Fin del mundo a toda vela (II)

Es el último viernes antes del fin del mundo y lo estamos pasando en medio del monte, en un hostel con encanto. Con encanto de verdad, y eso es difícil en la tierra donde o las cosas son horteras o pijas, sin término medio. Dragones, dorados, brillantes svarovski, neveras en el salón, ya saben de qué hablo. Esto no. Esto es todo madera, luces bajas y rusticismo medido al milímetro. Justo al lado del complejo destinado a jóvenes mochileros hay un hotelito para recién casados, un apartamento que parece haber diseñado el tataranieto de Gaudí un día que se lió a romper tazas y un perfil orgulloso de bergantín pirata.

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Antes de salir  rumbo gintonic, irrumpen alegremente tres jovenzuelos con toda la pinta de ser los últimos elegidos para equipos en una clase de gimnasia. Dos chicos y una chica. Ella nos mira. Parpadea. Sonríe. Se dirige a nosotras con un acento entrenado probablemente en todos los English corner de su ciudad. Lo mismo es de la mía, vete tú a saber.

-So, where do you girls come from?
Elena y yo ya no nos miramos. No lo necesitamos. Ya estamos curtidas en esto.

-Xibanya, decimos al unísono con la misma sonrisa encantadora, y nos escabullimos por el espacio que han dejado todas sus pretensiones de practicar inglés con extranjeros. Pareceremos tontas con nuestro acento infame y nuestra gramática balbuciente, pero nos da igual:  nosotras también queremos practicar chino. Y para eso, el único camino posible es negar que hablas la que parece una maldita koiné.
This is for you, nos dice, ya en el bar pirata, el músico lampiño al que ya hemos bautizado automáticamente como Nacho Vegas solamente porque nadie puede entendernos ni oírnos, y susurrando para el cuello de su forro polar (no vaya a ser que coja frío), se arranca con Hotel California. No se bajan del burro: de la misma forma que para un dueño de bar Manolo un chino es un chino sea de Vietnam, Corea o Mongolia Interior, nosotras nacimos con acento del Mississipi y punto. Pero le agradecemos el regalo con una sonrisa y ladeamos la cabeza para escuchar mejor.

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Bebiendo té.

 

Somos las únicas occidentales en todo el café, pero no arrancamos más miradas que de curiosidad. Se disculpan en inglés cuando nos rozan con la silla y esbozamos un “no pasa nada hombre” en mandarín. Bebemos cerveza y gintonics en vasitos de muñecas mientras a nuestro alrededor revolotean chicos y chicas ataviados con gorros de Santa Claus que celebran una fiesta con pruebas y regalos. Alborozo general cuando a una de las féminas le toca, ohdiosmío, dar un beso en la mejilla al colega de al lado.

Uno de los amigos del músico, después de pasar cuarenta sillas por delante de nosotras, termina invitándose a una ronda, por las molestias. Es animador, qué gracia, animación se dice dong hua, dong de movimiento y hua de pintar, claro, qué lógicos, maldita sea… Todos quieren hablar con nosotras, todo sonrisas y cortesía. Escriben sus nombres en servilletas y postales gratuitas. Nos intercambiamos los teléfonos, ya por costumbre que porque realmente vayamos a usarlos alguna vez, casi me da vergüenza sacar el mío, un walkie talkie que compré en Beijing hace dos años por necesidad y que requiere que pulse las teclas con más fuerza que si tocara, también, una guitarra testaruda.

A la novia de uno de ellos, cabecita ladeada, todo mohínes, no parece hacerle mucha gracia todo el tinglado y les arrastra de allí con esa fuerza infantil que sólo saben sacar algunas mujeres adultas.

Ya solas, Elena y yo hablamos hasta que nos cierran el barco. Hablamos de lo seguras que nos sentimos aun yendo solas por ahí, de noche. Hablamos de lo jodido que es vivir en una parte del país al que no se le permite la calefacción central. Hablamos de la gente tan distinta que se conoce viajando. Hablamos de la naturalidad y la camaradería que reinan en estos reductos de jóvenes, curiosos y cultos y hasta atrevidos cuando se ven con confianza, y hablamos de que nos gusta estar ahí, lo que nos gusta haber roto la rutina con nuestras respectivas ciudades y haber venido hasta aquí a beber cerveza y gintonics, y a hacer a fin de cuentas lo mismo que todos esos chavales que juegan a los besos y ríen y aplauden los platos de fruta decorada y hablan con excitación de la belleza del lago del Oeste:  disfrutar de la vida. Nada más. Y nada menos.

Las escapadas (I)

“Deberías ir a Hangzhou. Es muy bonita. Tiene un lago”

Una vez llegas, es muy fácil dejarse engullir por la rutina de una gran ciudad. Especialmente, por la rutina de esta gran ciudad. Pero cuando te asientas y miras un poco alrededor, ves (aparte de las millones de cosas que hay que ver, claro), primero, que, como en Madrid o Barcelona, muy pocos (muy orgullosos, eso sí) son realmente de aquí; y también, que se puede viajar a cualquier parte del país con dos duros y un paquete de fideos envasados.

