Merry Language

Yo pensaba que dejando el piano y el coro me iba a librar de las actuaciones navideñas, pero resulta que me estaban esperando aquí. Y es que no sé muy bien dónde está la conexión exactamente, pero el caso es que mi universidad, más que con la rancia facultad a la que estaba acostumbrada, tiene bastante más en común con un arquetípico highschool norteamericano. Para bien o para mal.

Me explico.

Hay que decir es que aquí el sentido del ridículo y de la vergüenza ajena es algo completamente relativo. Por ejemplo, mis alumnos tiemblan literalmente cuando tienen que hablar  delante de sus propios compañeros, a los que llevan viendo las caras desde primero de facultad; y cuando alguno comete un error o, por algún motivo, tiene que distinguirse del resto de la clase, le acompaña un coro de risitas nerviosas.

Sin embargo, nada les impide tomar parte, desde esos primeros tiernos años de la formación universitaria, en un gigantesco talent show bautizado como Merry Language y en el que se involucran alumnos y profesores de todas las facultades de idiomas. Todos, y cuando digo todos digo todos, bailan, cantan, actúan o brincan con todo tipo de atavíos según el espectáculo que quieran elegir y sin ningún tipo de pudor o miedo escénico delante de todo el mundo y en el salón de actos de la universidad. Obras de teatro subtituladas en chino. Pantomimas. Coreografías sexys. Canciones de salsa. Lo que sea.

Y, por ejemplo, ese estudiante de japonés al que en un país cruel como el nuestro hubiéramos bautizado inmediatamente como “el Puerros”, blande contento las verduras en una danza frenética sacada de una serie de animación que todos conocen y todos jalean.

En la universidad de la que vengo, un catedrático enrollado que se sube a un escenario a cantar una canción el día del patrón de los alumnos es automáticamente despojado de toda autoridad al grito de “decano rock decano rock”. Per saecula saeculorum. Aquí, en Merry Language, sería la guinda del pastel. Aquí no cabe la vergüenza o al menos no se demuestra. Es esta cultura amante del karaoke a puerta cerrada, pero amante del karaoke, a fin de cuentas, y no de los himnos de borrachera a a altas horas de la madrugada delante de todo un bar.

Es curioso el contraste. Y, para provenir de una universidad, será naïf, o lo que se quiera decir, pero me parece, también, mucho más divertido. Y mucho más valiente.

No sé si lo he dicho pero nosotros escenificamos una canción de Mecano. Y yo hago de Luna.

Pero sólo porque nadie conocido puede venir a verme.

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Al rico pastel de luna o el Festival de Medio Otoño

Dicen que Chang’E fue una bellísima ninfa que decidió quedarse en la Tierra, como humana, cuando conoció a HouYi. Dicen que alguien que les quería mal entró en su casa a la fuerza. Que obligó a Chang’E a tomar, contra su voluntad, la pócima que la haría inmortal y que guardaban en casa, quizá para tomarla junto al hombre que eligió.
Chang’E se escapó de entre los dedos de Hou Yi como una cometa un día de viento. Y en el frío palacio donde vive  sola en la Luna, mira la Tierra, y llora. Dicen que en la primera luna llena del otoño se pueden apreciar las manchas húmedas del llanto de la ninfa.

Esta noche, la gente come yue bing 月饼, “pasteles de luna”. Están rellenos de soja roja dulce, o de sésamo, o de frutos secos, de huevo o de fruta escarchada, según provincia, tradición o gustos. Los hay hasta de carne, como nuestras empanadillas. Están en todas partes semanas antes de la fiesta, y se venden por unidades, al peso o en cajas decoradas.

Y nosotros dejándoles polvorones rancios a los Reyes Magos.

Y alguna conocida marca de helados ha comercializado unos de chocolate que de pastel de luna sólo conservan la forma y el propósito: servir como regalo a los amigos y celebrar.
Celebramos la primera luna del otoño como lo pudo hacer quizá, en tiempo remoto y muerto de añoranza, Hou Yi. Celebramos de la forma en que demostramos echar de menos a alguien:  preparando comida de más.

Me apostaría algo a que a Chang’E, en su palacio en la Luna, le pasó exactamente lo mismo.

中秋快乐!