Si yo venía a un congreso, pero me han liado.

Toda la vida sin saber qué es la semiótica y acabo aquí. Qué es esto.

Elena B., Universidad de Nanjing.

Pues yo voy a hablar de tecnología.

Everardo, Eve (México), Universidad de París.

Van a haber hondonadas de hostias aquí.

Antonio B., gallego.

No sé si han estado alguna vez en un congreso académico. Ni si han estado alguna vez en una ceremonia de inicio de curso de alguna universidad china. Por suerte o por desgracia he vivido las dos por separado. Y puedo decir que una combinación de ambas puede ser, más o menos, como mezclar Coca-Cola con Mentos.

La ceremonia de apertura. Bueno, más o menos. Había más flashes.

Gente, mucha gente. Universitarias con cámaras. Académicos de traje mirando de reojo las acreditaciones de color rosa en un silencioso  y tú de quién eres. Un grupo de música tradicional china nos ameniza con piececitas alegres que sonarían mejor si no nos las hubieran explicado. Y van a empezar los discursos.  Cuando salimos a hurtadillas nos intercepta un cancerbero. You can do that later, now you attend the ceremony. Así todo. Diplomacia, diplomacia.  Ups, sir, where is rhe restroomAl lado del baño hay una escalera de incendios. Aún resuenan los ecos de una melodía de flauta de bambú cuando nos damos cuenta de que ahora toca la foto de grupo. Y ese tío del megáfono se lo va a pasar pipa organizando a todos por tamaños. Al final, después de varios cheese, patata, qiezi (sí, aquí dicen berenjena), la cosa queda bonita. Además, nos regalan algo que parece un termo y un juego de cartas que no sé aún muy bien qué es.

Lo mismo es un recipiente de cenizas y no me he dado cuenta pero eh.

“No estamos en ningún lado y estamos en todas partes.”

Ponentes de todo el mundo. Todos vienen a hablar de su libro. Son expertos en semiótica que también dicen eso de “ay, el chino debe ser muy difícil”, aunque te citan a Deleuze, a Guattari y a quien haga falta, que para eso hemos venido. Toma, una tarjeta. Omiten el “niña” porque eso se lo reservan a las universitarias chinas que revolotean entre las facultades-pagoda, whatcanIdoforyú, followmeplease. 

La mentalidad holística y una posible broma semiótica a la hora de organizar los signos, los símbolos y el nombre de las putas sedes hace que encontrar una mesa redonda se convierta en una especie de gyncana. Y te ríes. Te ríes porque ay, esto ya es el arroz de cada día, amigos.

Me escabullo de la comida oficial en mesa giratoria y de la ópera Yuequ especialmente diseñada para alimentar la imagen de la China milenaria que tienen todos los turistas por muy académicos que sean.  Estos días me quedo en la residencia de una amiga que estudia aquí. Se nos seca la boca hablando en ese español coloquial que llevamos mes y pico sin usar. Lo primero que hacemos, una vez dejo la maleta con mi ponencia y mi carta de invitación en el undécimo donde vive, skypea y se tira de los pelos cuando Internet le da por saco, es irnos de cañas. Lo segundo, una vez sé cuándo me toca, es tomarnos algo que nos dicen es gintonic. Después de un tiempo aquí, ambas leemos menús, cruzamos la calle y luchamos por los asientos de metro tan bien como los locales, y nos vamos a conocer el kistch nanjiniano. Cuando pienso que lo he visto todo, me vuelven a sorprender.

Aquí, tomando el fresco.

En estos saraos se termina conociendo gente. Raro es que no se congenie y raro es que alguien no te invite a un café, o a lo que aquí llaman café, y estamos todos tan fatal de lo nuestro que terminamos cerrando tratos entrechocando tazas de plástico. Ya lo de que toda la mesa termine resultando medio gallega va aparte.

Al final, lo de menos son las ponencias.

Mira mamá, soy yo.

Yo me lo he pasado muy bien.

El segundo que es un primero

Tiene gracia: he pasado la carrera viviendo en casa de mis padres, con la universidad a cinco minutos caminando, y hasta que no me he venido aquí no he sabido lo que es un campus.

