro nuevos amigos con los que hablar de las dos cosas que más traemos a cuenta cuando estamos solos y lejos: nosotros mismos y sexo. También hablamos de universos paralelos en bares que podrían estar en cualquier parte del mundo y en todas, paseamos por las calles llenas de luces y ruido y olor a wonton frito y pescado seco y voces ásperas de vendedores; y entro sola a las Chungking Mansion y me pierdo en los olores de curry y de suelo fregado mientras me ofrecen mil cuartos sin ventanas, y veo amanecer desde una azotea con vistas a Kowloon, y sigo con esa sensación de haber estado aquí antes de alguna forma, de haber vivido todo esto (quizá en otro universo paralelo donde aprendí cantonés) y disfruto de la sensación de no tener nada que hacer más que perderme entre las calles, las pasarelas y la gente que no se choca nunca cuando va deprisa, y miro los barcos, aún no llegamos al 2046, pero algún día, quizá en este vagón silencioso que va rumbo a una estación de nombre impronunciable, nos plantaremos allí, y miraremos de frente.

Estación de resbalones

Camino ya sin el peso de una mochila con media vida y el portátil. Ahora comparto espacio con un gato blanco y negro que se cree el dueño de este nuevo piso a veintiocho plantas por encima de la ciudad que tampoco es mío del todo, porque siempre hago las cosas a medias: me medio meto en proyectos, me medio mudo a la parte divertida y bulliciosa de la ciudad y nunca termino los regalos que me prometo a mí misma que haré a los amigos que ya se marchan, y mientras pasa todo esto, mi amigo Chachy se ha ido dos meses de gira a Estados Unidos con su banda de rock dejándose la ropa tendida, el gato y la casa que le ocupo.

Se van o están a punto de irse personas a las que aprecio. No de vacaciones sino para siempre o para a saber hasta cuándo, y los que sabemos que al menos aguantamos unos meses o unos años más miramos el cielo gris con cara de pocos amigos, o nos resbalamos maldiciendo el pavimento mojado, o brindamos con la desidia de un verano que de momento sólo tiene lo peor de un otoño sucio que huele a lluvia y a plástico.

Estas semanas, corrijo exámenes ignorando los maullidos de Jackson. Hablo del tiempo con la ayi mientras ella curiosea lo que cocino. Me acostumbro al rumor del tráfico y a los muelles de la cama. Atravieso el parque de Xujiahui camino al trabajo en la academia donde mis estudiantes ya saben decir lo que les gusta y lo que no les gusta nada. Me como la cabeza y el corazón. Localizo las fruterías y los mercados del barrio. Monto la slackline junto al río y camino y pego saltitos ridículos sobre la cuerda con mucha dignidad. Echo de menos a mi familia. Organizo proyecciones sin poder hacer lo que me gustaría. Voy conociendo a los vecinos. Me prometo que escribiré e iré a exposiciones y estudiaré chino y no volveré a enamoriscarme y hago la quiniela de cuál de todas fallaré primero.

Algún día de estos agarraré las dos estanterías, las dos mesas, los cuadros de Miguel Ángel Martín y toda mi ropa de invierno, atravesaré otra vez la ciudad entera me mudaré del todo. Y a lo mejor hasta me compro una bici.

Es temporada de lluvias en Shanghai y ya me han devorado los mosquitos.

 

Dosmilcatorce

Al 2014 le pido un trabajo de verdad, un piso en el centro y unas cortinas bonitas.

Le pido conservar a mis amigos, que no sustituyan mis bares favoritos por restaurantes de estilo industrial y un festival de música en Japón o en Corea. Le pido aprobar con nota el HSK 5 y ese título de inglés que siempre dejo para pasado mañana. Le pido que no se separen mis grupos preferidos, que no se muera ninguna figura más de la juventud musical de mi padre, que mis amigas chinas se dejen de mandangas con eso de encontrar novio o marido, que Arcade Fire pasen por Asia, una cámara de fotos nueva y un par de vestidos y sombreros de otras épocas. Le pido aprender el dialecto local, más libros y cómics, seguir teniendo a Beijing como a un colega al que visitar siempre y que a mis alumnos les quede claro que España no es sólo toros, flamenco y paella. Le pido seguir con el KanKan Filmforum y con los proyectos para Inkside. Al 2014 le pido viajar muchas veces y sólo unas pocas sola. Al 2014 le pido estar viva, estar bien y poder dejar de pedirles dinero a mis padres. Le pido más ganas de retomar el piano, una cuerda floja, cumplir mis sueños y una primavera temprana.

