Todo es muy raro

He vuelto a Madrid y todo me parece a la vez extraño y a la vez amigo. Llegando a París desde Shanghai me sorprendió que a las ocho de la tarde aún hubiera luz. Ahora aquí, a saber por qué, me fijo más en las narices de la gente. Los vagones del metro me parecen más estrechos y gasto bastante más dinero del que tengo.

Ya he abrazado a un puñado de amigos, me he pasado una semana y media celebrando y dos tardes enteras tendida en mi cama sin hacer absolutamente nada de provecho. Ahora, después de un par de semanas, sigo sin poder dormir por las noches.

La gente dice que me ve distinta y todos bromean con lo de haberme vuelto china aunque lo de llevar sombrilla ya lo hacía antes de irme. Como demasiadas veces se me cae la casa encima, paso más tiempo en las ajenas, y me sigue gustando que esta ciudad albergue casi un bar por habitante.

No tengo que hacer ningún examen, pero siento que dejo miles de cosas a medias. No estoy ni aquí ni allí. Me encuentro extrañando las luces, los ruidos, los olores y esa lengua que empezaba a comprender, y a menudo me sorprendo preguntándome si ya vuelvo mañana con el primer vuelo aunque me dejen, como en el de vuelta a Madrid, seis horas dentro del avión antes de despegar. 

Imagino que se me pasará. Que si todo va como espero, tengo poco más de un mes para atesorar imágenes que después me servirán cuando caiga la noche y me pille a solas en ese Shanghai que ya es un poco mío, o un poco demasiado. Mientras, sólo me queda esperar la carta. Y de paso, disfrutar un poco. Que tampoco está mal.

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Mi extraña afición a las montañas rusas

Tendría muchas otras cosas que contar sobre cómo es la vida aquí o sobre qué he hecho últimamente, pero no estoy de humor. No estoy de humor porque lo que realmente me gustaría hacer este martes por la mañana en que libro no es sentarme ante el ordenador sino quedarme tranquilamente en la cama ronroneando con mi pareja hasta que a uno de los dos se le ocurra levantarse a hacer el desayuno. Pero él no está. Está, claro, pero en España, a seis horas por detrás en el huso horario.

Bienvenidos al maravilloso mundo de las relaciones a distancia.

He estado sin pareja durante un tiempo, más tiempo del que las lenguas viperinas consideran decente, sin que me importara una mierda y con mis subidas y bajadas emocionales. Pero el año pasado, pocos meses antes de irme un curso entero, quizá dos, o tres, o los que fueran, a la China, se me ocurrió eso que dicen echarse novio. Llámenlo como les dé la gana, yo también puedo ser cínica cuando quiero y nuestra generación parece que vive en un “meh” constante en lo que se refiere a al amor. Nos hemos liberado de tantos términos considerados anticuados que cualquier palabra que no se refiera al hedonismo más salvaje nos hace enrojecer y negarla rápidamente como niños de colegio. Y me incluyo, eh.

Se nos ocurrió no dejarlo antes de que yo me fuera, ver qué pasaba, aunque sólo fuera para darle a él la oportunidad de hacer turismo (ven, yo también soy una cínica). Se nos ocurrió vivir durante unos meses en esa especie de realidad alternativa que es la de estar hipercomunicado sin estar, sin verse, sin olerse, sin tocarse, sin sentirse de verdad. La realidad de los mensajes cruzados, canciones y fotografías por cualquiera de las redes sociales a las que estamos enganchados. Sin poder llamar justo cuando quieres hablar de verdad, y ahora espera un rato, tengo lío ahora, luego te llamo, me voy a dormir, luego no estoy, ahora el sonido no va, esto es un rollo. Y sabes que no puedes exigir nada, pero el vacío en la Red es un recordatorio constante, como una herida que no termina de cerrarse, y duele. Joder que si duele.

Resulta que, afortunadamente, gracias a algunos ahorros y a las ventajas del freelancismo, ha podido venirse aquí conmigo el tiempo de un visado de turista. Hemos tenido suerte: no todo el mundo puede hacer eso. Conozco, y conocerán, casos peores, y todavía tendremos que dar gracias a que Skype haya democratizado los tequieros a miles de kilómetros de distancia.

