Afortunados

En Shanghái, básicamente, hay dos clases de extranjeros: los expatriados y nosotros. He dado clase a esta primera categoría, he charlado con muchos y he visto cómo viven. Suelen venir con piso pagado y traen a su familia, meten a los hijos (un par de ellos, alumnos míos) a escuelas internacionales y he conocido a más de uno que tiene hasta chófer. Digo esto sin ninguna envidia: no le deseo a nadie esta ciudad siendo menor de edad y viviendo con los padres en un pisazo con vistas al río… desde la gigantesca, desangelada y aburrida parte este de la ciudad.

Están los expatriados. Los que pueden permitirse chuletas de ochocientos yuanes, queso azul para la merienda o copas en los clubes del Bund.

Luego estamos nosotros. Los inmigrantes. Con el título universitario, o el máster, aún reluciente, algunas palabras de chino y muchas ganas. Vinimos aquí huyendo del paro, persiguiendo un sueño o por pura chiripa. La mayoría tenemos que compartir piso. La mayoría cobramos menos de lo que deberíamos. Más de la mitad trabajamos de tapadillo. No creo que haya conocido a casi nadie que pueda decir que sabe lo que va a ser de su vida dentro de tres meses. Y sin embargo aquí estamos. Haciendo malabarismos con las cuentas a fin de mes. Echando horas mal pagadas. Combinando tres empleos y sacando de donde no hay para montar una performance, hacer una escapada o pagarnos un billete de vuelta a casa, bien conscientes de la suerte que tenemos porque aun así, cobramos más que un inmigrante local recién graduado venido de Anhui o Zhejiang.

Soy una más. Trabajo por horas. Si me pongo mala, no cobro. Tan simple como eso (tengo fichados un par de puentes por si las cosas se ponen feas, pero ahora como que empieza a hacer rasca). Estudio cuando puedo. Duermo poco. Monto eventos con otra gente que está igual que yo. Y sobre todo, aprendo. Aprendo cada día, con mis amigos expatriados o inmigrantes, con mis alumnas, de las que algunas se dan de hostias con el subjuntivo para algún día irse a España a hacer lo mismo que hago yo aquí: cumplir poco a poco un sueño que un buen día se me clavó en el estómago y me dividió el corazón.

Me fui de España porque me dio la gana. No todos pueden decir lo mismo. Y cada día, mientras camino hacia el metro a restregarme con medio Shanghái soñoliento (el otro medio atesta las calles y huele a panecillos al vapor), miro hacia arriba, al cielo que con suerte luce azul, y me repito que ya que nos ha tocado vivir esto, aunque no sea ni será lo que esperábamos, tendremos que disfrutarlo. Aunque lo de trabajar en domingo siga jodiendo.

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Tipología del laowai

El experto. También conocido como “el cuñao” o el cantamañanas de tipo I. Lo sabe todo de China y de Asia en general, ya lleve aquí dos semanas o dos años, gracias a sus viajes y a su inmensa colección de chascarrillos. Cisne entre patos durante mucho tiempo en su país de origen, no se da cuenta de que la mayor parte de las veces acaba haciendo el ganso. No tiene ningún reparo en indicarte cómo se cogen los palillos o lo que son los pasteles de luna. Sus frases favoritas son “los chinos + sentencia genérica”, aunque sólo se relacione con los taxistas cuando les tiende la dirección del sitio que lleva en caracteres en su smartphone.

El todomal. También conocido como “el quejica” o cantamañanas de tipo II. No soporta la ciudad en la que vive y todo le parece mal, menos el espresso o el gintonic que se toma después del trabajo. Se queja de la contaminación, de la basura en las calles, de la cantidad de gente y de los chinos en general. Trabaja normalmente en alguna empresa extranjera, compra por Internet o en los supermercados internacionales y no soporta que las patatas sean más dulces que en su país de origen porque “así no hay quien haga una buena tortilla” (sic). Suele cobrar un sueldo astronómico e irse de brunch casi todas las semanas mientras se lamenta de que aquí la comida no sepa igual y que como en su país, en ningún lado.