Aunque vistas las diferencias con lo que entendemos nosotros por campus y lo que entienden ellos, no me gustaría vivir aquí como una estudiante local. Primero, porque compartiría habitación con otras tres muchachas. De acuerdo, no es un drama. El drama viene cuando te cortan Internet, ese Internet amurallado, a medianoche o incluso antes, cuando no tienes aire acondicionado ni calefacción en el cuarto o cuando para ir a ducharte tienes que desplazarte a otro edificio con la toalla y la cestita de los champús. En invierno creo que juegan a ver a quién se le queda más escarcha en el pelo. 

Dormitorio de los muchachos, separado por un riachuelo y un puentecito del de las muchachas.

Por suerte, este no es mi caso. Pero saber todo esto me ayuda a apreciar lo que tengo.

Yo vivo en el edificio de los profesores, en lo que aquí es un tercer piso pero que en realidad es un segundo: la planta baja viene a ser la primera. Me di cuenta cuando, por inercia y sin mirar el número de habitación, intenté durante diez minutos abrir una puerta que no era la mía. Y eso que tengo un distintivo maravilloso que me ayuda a distinguir mi hogar del de cualquiera, incluso con la mayor melopea de la Historia:

Les presento al cerdo-percha.

Un cuarto igual de grande que el mío lo comparten mis dos colegas chinas, Olivia y Elena. Yo tengo ese mismo espacio para mí sola.

Detalles que no pesan y que hacen hogar.

Y un baño occidental, con algo remotamente parecido a un plato de ducha y calentador de agua.

Pequeños detalles chapuza que me hacen sentir como en casa.

Cuento con nevera, dispensador de agua para hacerme café soluble y tés (aún no me atrevo a seguir la costumbre local y beber pura agua caliente), televisión que ya yace en el suelo apagada y mustia, y todo el Internet que quiera, por cable y sin censura. En mi mismo piso, hay unas cuantas lavadoras de las que me fío de dos, y una fila de secadoras que en la primera semana confundí con lavadoras.

Nevera (detalle) con pegatinas monas, noguerazo y tarjeta de telesushi.

Te elijo a ti, lavadora más pequeña y con menos botones.

Otros lujos son las cintas de correr y la bici estática en que me machaco todos los días en el primer piso(ya he dicho a qué planta equivale, ya está bien), y los bidones de agua mineral para los dispensadores. Aquí, el agua del grifo es puro heavy metal.

Al fondo, las máquinas.

En el quinto, o sea en el cuarto, tenemos una cocina compartida, y ya estoy pensando en las cacerolas y sartenes que voy a comprarme con mi primer sueldo. Echo de menos hacerme mis propias sopas y salteados asquerosamente sanos e inocuos libres de glutamato monosódico, aunque aquí, la verdad, la comida es muy barata, sabrosa y variada, ya hablaremos de eso. Puedo comprar comida en la calle y también me han dado una tarjeta que puedo usar en cualquier comedor  y en las tiendas de suministros del campus. La universidad pone el dinero equivalente a una comida al día. Y yo se lo agradezco, en serio. Me gustan los brotes de soja, los muslitos de pato, el arroz, el tomate con huevo, la berenjena al estilo Yuxiang. Lo que no me gusta es comerlos todos los días. Y me voy a pasar aquí el tiempo suficiente como para no querer aborrecer la comida china tan pronto.

Aunque aquí también tengo el equivalente a un abuelo preocupado. Sí, esos que te presionan y te echan dos cazos de sopa porque sí. Mi director Ignacio Chen  me ha recomendado hoy amable pero tajante que me acostumbre a almorzar en el comedor a la hora convenida porque es gratis y cortesía de la universidad, todo muy sonriente y muy ceremonioso. No he sabido cómo responder a ese venerable académico que para mí, las once de la mañana son horas de tomar, como mucho, un café.

Pero usos y costumbres deben ser contados en otra ocasión. De momento, ayer me encontré con un cuarto lleno de trastos pertenecientes a antiguos profesores, a disposición de quien los encontrara.

Nunca pensé que me haría tanta ilusión una plancha. Quizá porque no se puede confundir con ninguna otra cosa.