Hemos estado tres meses conviviendo en un espacio pequeño, con China bullendo fuera y sin posibilidad para él de escaparse en caso de que quisiéramos matarnos de repente. Todo esto, que parecía un suicidio, ha terminado resultando mejor de lo que esperábamos. Y eso también es una putada. Porque yo vuelvo en julio a España. Pero a lo mejor, si todo va bien, me quedo otro año más aquí. Es decisión mía, dirán. Haberlo dejado, dirán. Haberte ido a Portugal, dirán.

Claro que es decisión mía. Pero porque si me vuelvo a España, seguramente me esperen unos meses, o unos años, de vivir con mis padres, otra vez. De buscar trabajo, seguramente sin éxito. De arreglar el mundo en un bar con una caña en la mano mientras los amigos van emigrando y todo se derrumba a nuestro alrededor con la parsimonia de las ciudades viejas. Y eso tampoco es vida.

Y duele pensar que volver a España por más tiempo de un mes es el último de mis deseos ahora mismo. Duele porque eso supone dejar atrás muchas cosas o plantearse otras. No todo el mundo tiene el dinero para traerse a los que quiere al otro lado del mundo y yo no soy una empresaria, ni una gestora cultural de éxito, ni nada por el estilo. Solamente soy una recién graduada que quiere buscarse las castañas en el extranjero antes de pudrirse en casa de sus padres durante los mejores años de su vida.

Es curioso cómo han cambiado las cosas. Antes, lo que aprendíamos a través de las películas que acababa con una pareja eran las rutinas, el aburrimiento, cada uno leyendo en su lado de la cama. Aquí, las rutinas consisten en el trozo de pared que se ve a través de una webcam.

Lo peor es la incertidumbre. No saber qué va a pasar en los próximos meses con mi vida en general, ni la laboral (porque encontrar trabajo aquí tampoco es fácil) ni la sentimental. No poder hacer planes de ningún tipo más que a corto, cortísimo plazo.

Mientras cruzo los dedos para que el menor de nuestros problemas sigan siendo las conexiones de Skype, pienso que ya veremos, que ya pensaremos en algo, que ya sobreviviremos. Hasta julio, mientras, tendremos que seguir despertándonos solos.

Vacíos

Aquí estoy, un viernes cualquiera de los de quedarse en casa, portátil en el regazo, sobre la funda nórdica que compré con uno de mis primeros (y escurridos) sueldos de mi flamante vida adulta, a miles de kilómetros de distancia del lugar que me vio nacer, crecer hasta  odiarlo y querer alejarme de él, primero hacia Madrid, hasta que lo de querer perderlo de vista se me fue un poco de las manos.

 

A todos los que conocí anoche en aquel sitio les dije que llevo seis meses en Shanghai, pero he perdido  la cuenta del tiempo y ya tengo que calcular con los dedos el tiempo que ha pasado desde que llegué, entre devastada e ilusionada, a la ciudad que había dibujado una y mil veces en mi cabeza, una y otra vez.

 

Me gusta vivir aquí por muchas razones que siempre cuento a quien me quiera escuchar. O más bien escribo. Escribo mucho, y miro, a través de la ventanita de las redes sociales, qué hacen los que más me importan. Me cruzo mensajes breves, qué has hecho hoy, qué andas leyendo, qué película viste el otro día, por dónde salisteis el finde, esas cosas que dan la ilusión momentánea de que todavía estoy un poco allí, en la red de contactos inmediatos.

Pero no lo estoy. Y echo de menos estar. Echo de menos ese componente de celebración, de día especial, que tenía ir a comer sushi. Echo de menos las callecitas estrechas detrás de Gran Vía. Echo de menos no tener preocupaciones más allá de estudiar, hacer trabajos y cagarme en la puta madre del sistema educativo sin que eso cambie un ápice mi vida ni mis comodidades. Echo de menos encontrarme a conocidos por la calle, por los bares, en eventos varios, en el metro o en la parada del autobús. Echo de menos conocer los nombres de todos los sitios donde ir el fin de semana o alguna tarde de lunes. Echo de menos refugiarme del frío en un bar cualquiera y pedir un café en vaso que me caliente las manos antes de entrar al teatro. Echo de menos quedar con alguien con sólo diez minutos de antelación. Echo de menos no poder hablar de otras mil cosas con los que me envío mails de trabajos, encargos o consultas. Echo de menos a mi padre porque sólo puedo hablar con él un día a la semana y es el día que peor funciona Internet. Echo de menos a mi madre. A mis amigos. He echado de menos a mi novio todos y cada uno de los días que llevo aquí hasta que ha venido a verme y echo de menos no poder hacer planes ni sobre qué voy a hacer este verano. 

