Lo de los churros

Parecía que no había otra cosa que comer en Shanghai que los churros de la chocolatería San Ginés. El orgullo nacional. Los empresarios más emprendedores y más locos de todos, figúrese, traer churros a una tierra que lleva desde tiempos inmemoriales comiendo porras y mojándolas en leche de soja.

Amigos y familiares diversos me envían y reenvían la noticia de la apertura de un local en mi ciudad de acogida. Al cabo de dos meses, cuando me la mandan otra vez y pienso que se están repitiendo un poco, resulta que no, que es que han abierto otro local. Qué emoción. Yo me vine a China a comer churros, croquetas y tortilla de patatas y a decir que no saben igual que en España, claro que sí. Bueno, no, que cuatro croquetas de jamón cuestan diez euros, casi que me espero a las de mi madre.

Según la prensa española, además de lo necesarios que somos los profesores de español en una tierra que cree que el inglés es lengua oficial en toda Europa, los churros se van a comer el mercado chino. Los chinos adorarán esos lacitos empapuzados en aceite que tantas resacas patrias han curado a lo largo de su existencia y que cuestan diez veces más que cualquier snack a pie de calle. Claro que sí.

El susodicho segundo local se encuentra donde suelen encontrarse los establecimientos de hostelería que pasan más satisfactoriamente los controles de calidad: en un centro comercial. Concretamente, en una esquina minúscula de una de las plantas sótano, concretamente la dedicada a la pastelería, la repostería y la guarrada en forma de dónut de bonito seco o de pastel con hilitos de polvo de carne. Suena el típico hilo musical de ascensores. Suelo impoluto. Los churros tras un cristal, calentitos, recién hechos, cortados impecablemente y a nuestra vista, en forma de palitos y no de lazos. Ponte unos jeringos, niño.

Los sirven en unos recipientes de cartón verde y blanco con motivos típicamente hispánicos, a saber: flamenca, banderillas, toro simpático (cito de memoria). Además del típico chocolate, los churros se pueden acompañar de helado, chocolate blanco, chocolate a la fresa, crema de té matcha o queso cheddar. Adaptándose al paladar chino, tradicionalmente un país comedor de chocolate rosa y queso. Igual que los españoles, tradicionalmente, nos hemos adaptado muy bien al arroz tres delicias y a las galletas de la suerte. En fin.

Churros con chocolate blanco en San Ginés (Super Brand Mall, Lujiazui, Pudong)

Churros con chocolate blanco en San Ginés (Super Brand Mall, Lujiazui, Pudong)

Que están buenos, sí. Que lo del queso es una blasfemia, también. Que los hemos probado, como para no hacerlo. Pero a la vez me hace gracia cómo venden a la prensa la llegada de un supuesto emblema de la cultura española transformado en una especie de Sundae raro con tropezones. Y es una sensación muy rara ver cómo en esta ciudad cualquier cosa, excepto los imbatibles puestos y carricoches de tallarines fritos, de brochetas, de sopa de wantun o de batatas asadas, se convierte  en un establecimiento aséptico de un mastodóntico centro comercial.

Dicen que es el futuro. ¿No?

Proverbial calidez ibérica

Conocí a Saiketa hace unos meses, en el Instituto Cervantes. Ella acababa de volver de estudiar un año en España y tenía la boca llena de Albaicín y la cabeza mareada de horas de vuelo. Nos intercambiamos los teléfonos y, por esto de borrar mensajes a lo tonto, terminé perdiendo el suyo.

El día de Nochevieja, recibí un mensaje. Era ella, me invitaba a una fiesta. Yo tenía ya planes, pero me alegré de haber recuperado el contacto de aquella shanghainesa alegre y ya contaminada sin remedio del sol y del acento granaíno que parece salirle del alma cuando dice, por ejemplo, mercao. Quedamos ayer, con la excusa de intercambio chino-español, para beber vino blanco en uno de esos sitios tranquilos, elegantes y tremendamente pijos de los que está plagada Shanghai, y me alegré aún más de tener otra vez su número en la agenda.

Le conté lo que me había pasado, le di las gracias por llamarme.

No es nada, dijo ella. Sé lo que es estar sola en una ciudad.

Qué gracia, pensé. Qué gracia que me digas esto, Saiketa, cuando prácticamente todos los españoles que he conocido aquí, aparte de ser una panda de gilipollas integrales que se quejan de no encontrar fácilmente materia prima para un buen cocido madrileño, no hayan mostrado un mínimo interés por los recién llegados más allá del dinero que hacen, de la zona en la que viven o de las copas que se hayan tomado en el sitio más de moda del Bund.

Qué gracia, precisamente, cuando el otro (y único) profesor español de mi propia facultad, un floreciente e intachable hombre de negocios, no haya tenido la decencia de invitar a un café siquiera a la nueva profesora que viene de nuevas y sin conocer a nadie. Al menos, cuatro meses después, se le ocurrió, eso sí, enviar un mensaje de texto a ver qué tal iba todo.