Al 2014 le pido Shanghai.

Ya veremos. Feliz año nuevo.

“¿Vuelves por Navidad?”

Todos mis amigos, especialmente los locales, me preguntan si volveré por Navidad. Y me lo preguntan como si en estas fechas no tuviéramos todos que currar como lo que somos: chinos (auténticos, de adopción, de pega, lo que sea). Porque trabajo en Nochebuena. Y en Navidad. Y tengo el día de Año Nuevo libre por alguna conjunción planetaria que no me explico. El caso es que tampoco me molesta demasiado. Nunca me han gustado las Navidades. Nunca me han gustado las masas colapsando el centro de Madrid en una algarabía de diademas de reno y pelucas de colores, ni el ejército de Papás Noeles de peluche trepando por los alféizares, ni esos estandartes gigantescos con el Niño Jesús bendiciendo a los transeúntes que hacen de los balcones en que se cuelgan algo parecido a naves nodrizas alienígenas; y debo ser una de las pocas españolas que siempre ha rechazado las uvas y el cotillón, aunque sí que recuerdo una maravillosa Nochevieja (o la mitad de ella) con mi siempre añorada Lorena en un bar en medio de la estepa albaceteña. Pero por lo general, mi actitud se puede resumir en que paso. Paso de todo esto y por mí que se borren del mapa mazapanes, polvorones, zambombas y villancicos rocieros.

Pero estos días, en clase, explicando lo que hacemos los españoles en Navidad, me he dado cuenta de que para mí, el día 8 de enero sigue en mi cabeza como uno de los más tristes del año. En mi casa éramos, y somos, de Reyes Magos, y siempre lo seremos. De Reyes Magos en la mañana del día 6. De mis padres levantados hasta tarde envolviendo mis regalos de hija única, y con los que hasta la fecha (y ya soy mayorcita, oiga) siempre, siempre, han acertado.

Confieso que la noche de Reyes siempre me acuesto nerviosa y me levanto impaciente. Confieso que nada me ha hecho morderme más las uñas cuando era pequeña que escuchar a mi padre preparar la cámara al otro lado de la puerta mientras yo esperaba, en pijama y sin desayunar, a poder entrar y comenzar a desenvolver paquetes. Confieso que pocas cosas me hicieron más ilusión que, cuando conseguí mi primer curro de becaria, irme un día de compras de Reyes y dejar también regalos bajo el árbol.  Pienso en el día de Reyes y veo a mi padre desayunando con mi madre y conmigo, sin prisa, sin tener que irse a trabajar a la obra o a alguna casa,  y veo a mi madre, casi más ilusionada que yo, y el roscón, el trozo minúsculo que poco a poco aprendí a comerme sin culpa.

Este año es el segundo que paso el día que más me importa de estas fiestas lejos de casa. Sin nadie que me despierte a decirme que han venido los Reyes. Sin roscón, coño, sin roscón, con lo que me costó apreciarlo. Y eso jode.

Este año el seis de enero cae en lunes y tendré que trabajar. Pero después, por la tarde, por la mañana en España, hablaré con mi familia. Les desenvolveré sus regalos y ellos desenvolverán el mío, aunque bastante regalo es que me acepten y me aprecien aquí, allí o en el quinto infierno. No podré compartir espejo con mi madre al maquillarme, ni podremos irnos juntos a pasar la mañana a algún museo como hemos hecho alguna vez, ni mi padre podrá sacarme fotos como siempre hace (y bien poco que nos gusta a mí y a mi vanidad). Pero sé que están ahí. Que siempre estarán ahí cuando lo necesite para cualquier cosa que necesite, ya sea llorar, reír o tirar muebles contra el suelo. Y eso es lo único que me importa y lo único que intentaré recordar en estas fechas de pelucas de colores, gorros de Papá Noel y villancicos de niños locos. A ellos. Mis verdaderos Reyes Magos.

Felices fiestas.

Lo que dan de sí los meses: Resumen

Así, resumiendo, en el poco más de un año que llevo viviendo en Shanghai….