Y a veces me pregunto si merece la pena. 

También pienso que he tardado casi toda mi vida en encontrar cosas que echar de menos. Es doloroso, pero también emocionante, descubrir que se echan cosas de menos. Saber que hay cosas buenas en el lugar que dejas. Esas cosas que estarán esperando cuando regreses.

Staycation suena a Vacachiones

Se me había olvidado que, aparte del placer de rebozarse en las sábanas leyendo lo que me apetece mientras los alumnos están estudiando o haciendo exámenes (entre ellos MIS exámenes), una de las ventajas de ser profe de universidad es que tenemos las mismas vacaciones que ellos. Frente a la triste semana de que gozan oficinistas, barrenderos o trabajadores de guardería, los laoshi tenemos un gigantesco puente Ming que nos lleva nada más y nada menos que del 18 de enero al 25 de febrero.

Si contamos con que las clases se acaban ( para variar, me enteré por los alumnos ) una semana antes, allá por el 10 de enero, y que yo entregué todas las notas en torno a esos días, se puede decir que esto es como volver al verano otra vez pero sin la presión de un nuevo curso.  O que esto es el puto paraíso con edredón, radiador de aceite y muchas películas y cómics.

Y no sólo eso. Además, la ciudad se vacía. Shanghai, que recibe a provincianos gente de todas las provincias durante el año, en esta época se prepara para despedirlos durante lo que es el éxodo más masivo del mundo: toda la gente vuelve a casa para pasar el Año Nuevo Chino en familia y me imagino que para repartir sobres rojos a mansalva.

Vamos, que ahora lo que tenemos aquí es como Madrid en agosto pero sin el calorazo y con todo (tiendas, bares, museos, galerías, cultureo, conciertos, saraos, happy hour) a pleno rendimiento. La palabra clave es “después de vacaciones”. Y mientras en España, con empacho de polvorones y cordero, se enfrentan a la enésima cuesta, aquí todo el mundo se entrega al noble arte de comprar ropa nueva y adornos en forma de serpiente.

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“Pequeños dragones”, dicen los chinos. Culebras que hasta en papel parecen monas.

Y en esas estamos. Con un tráfico que no nos creemos. Con el pronóstico del tiempo entre  las nubes favorables a paseos y las lluvias de febrero que invitan a los museos y, por qué no, a disfrutar de esas tardes de invierno en las que no hay nada que hacer salvo preparar el próximo concierto, los viajes de primavera o la siguiente diablura.

Creo que nos quedamos.

Leila

Cada vez que pienso en Leila, se me dibuja en la mente el vuelo de una falda. Un volante ondeando sobre unos pies calzados en delicados tacones que pisan con esa elegancia, esa clase, que hace que todos se vuelvan a mirarla cuando pasa. La conozco desde hace algunos años, pero cada vez que pienso en ella, vuelvo a esos pasos en la biblioteca, a esa sonrisa que le titila en las comisuras de los labios y a esa melena castaña de princesa de cuento. De reina de las hadas de incógnito en un mundo complicado.

No siempre nos hemos llevado bien. También nosotras, muy semejantes en algunas cosas, hemos tenido que aprender a conocernos. A aceptar que somos afines pero no iguales. Nos ha costado, todavía nos cuesta, a veces, aunque hemos aprendido a arañarnos sin hacernos auténtico daño, porque sabemos que podemos hacérnoslo de verdad y para eso ya está el resto del mundo.

He sido modelo suya, pero antes, y siempre, y siempre, amiga. Por ella me he envuelto en papel de periódico o en hilos de lana roja, he adoptado posturas de araña y de gato, he mordido manzanas envenenadas de tinta y hasta, ay qué pereza y qué sufrimiento, me he tendido desnuda junto a ella.

Porque no sé si lo he dicho pero Leila hace fotos.

