Beijing me mata (II)

A Pekín le perdono todos sus defectos. Le perdono el bochorno, el traficazo, ese deporte nacional que es el sablazo al laowai, el acento y hasta su desprecio por las monedas en favor de los billetes.

Ya se han clausurado las jornadas. Me llevo un diploma, un par de amigos, un buen recuerdo, muchas risas, dos manuales y dos resacas monumentales de cerveza. Aprovecho el fin de semana para ver a más amigos que, cómo no, se empeñan en quedar en el Heaven, el garito de moda de la tarde y noche pekinesa; un antrazo con paredes forradas en madera y en donde puedes comprar el alcohol por botellas, bolsas de hielo y vasos de plástico. Es como volver a la adolescencia pero con mesas y más burradas cuando juegas al yo nunca he.

En algún momento del sábado, antes de conocer al hombre detrás de ZaiChina, aunque no nos acordemos ninguno, me tomo un par de mojitos baratos con Oriol, de Chinalati (haciendo negocios). Estamos apurándolo, junto al puesto que los sirve ahí en medio de Sanlitun, cuando veo (!) una cara conocida. Coño, Peter. Y Fadel. Y Besjian. Un americano, un marroquí y un albanés. Parece un chiste pero es la realidad y son las tres personas con las que cené la primera vez que pisé la ciudad, hace casi cuatro años.

Al día siguiente, Oriol me acompaña a agujerearme el cartílago de la oreja derecha. Es mi recuerdo de una ciudad que llevo hincada en el corazón. Decido quedarme un día más. Paseamos por Wudaokou, la zona universitaria. Por alguna razón, en Pekín la gente lleva más piercings y tatuajes que en Shanghai. Son del norte, dicen mis alumnos cuando se lo comento, unos días después.

No he pisado un monumento, pero he vivido, como siempre que voy, una ciudad distinta de la que conocía. Y creo que aún tengo que volver un par de veces.

Beijing me mata (I)

Día 1

Cuando, después de hora y pico de metro en Shanghai (hora valle), cinco horas en un vagón de tren corrigiendo exámenes y cincuenta minutos de metro pekinés con tres cambios de línea y mucha gente, emerjo de la salida B de la estación de Liangmaqiao, respiro al fin ese aire seco, caliente, agobiado de polución. Hay un tío vendiendo sushi que mantiene en una nevera de porexpán. Una rickshaw espera a ver si alguien quiere ahorrarse el taxi a cuenta de un regateo. Baratijas en un mercadillo improvisado. Torres y más torres. Estoy en el lugar correcto.

Antonio llega a los cinco minutos. Nos arreamos un abrazo. Le conozco desde hace como cinco años, empezamos a estudiar chino a la vez y le veo siempre de Pascuas a Ramos porque, como a mí, China le picó pronto y nunca sabes si vuelve, si viene,  si visita o si se va a quedar alguna vez aquí o allí. La vez que más tiempo le he visto seguido fue cuando compartimos un vuelo Madrid-Pekín de doce horas que sólo era su primera parada antes de llegar a la fría Harbin, donde se pasó un año helándose el culo mientras se sacaba un nivel de chino que me hace tenerle mucho asco y mucha envidia. Ahora vuelve a estar en la capital y me invita a cenar brochetas de corazón de pollo regadas con cerveza. Mola.

Me quedo en su casa estos días: voy a unas jornadas de profesores de español (luego me enteraré de que son las sextas y que aquí todo el mundo se conoce) y, de paso, me reconcilio un poco con la ciudad, que, como Shanghai, tiene esos momentos y días en que lo mandarías todo a freír viento. Pero a pesar de todo, Pekín es como un viejo amigo: cuando ya le conoces, le perdonas todos sus defectos. Y para cuatro días, no voy a quejarme. Ni del aire.

Día 2.

Me despierto y no veo el sol aunque hace rato que ha amanecido. Parece que va a llover.  De camino, puestos de crepes grasientas y leche de soja con una pinta increíble. Me gustan las ciudades chinas porque todos los días parece una verbena. Me meto en un autobús atestado que me lleva a un metro aún más atestado. Ratifico mi teoría: aquí hay menos escaleras mecánicas. Llego a la Beijing Daxue después de dos cambios de metro y dos amables voluntarias que hablan español me acompañan al edificio de las jornadas. Todo es enorme, todo es gris, hace un calor del copón y no son ni las ocho y media.

Busco la hoja de firmas y la cuerdecita con la acreditación y avanzo en medio de un pasillo que parece un primer día de clase en el que tres cuartos de la gente ya se conocía antes del instituto: todos se saludan, todos se conocen. Qué tal, Mengano, te acuerdas de Hong Kong. Dónde estabas, Fulano, Suzhou o Hangzhou. Ratifico otra teoría: las profesoras de ELE se parecen casi todas entre sí. Una especie de rasgo común. No sé qué es. Me preocupa. Me repinto los labios. Será el pelo.

Las charlas no están mal. La gente habla de cómo da sus clases y yo soy muy impresionable, así que (casi) todo me parece bien. Nos dan café de sobre y pastitas. Las primeras horas apenas sé ni situar en el mapa las ciudades de China cuando hablamos de dónde damos clase, qué asignaturas tenemos y demás. Me recuerda a algunas conversaciones en Shanghai, esas en las que nunca sabes qué más decir cuando ya te has intercambiado la información básica de y-tú-de-quién-eres.

Luego aparece el gremio comiquero y todo mejora un poco. El próximo curso explicaré en clase el refrán de Dios los cría y ellos se juntan. Llega la última charla y nos vamos a un bar con futbolín y cerveza a diez yuanes la jarra. Compruebo que Pekín sigue siendo más barato que Shanghai.

Y nada, que cerramos el bar.