Tipología del laowai

El experto. También conocido como “el cuñao” o el cantamañanas de tipo I. Lo sabe todo de China y de Asia en general, ya lleve aquí dos semanas o dos años, gracias a sus viajes y a su inmensa colección de chascarrillos. Cisne entre patos durante mucho tiempo en su país de origen, no se da cuenta de que la mayor parte de las veces acaba haciendo el ganso. No tiene ningún reparo en indicarte cómo se cogen los palillos o lo que son los pasteles de luna. Sus frases favoritas son “los chinos + sentencia genérica”, aunque sólo se relacione con los taxistas cuando les tiende la dirección del sitio que lleva en caracteres en su smartphone.

El todomal. También conocido como “el quejica” o cantamañanas de tipo II. No soporta la ciudad en la que vive y todo le parece mal, menos el espresso o el gintonic que se toma después del trabajo. Se queja de la contaminación, de la basura en las calles, de la cantidad de gente y de los chinos en general. Trabaja normalmente en alguna empresa extranjera, compra por Internet o en los supermercados internacionales y no soporta que las patatas sean más dulces que en su país de origen porque “así no hay quien haga una buena tortilla” (sic). Suele cobrar un sueldo astronómico e irse de brunch casi todas las semanas mientras se lamenta de que aquí la comida no sepa igual y que como en su país, en ningún lado.

El Asiasmus. Suele ser la primera o la segunda vez que salen al extranjero. Viene a hacer un año de intercambio o de prácticas y pronto descubre lo árido que es el chino, lo baratos que son los taxis y lo adictivo que es el alcohol infame pero económico en los bares de estudiantes. Sus días se dividen entre las noches sin fin y las resacas interminables. Al Asiasmus le gusta China, al menos, de lo que se acuerda.

El chino-friendly. También conocido como el currante. Sabía a lo que se metía. Ha venido aquí a trabajar o a estudiar y ya se conoce un poco el país y  la cultura. Intenta de forma intermitente ponerse “a tope con el chino”, con diferentes grados de éxito, y de vez en cuando entra a los karaokes o come con los chinos de su empresa/escuela, que le intentan emborrachar a base de brindis.

El huevo. Vino aquí a probar todos los tipos de té y a hacer caligrafía en un parque. Dedica su tiempo a estudiar para algún HSK, a quedar con chinos para practicar y a petarlo en los karaokes. Suele tener poco tiempo libre porque no considera que salir con otros extranjeros sea útil. Ya se ha hecho un par de camisas Mao a medida y se conoce cuatrocientos chengyu. Tiene cuenta en weibo y sabe cómo usarla.

El recién llegado. También conocido como “el caído del guindo”. Llora de emoción cuando oye su lengua materna en un Carrefour o un bar e intenta hacerse amigo de todo el mundo. Pregunta absolutamente por todo y necesita ir acompañado hasta al baño público. Todo le fascina, todo le parece maravillosamente raro y saca fotos hasta a los chinos que se sacan fotos. Este es un estado transitorio que suele superarse en los primeros meses. O no.

Cualquier expatriado es susceptible de pasar de una a otra de las categorías anteriores o convertirse en una mezcla explosiva de las mismas.

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Beijing me mata (II)

A Pekín le perdono todos sus defectos. Le perdono el bochorno, el traficazo, ese deporte nacional que es el sablazo al laowai, el acento y hasta su desprecio por las monedas en favor de los billetes.

Ya se han clausurado las jornadas. Me llevo un diploma, un par de amigos, un buen recuerdo, muchas risas, dos manuales y dos resacas monumentales de cerveza. Aprovecho el fin de semana para ver a más amigos que, cómo no, se empeñan en quedar en el Heaven, el garito de moda de la tarde y noche pekinesa; un antrazo con paredes forradas en madera y en donde puedes comprar el alcohol por botellas, bolsas de hielo y vasos de plástico. Es como volver a la adolescencia pero con mesas y más burradas cuando juegas al yo nunca he.

En algún momento del sábado, antes de conocer al hombre detrás de ZaiChina, aunque no nos acordemos ninguno, me tomo un par de mojitos baratos con Oriol, de Chinalati (haciendo negocios). Estamos apurándolo, junto al puesto que los sirve ahí en medio de Sanlitun, cuando veo (!) una cara conocida. Coño, Peter. Y Fadel. Y Besjian. Un americano, un marroquí y un albanés. Parece un chiste pero es la realidad y son las tres personas con las que cené la primera vez que pisé la ciudad, hace casi cuatro años.