Sé lo importante que es para ella lo que hace porque soy la primera que ha visto cómo le tiembla la sonrisa, el pulso y hasta las pestañas cuando tiene una idea encima de las cejas que no le deja pensar en otra cosa que en el encuadre y en el disparo. Sé, y lo supe de la peor manera, lo importantes que son para ella las opiniones de sus amigos, de sus seres queridos. Sé que, Titania en reino humano, cuando dejas de creer en ella se marchita y se apaga. Y no quiero que eso pase porque soy una egoísta que la hice prometer que no volvería a obligarme a pisar un hospital, que no me gusta conocer a su familia en esa clase de ambientes.

Hace un año, le hice una crítica. Una crítica de las mías, de las envenenadas, de las brutales. Esas críticas que invitan a una pelea en el barro. Pero las hadas no pelean en el barro. Me arrepentí por muchas razones como me arrepiento siempre de mis sapos y culebras cuando me sorprende con otra de las suyas y me doy cuenta de lo precioso, y frágil, que es el regalo de tenerla como amiga.

No puedo criticarla. Al menos, ya no por lo que la critiqué un año atrás. Porque, sencillamente, se ha superado. Y se sigue superando. Gracias al afecto de los suyos. Gracias a su empuje, su arranque y su valor. Ha pasado de un mundo de máscaras y muñecas a otro, al de verdad, en el que la Naturaleza y los impredecibles elementos juegan un papel más importante que los recortes y ediciones preciosistas a posteriori. Ese mundo en el que hay cuentos, hay animales, hay amor y luz y algo parecido a la felicidad que me hace sonreír desde la otra punta del mundo.
Aunque claro, nunca le digo nada.

No sé si hoy, que cumple veintiséis años, saldrá también a vender sus fotos en la calle. Si la ven, echen un vistazo. Hablen con ella. Verán si tengo razón en que es una de esas raras criaturas que hacen un poco mejor el mundo.

País democrático, país de represiones

El otro día salió el tema entre algunos de mis alumnos. No sé de qué estábamos hablando mientras practicábamos la hispana costumbre de tomar algo cuando se me ocurrió contarles lo del 15-M.

Normalmente no muevo un dedo por nadie y en los últimos meses aquellos restos del movimiento me parecían una especie de gesta pretendidamente heroica. Pero sí estuve en la puerta del Sol aquella primavera. No todos los días. No me quedé a pasar la noche. Pero sí agité los brazos en alto como si estuviera secándome las uñas en algunas asambleas. Vamos, más o menos como todo el mundo. Íbamos cuando podíamos, les dije. Estábamos cabreados, les dije. Les enseñé alguna foto de la plaza abarrotada, les conté lo del impacto mediático, lo que se sentía entre tanta gente que simplemente estaba igual de harta. Noté que con la tontería hasta me estaba emocionando.

Me miraron entre admirados y circunspectos.

Aquí no podemos hacer eso, dijo uno. La policía, dijo otro. Aquí, hace años. Y callan. Callan porque aquí persiste el fantasma de algo que ocurrió en Tian’an’men hace exactamente los años que tengo. Algo que se ha silenciado, que la censura en Internet contribuye a mantener bajo tierra y que todos saben y callan, como sabemos y callamos en España otros sucesos escalofriantes de nuestro propio pasado. Cada pueblo tiene sus particulares heridas. Sus políticos. Sus Historias.

Estos días, con seis horas de ventaja sobre España y un proxy que me salta la Gran Muralla censora, miro las noticias, leo los tuits y los estados de los que estáis allí. Veo los vídeos. Sonrío, sintiéndome sin saber por qué un poco extraña de repente, cuando aparece un nuevo héroe local que emula a un mago de fantasía épica. No sé si es la distancia, que siempre magnifica y agrava las cosas. Pero ahora mismo no sé qué siento. Si es miedo, pena, emoción o hasta un poco de orgullo por los que estáis ahora mismo protestando. Porque por muchas trampas, hostias y cambios de chaqueta, aún no os han quitado la capacidad de plantaros ahí delante y gritar que estáis muy, muy cabreados. Os queda eso. Aprovechadlo.

Ánimo.

Y valor.

Ante todo mucha calma

Madrid. Verano 2012.

Si siguen correctamente nuestras instrucciones, les aseguramos que les dolerá lo menos posible.

Intenten relajarse.

Todo va a salir bien.