El Asiasmus. Suele ser la primera o la segunda vez que salen al extranjero. Viene a hacer un año de intercambio o de prácticas y pronto descubre lo árido que es el chino, lo baratos que son los taxis y lo adictivo que es el alcohol infame pero económico en los bares de estudiantes. Sus días se dividen entre las noches sin fin y las resacas interminables. Al Asiasmus le gusta China, al menos, de lo que se acuerda.

El chino-friendly. También conocido como el currante. Sabía a lo que se metía. Ha venido aquí a trabajar o a estudiar y ya se conoce un poco el país y  la cultura. Intenta de forma intermitente ponerse “a tope con el chino”, con diferentes grados de éxito, y de vez en cuando entra a los karaokes o come con los chinos de su empresa/escuela, que le intentan emborrachar a base de brindis.

El huevo. Vino aquí a probar todos los tipos de té y a hacer caligrafía en un parque. Dedica su tiempo a estudiar para algún HSK, a quedar con chinos para practicar y a petarlo en los karaokes. Suele tener poco tiempo libre porque no considera que salir con otros extranjeros sea útil. Ya se ha hecho un par de camisas Mao a medida y se conoce cuatrocientos chengyu. Tiene cuenta en weibo y sabe cómo usarla.

El recién llegado. También conocido como “el caído del guindo”. Llora de emoción cuando oye su lengua materna en un Carrefour o un bar e intenta hacerse amigo de todo el mundo. Pregunta absolutamente por todo y necesita ir acompañado hasta al baño público. Todo le fascina, todo le parece maravillosamente raro y saca fotos hasta a los chinos que se sacan fotos. Este es un estado transitorio que suele superarse en los primeros meses. O no.

Cualquier expatriado es susceptible de pasar de una a otra de las categorías anteriores o convertirse en una mezcla explosiva de las mismas.

País democrático, país de represiones

El otro día salió el tema entre algunos de mis alumnos. No sé de qué estábamos hablando mientras practicábamos la hispana costumbre de tomar algo cuando se me ocurrió contarles lo del 15-M.

Normalmente no muevo un dedo por nadie y en los últimos meses aquellos restos del movimiento me parecían una especie de gesta pretendidamente heroica. Pero sí estuve en la puerta del Sol aquella primavera. No todos los días. No me quedé a pasar la noche. Pero sí agité los brazos en alto como si estuviera secándome las uñas en algunas asambleas. Vamos, más o menos como todo el mundo. Íbamos cuando podíamos, les dije. Estábamos cabreados, les dije. Les enseñé alguna foto de la plaza abarrotada, les conté lo del impacto mediático, lo que se sentía entre tanta gente que simplemente estaba igual de harta. Noté que con la tontería hasta me estaba emocionando.

Me miraron entre admirados y circunspectos.

Aquí no podemos hacer eso, dijo uno. La policía, dijo otro. Aquí, hace años. Y callan. Callan porque aquí persiste el fantasma de algo que ocurrió en Tian’an’men hace exactamente los años que tengo. Algo que se ha silenciado, que la censura en Internet contribuye a mantener bajo tierra y que todos saben y callan, como sabemos y callamos en España otros sucesos escalofriantes de nuestro propio pasado. Cada pueblo tiene sus particulares heridas. Sus políticos. Sus Historias.

Estos días, con seis horas de ventaja sobre España y un proxy que me salta la Gran Muralla censora, miro las noticias, leo los tuits y los estados de los que estáis allí. Veo los vídeos. Sonrío, sintiéndome sin saber por qué un poco extraña de repente, cuando aparece un nuevo héroe local que emula a un mago de fantasía épica. No sé si es la distancia, que siempre magnifica y agrava las cosas. Pero ahora mismo no sé qué siento. Si es miedo, pena, emoción o hasta un poco de orgullo por los que estáis ahora mismo protestando. Porque por muchas trampas, hostias y cambios de chaqueta, aún no os han quitado la capacidad de plantaros ahí delante y gritar que estáis muy, muy cabreados. Os queda eso. Aprovechadlo.

Ánimo.

Y valor.