He participado en un videoclip;

He impartido una asignatura de redacción que transformé en clases de escritura creativa, con diferentes (y a veces sorprendentes) resultados;

He podido permitirme comer o cenar sushi al menos una vez por semana;

Casi no llego a fin de mes en un par de ocasiones (y con eso quiero decir que me quedaban diez euros en la cuenta) y he sobrevivido;

He aprendido una buena cantidad de palabras coloquiales en mandarín y algunas sueltas en shanghainés;

Se me ha pegado el acento de aquí;

Ha dejado de sorprenderme ver despiezar una tortuga viva en la calle;

He conocido a gente maravillosa por aún más maravillosas casualidades;

He visto tocar, entre otros, a Gang of Four, a Nouvelle Vague, a Godspeed you! Black Emperor, a The Tiger Lillies y a The Mary Onettes y he descubierto bastantes bandas locales;

Me he metido en la organización de un club de cine;

He sabido lo que es estar sin dinero o sin Internet cuando más los necesitas;

He podido salir del paso cuando una de las dos anteriores me faltaba, gracias sobre todo a la ayuda de amigos;

He desarrollado mi capacidad de improvisación y adivinación en cuanto al funcionamiento interno de la universidad y de la burocracia china en general;

He llorado más veces por frustración y desconcierto que por tristeza;

He salido airosa y sin pagar ni un yuan del intento del famoso timo del té;

He hecho de luna en un musical sobre la famosa canción de Mecano que dirigieron los alumnos en la función de Navidad;

No he dejado de aprender algo nuevo (bueno o malo) prácticamente cada día;

 

Y he descubierto que no quiero volver, o ir, a España. O quizá eso ya lo sabía. 

 

Mirada de alambre

Desde hace muchos años, casi desde que tienes memoria, no te miras en los espejos. Te vigilas. Vigilas cómo te queda la ropa, si te aprieta más o menos la cintura de la falda, y celebras la holgura de unos pantalones como si te hubieran dado un premio a la excelencia. Has aprendido, después de un tiempo, a manejar esa sensación de hambre, a valorarla, a domarla hasta que solamente la sentías cuando era la hora de una de las cuatro frugales comidas que hacías más como una necesidad que como un disfrute. Porque nunca lo has disfrutado.

Nunca te ha gustado comer, desde niña. Nunca te han gustado tus mejillas ni tus muslos ni la forma de tu cara y siempre has pensado en la forma de cambiarlos. Sabes que nunca has estado ni mucho menos gorda. Sabes que no hay ningún problema en comerse un trozo de pastel de vez en cuando. El problema es cuando al día siguiente, o hasta dos semanas después, sigues pensando en ese trozo de pastel y dudando de si te lo tenías que haber comido o no. Y esa es la historia de tu vida. O cuando alguien, una abuela, una tía, te dice con esa sabiduría popular y esa alegría campechana que te ve más rellenita y entonces la mirada en el espejo se vuelve un alambre de espino que te rodea la figura y te hiere como un cepo. El problema no son los cumplidos de las tías abuelas. El problema es lo mucho que te afectan.

Están las tardes en que comes tres galletas y las vomitas porque te sientes terriblemente culpable. Cuando eso lo conviertes en una rutina y notas la piel de los nudillos blanda y lacerada de tus propios dientes. Cuando con los más íntimos (una pareja, una madre) no sabes hablar de otra cosa que de si habrás engordado, mucho o poco. Y eso no hay quien lo aguante.

Y resulta que paulatinamente has ido reduciendo las raciones a la mínima expresión y con la excusa de que todo te sienta mal tu cuerpo se va encogiendo y encima de los huesos hay poco más que piel y todo el mundo se da cuenta pero tú clamas a los cuatro vientos que nunca has estado mejor que ahora mismo. Porque es verdad. Te sientes de puta madre. Te sientes superior al resto porque has conseguido, piensas, lo que muchas mujeres intentan y no consiguen.  Pero no eres capaz de cenar en grupo porque, aunque no lo quieras admitir, preferirías irte con Drácula antes que compartir ese postre. Al menos, piensas, Drácula no come. Y no puedes dormir. Y tu cuello y tu espalda sin masa muscular que la sostenga hacen crac y de repente no puedes llevar el peso de tu propia mochila. Y en la última clase te tienes que tomar un caramelo de regaliz (sin azúcar) porque tienes miedo de desmayarte. Y es invierno y llegas a casa, comes tu crema de calabaza caliente y tienes que descansar tapada con varias mantas y darte friegas en la contractura que parece que nunca se irá.

