Entonces me quedé sin nada que decir

Lago 洱海, Yunnan. Enero de 2014.

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Entonces me di cuenta de que no había salido de Shanghai en cinco meses, que era la primera vez que hablaba  en chino tanto tiempo seguido y que llevaba mucho tiempo sin ver tan azul el cielo. Mi amiga shanghainesa y yo nos habíamos ido casi dos semanas a hacer el mochilero aficionado a un par de ciudades con encanto de Yunnan, y sólo usábamos el español cuando me apetecía enseñarle palabrotas.

Pensé, allí plantada delante del lago, que me aburriría vivir en Dali, entre sombreros de imitación a la minoría Bai, cantantes callejeros de pop sentido y chicloso y tiendas de recuerdos clónicos en cada esquina, pero que había buen café y ese aire de no tener prisa de mis ciudades gallegas favoritas, el sol se ponía más tarde y además, qué coño, aquello era bonito; y mientras, todos sacábamos fotos y ellas se sacaban fotos a sí mismas con el paisaje de fondo y fotos y más fotos y entonces me alejé del grupo de nuevos amigos que habíamos conocido la noche anterior, me tumbé sobre el embarcadero y dejé que me bañara el sol, aspiré el olor de la madera y eché de menos porque siempre está bien echar de menos aunque sepas que no es cierto, y me levanté después de no sé cuánto tiempo manchada de polvo, un nudo en la garganta y con las mejillas quemadas del sol. Y Sol, mi amiga Sol, o 阿怪 como le gusta que le digan, aún estaba allí, también alejada del grupo, con los cascos puestos y la mirada lejana, y después, ya de vuelta, no hablamos una palabra en todo el camino. Para qué.

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…y la toponimia metafórica (y III)

Orquídea, Pabellón, Loto, Brillante, Viento, Belleza, Eternidad, Este, Oeste, Floreciente, Luz, Pureza. Todos los mapas de todas las ciudades chinas parecen componer sus lugares típicos de las mismas palabras y expresiones repetidas ad infitinum. 

Hace una mañana fría que nos hiela las puntas de los dedos y los principios de las palabras. Llevamos dos horas caminando entre bosque, nos desviamos del camino y vamos a dar a un recodo sin nombre.

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La chica sentada frente al agua no se vuelve cuando hacemos crujir con nuestros pasos las tablas del embarcadero. Mira al horizonte, quieta. No valen metáforas ni imágenes ni comparaciones. Nos quedamos calladas.

Soy la primera en sentarme en la bancada, húmeda aún de lluvia. Apenas oigo a Elena, detrás de mí, o a mi lado, no lo sé, solamente tengo delante un enorme espejo de agua quieta. No es hermoso. Es gris. Es frío como el metal de un anzuelo. No sé cuánto tiempo pasa. Me incorporo, más aterida si cabe, y no sé si me he aclarado o he complicado más todo lo que hay en mi cabeza y que también está erizado de aparejos punzantes, pero me da igual porque ya es hora de irse.

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Cómo se llamará este sitio, pregunta Elena, cuando reemprendemos la vuelta al sendero.

La chica sigue ahí, sentada, sin moverse.

Yo qué sé, digo. Qué más da. Aquí, a este momento, no vamos a volver.