En mi cabeza pasaron fugazmente las horas transcurridas con ese grupúsculo de expatriados de la piel del toro que bebían cerveza china en el café estilo parisiense y que parecían estar tan a gusto juntos, en gueto y compañía, que se les habían quitado las ganas de conocer a más inmigrantes forzosos y que miraban por encima de su visado de trabajo en un implacable “y tú de quién eres”. Me reí, por dentro y a carcajadas, del tópico del español hospitalario. Agradecí interiormente a mis amigos de New Mexico, Kansas, Nueva York, California o Florida, por no hablar de los japoneses o los chinos, por todos sus favores y muestras de confianza. Pensé también que, por pura matemática, si en mi propio país me había costado más de veinte años encontrar un puñado de verdaderos amigos entre cuarenta millones de gilipollas, más me iba a costar encontrar algún colega entre los miles de egos henchidos de negociantes, bibliotecarias resentidas y ejecutivos en jefe de empresas de tapones de Nescafé. También pensé que ellos, sus hijos con plaza en escuela internacional, su ayi, su etnocentrismo y sus taxis se podían meter las fiestas y reuniones de la madre patria por el mismísimo culo.

Sonreí a Saiketa. Pues sí, tienes razón.

Brindamos brevemente, seguimos charlando, luego nos fuimos a otro sitio a cenar y, al despedirnos ya en el metro, nos cascamos dos besos.

Al profesor español estuve por responderle que de puta madre, que gracias por el café, que muy rico, pero no sé si lo iba a pillar.

Las escapadas (I)

“Deberías ir a Hangzhou. Es muy bonita. Tiene un lago”

Una vez llegas, es muy fácil dejarse engullir por la rutina de una gran ciudad. Especialmente, por la rutina de esta gran ciudad. Pero cuando te asientas y miras un poco alrededor, ves (aparte de las millones de cosas que hay que ver, claro), primero, que, como en Madrid o Barcelona, muy pocos (muy orgullosos, eso sí) son realmente de aquí; y también, que se puede viajar a cualquier parte del país con dos duros y un paquete de fideos envasados.

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la estación de Shanghai Sur.

Shanghai, aparte de incitar al vicio, a la perversión, a las compras compulsivas y al uso de artículos kawaii,  cuenta con nada menos que tres estaciones de tren, dos aeropuertos y de autobuses mejor no preguntar porque con los interurbanos ya tengo suficiente para el resto de mi vida. Y es tan fácil como ir a la estación dos días antes, sin prisas ni agobios (aquí como vayas con prisas o agobios estás perdido) y, si el mandarín no da para tanto, elegir el mostrador english-friendly con la señorita que te asusta farfullando un “no seat” cuando lo que quiere realmente decir es que tu tren no tiene asientos numerados….

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estaba el tren rápido, el normal y el roñoso.

No voy a viajar sola. Viajar solo es un rollo. Menos mal que Elena, que estudia en Nanjing, que fue anfitriona mía allí y se dejó acoger por mí en Shanghai, piensa lo mismo. Para esta escapada conjunta lejos del traficazo y el ruido, elegimos una ciudad cualquiera, cercana y con un nombre que nos suena tan parecido a los de las otras ciudades y provincias como a un chino le sonarían Cataluña y Calatayud.

Creo que es la segunda o la tercera vez que oigo hablar de esa ciudad (más o menos las mismas que mis alumnos las provincias españolas) pero según dicen, es muy bonita y además, tiene un lago.

El tren lento, con sus asientos cubiertos de tapicería de colchón, tarda dos traqueteantes horas. No es mucho, si tenemos en cuenta que ha costado 29 yuanes…

Llueve en Hangzhou cuando al fin el tren se para. Al ritmo del “fapiao fapiao” de los revendedores de billetes, busco un YonHe King (una especie de McDonald’s especializado en leche de soja y porras, sí, porras) con wi-fi desde el que esperar con un té caliente a Elena, que  me ha llamado hace poco para decirme que llega con retraso. Ha sido una suerte conocerla. Ambas somos capaces (ella más que yo) de regatear por un souvenir, de mentarle a la madre a algún pesado o de chapurrear un poco sobre el fútbol, los toros o lo mal que está la cosa en España. No tengo que esperar mucho hasta que los veo aparecer, a ella y a su mochila. Nos pegamos un abrazo ante la sorpresa del grupo de universitarios que merendaba en ese momento y nos soltamos a cotorrear como si nos hubieran dado cuerda.

Protegidas bajo mi paraguas transparente comprado en un “todo a diez yuanes”, nos hacemos con un mapa, preguntamos aquí y allá y damos con el autobús correcto. Son las ocho de la tarde cuando llegamos al hostel, dejamos las cosas en la habitación mixta con ocho literas y nos vamos a por unas cervezas.

El fin de semana no ha hecho más que empezar.