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la estación de Shanghai Sur.

Shanghai, aparte de incitar al vicio, a la perversión, a las compras compulsivas y al uso de artículos kawaii,  cuenta con nada menos que tres estaciones de tren, dos aeropuertos y de autobuses mejor no preguntar porque con los interurbanos ya tengo suficiente para el resto de mi vida. Y es tan fácil como ir a la estación dos días antes, sin prisas ni agobios (aquí como vayas con prisas o agobios estás perdido) y, si el mandarín no da para tanto, elegir el mostrador english-friendly con la señorita que te asusta farfullando un “no seat” cuando lo que quiere realmente decir es que tu tren no tiene asientos numerados….

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estaba el tren rápido, el normal y el roñoso.

No voy a viajar sola. Viajar solo es un rollo. Menos mal que Elena, que estudia en Nanjing, que fue anfitriona mía allí y se dejó acoger por mí en Shanghai, piensa lo mismo. Para esta escapada conjunta lejos del traficazo y el ruido, elegimos una ciudad cualquiera, cercana y con un nombre que nos suena tan parecido a los de las otras ciudades y provincias como a un chino le sonarían Cataluña y Calatayud.

Creo que es la segunda o la tercera vez que oigo hablar de esa ciudad (más o menos las mismas que mis alumnos las provincias españolas) pero según dicen, es muy bonita y además, tiene un lago.

El tren lento, con sus asientos cubiertos de tapicería de colchón, tarda dos traqueteantes horas. No es mucho, si tenemos en cuenta que ha costado 29 yuanes…

Llueve en Hangzhou cuando al fin el tren se para. Al ritmo del “fapiao fapiao” de los revendedores de billetes, busco un YonHe King (una especie de McDonald’s especializado en leche de soja y porras, sí, porras) con wi-fi desde el que esperar con un té caliente a Elena, que  me ha llamado hace poco para decirme que llega con retraso. Ha sido una suerte conocerla. Ambas somos capaces (ella más que yo) de regatear por un souvenir, de mentarle a la madre a algún pesado o de chapurrear un poco sobre el fútbol, los toros o lo mal que está la cosa en España. No tengo que esperar mucho hasta que los veo aparecer, a ella y a su mochila. Nos pegamos un abrazo ante la sorpresa del grupo de universitarios que merendaba en ese momento y nos soltamos a cotorrear como si nos hubieran dado cuerda.

Protegidas bajo mi paraguas transparente comprado en un “todo a diez yuanes”, nos hacemos con un mapa, preguntamos aquí y allá y damos con el autobús correcto. Son las ocho de la tarde cuando llegamos al hostel, dejamos las cosas en la habitación mixta con ocho literas y nos vamos a por unas cervezas.

El fin de semana no ha hecho más que empezar.

Un auténtico final feliz

Es sábado. Envío un mensaje a una alumna. Un favor. Es urgente. Me arregla una cita con otra de mis chicas para el domingo a mediodía. Ella sabe. Finalmente, aparecen dos de ellas, Laura y Sonia, cogiditas de la mano, delicadísimas, preciosas a la luz de un mediodía que te hace olvidar lo mucho y lo fuerte que llueve aquí. Salimos de la universidad rumbo a MinYaoLu, la calle de los vicios (restaurantes, bares, venta ambulante de lamparitas zoomorfas). Hablan poco. “Soy VIP de ese sitio”, dice Laura. Sonia no dice nada, mira al suelo, como si estuviéramos en clase.

Tengo que confesar que no las tengo todas conmigo.

Franqueamos un arco de rosas. Joder. De todos los sitios posibles, han elegido el del arco de rosas. Nos recibe un ejército de azafatas embutidas en faldas rojas y encaramadas a tacones de andar raro que nos miran de arriba abajo cuando llegamos. Qué coño. Me miran a mí. A la extranjera. Laura, diccionario electrónico en mano, entona: “lifaaa”.

Paredes acolchadas de blanco satén. Música chiclosa con algún hit en inglés ratonero. Por aquí, por aquí. Me tumban en un diván de falso cuero repujado. Oigo por todas partes qué guapa, qué guapa, de dónde es. No, Laura, no traduzcas, que llevo un mes oyendo esto.

La fiesta empieza después, cuando me sientan. Llega él. Altísimo. Unas caderas que podría rodear con el pulgar y el índice. Un tupé de dos pisos que parece ingrávido. Es el jefe, dice Laura mientras juguetea con otro de los chicos, que lleva el mismo uniforme pero que podría ser el llavero del jefe. Por cierto, qué manos. Qué dulzura. Qué encanto. En pleno proceso, una azafata me dedica una mirada de soslayo bajo sus pestañas postizas. Me acercan un vaso de agua decorado de animales adorables, con pajita y todo.

Tres cuartos de hora después, no puedo parar de sonreír.

Acabo de encontrar a mi peluquero.

Mis palillos y mi bowl cut os deseamos buenas noches.