Al día siguiente, Oriol me acompaña a agujerearme el cartílago de la oreja derecha. Es mi recuerdo de una ciudad que llevo hincada en el corazón. Decido quedarme un día más. Paseamos por Wudaokou, la zona universitaria. Por alguna razón, en Pekín la gente lleva más piercings y tatuajes que en Shanghai. Son del norte, dicen mis alumnos cuando se lo comento, unos días después.

No he pisado un monumento, pero he vivido, como siempre que voy, una ciudad distinta de la que conocía. Y creo que aún tengo que volver un par de veces.

Hey, hola, soy extranjera, qué pasa

Yo fui una gótica adolescente y sé lo que es que te miren por la calle. De hecho, es lo menos que puede ocurrirte cuando pasas más de dos horas pintándote arabescos en los ojos. Y no te pasas al lado oscuro si no lo sabes, lo aceptas y hasta lo disfrutas cuando, en la cola de un concierto, la gente se para frente esa caterva de damas difuntas, espantapájaros electrocutados y morcones del infierno y se pregunta de qué agujero habrán salido. De toda la vida, la gente se para a mirar lo que no ve habitualmente, lo que le resulta extraño o diferente, ya sea una sombrilla, un tocado o una cresta. Que se persignen ya es otra historia.

Shanghai es una ciudad grande y cosmopolita. El metro en las zonas centrales, los lugares turísticos y la Concesión Francesa están plagados de extranjeros.

Pero si entro a una peluquería de mi barrio, se va a armar el revuelo padre. Si estoy esperando al autobús y pasa alguno, probablemente alguien se asome desde una ventanilla y se me quede mirando hasta que el conductor doble la esquina. Desde los puestos callejeros, van a llamar mi atención con un hallo! porque suponen, los pobres, que todos los extranjeros hablamos inglés. En los restaurantes, señalan torpemente las fotos, si las hay, e intentan decir en inglés el ingrediente principal, antes de cortocircuitarse cuando les pido, vacilante, un plato de la carta que he leído en puros caracteres.

En la universidad donde doy clase ocurre más o menos lo mismo. Mis alumnos ya me tienen más vista que el tebeo, pero el primer día que entré en clase, me miraban como si acabara de aterrizar desde Marte. Y todavía, cuando paseo por el campus, veo cómo los universitarios se dan codazos y me siguen con la mirada, como si no se creyeran lo que les acaba de pasar al lado. Tanto ellos como ellas, y más las segundas que los primeros. Porque ellas, en grupos y en parejas con las que caminar del brazo, son mucho menos tímidas, más zalameras y mucho más espontáneas.

Lo gracioso es que aunque siga hablando mandarín como una afásica hay cosas que sí entiendo, y me río por dentro cuando les pillo un piropo, un comentario o una elucubración sobre mi país de origen sin que ellos lo sepan. Sé que no es maldad sino una especie de admirada curiosidad por los que venimos de fuera. Que aquí lo diferente no es la ropa o el peinado sino el rostro, el pelo, los ojos, esos ojos que algunas chicas redondean a fuerza de cosmética porque envidian el párpado occidental.

Eso parece un eye-liner, pero es PEGAMENTO.

Lo malo de esto, que puede resultar divertido, es que no siempre estás de humor para sonreír hasta que te duelen los músculos de la cara, o para decir “xiexie” (“gracias”) o “nali nali” (“qué va, hombre, qué va”). Un día, en el ferry que cruza el Huangpu desde el Bund al malecón de Lujiazui, tres universitarios me pidieron (oh sorpresa, ¿seré ya una estrella?) que me sacara una foto con ellos. Y uno (me río yo de cultura de no contacto) me abrazaba como si se hubiera encontrado un Furby especialmente mono. Y a todo el mundo le parecía completamente normal.  Otra vez, en el autobús, dos chicas me acosaron literalmente porque querían hablar inglés. Y con el yuar sooou biutiful de por medio, parece que no te puedes tirar un pedo ni rascarte el culo sin que haya un grupo de chinos mirándote mientras parecen preguntarse “aaah, así que así es como lo hacen ellos.”

De todo esto, que ya es parte de mi vida diaria, me consuelan dos cosas. Una, que más de una vez  por la espalda me han confundido con china. La otra es que, aunque siempre sea para ellos una curiosa extranjera, este es uno de los sitios donde, a día de hoy, me siento más en casa que en ningún otro lugar del mundo.