Un viaje, un evento o un festival que alteren lo más mínimo tu rutina de las comidas es una tortura que te tendrá días dilucidando los efectos que pueda haber tenido en tu cuerpo. Cuando te dicen que estás muy delgada llegas a enfadarte, “estoy perfectamente, estoy sana”. Pero sabes que si no tomaras anticonceptivos hormonales ya haría tiempo que se te habría retirado la regla. Y que puedes hacer yoga durante hora y media pero en aquel curso de acrobacia no fuiste capaz de subirte a las telas (nadie pudo, realmente) o de (eso ya es más grave) sostener tu propio cuerpo haciendo el pino más de dos veces. Y ahí ya te empiezas a preocupar aunque se te olvida cuando ves en el espejo el reflejo perfecto de tus costillas. Cuando te sientes ingrávida, vacía, limpia, pura. Como si flotaras. Como si te disolvieras en el aire.

Una de tus mejores amigas se asusta cuando pasas una noche acurrucada frente al radiador porque no puedes hacer frente al frío de un piso sin calefacción central aunque lleves dos jerseys. Y todo el mundo te dice lo bien que te sentarían unos kilos más y eso te aterra casi más que el que le pase algo a tu familia. Pero todo es tan perfectamente normal, está tan perfectamente integrado en tu vida que ni piensas que puedas cambiarlo, porque siempre ha estado ahí. Eso y el pegarte alguna que otra hostia contra la pared cuando ese cepo que se activa cuando te miras en los espejos te dice que te has portado mal, muy mal.

Luego empiezas a trabajar y te das cuenta de que o te mantienes en pie o van a empezar a pedir cuentas. Que ya ha pasado un tiempo desde aquellos días en que caías dormida unos minutos a las ocho de la tarde porque no habías comido más que aquella crema de calabaza a mediodía.  Aunque ya habías empezado, poco a poco y con mucho apoyo de los que lo saben de tu boca (porque todos lo intuyen, aunque no lo digan) a disfrutar de la comida, te sientes culpable y mides el aliño de las ensaladas y el tamaño de las raciones con la precisión de un químico. Oscilas entre el deseo de relajarte y ese viejo sentimiento de culpa que ya reconoces tan bien como la voz de tu madre. A él y a la sensación de ser una bomba de relojería en expansión lenta, latente, constante.

Y ahora, con unos kilos más y mejor cara, parece que todo está bien. Aún te asustas cuando la gente te hace notar gozosa que has engordado por fin. Sabes que eres afortunada porque ése sea el mayor de tus problemas, pero es tuyo y aún te queda bastante camino para no tenerle miedo a la báscula, ni al espejo, ni a aquel vestido que te hiciste a medida. Que aún queda para aceptar la forma de tu cara o tu cuerpo desnudo y sano ante el espejo. Porque sabes que tu cuerpo está sano pero tu cabeza no. Que probablemente nunca lo estará. Pero al menos, ya lo admites y puedes empezar a ganarle terreno a al espejo deformante y severo que habita dentro de tus ojos.

Y te alegras un poco porque ahora, por fin, cuando ves aquellas fotos de hace un par de años y ves aquellas piernas como de pájaro y la jaula que te formaban las costillas en el pecho, no puedes evitar estremecerte.

Todo es muy raro

He vuelto a Madrid y todo me parece a la vez extraño y a la vez amigo. Llegando a París desde Shanghai me sorprendió que a las ocho de la tarde aún hubiera luz. Ahora aquí, a saber por qué, me fijo más en las narices de la gente. Los vagones del metro me parecen más estrechos y gasto bastante más dinero del que tengo.

Ya he abrazado a un puñado de amigos, me he pasado una semana y media celebrando y dos tardes enteras tendida en mi cama sin hacer absolutamente nada de provecho. Ahora, después de un par de semanas, sigo sin poder dormir por las noches.

La gente dice que me ve distinta y todos bromean con lo de haberme vuelto china aunque lo de llevar sombrilla ya lo hacía antes de irme. Como demasiadas veces se me cae la casa encima, paso más tiempo en las ajenas, y me sigue gustando que esta ciudad albergue casi un bar por habitante.

No tengo que hacer ningún examen, pero siento que dejo miles de cosas a medias. No estoy ni aquí ni allí. Me encuentro extrañando las luces, los ruidos, los olores y esa lengua que empezaba a comprender, y a menudo me sorprendo preguntándome si ya vuelvo mañana con el primer vuelo aunque me dejen, como en el de vuelta a Madrid, seis horas dentro del avión antes de despegar. 

Imagino que se me pasará. Que si todo va como espero, tengo poco más de un mes para atesorar imágenes que después me servirán cuando caiga la noche y me pille a solas en ese Shanghai que ya es un poco mío, o un poco demasiado. Mientras, sólo me queda esperar la carta. Y de paso, disfrutar un poco. Que tampoco está mal.