Lecturas de verano y contenidos que mutan

Hay novelas o cómics que se olvidan a la primera. En el caso de los segundos, suele coincidir ese carácter olvidable con dibujo naïf y propósito grandilocuente. Hay otros, sin embargo, que se te quedan grabados en la cabeza y por que pase el tiempo no se te van de ahí. Ni siquiera tienen por qué ser los más afines a tus gustos ni los más laureados por revistas de tendencias, piaras de críticos o ránkins de librerías generalistas. No tienen por qué haberlos adaptado al cine con bombo, platillo y colores saturados.

Todo este muestrario de obviedades facilonas viene porque a No cambies nunca, de David Sánchez (Astiberri) no le pasa solamente que se te queda en la cabeza como quien te estampa un sello. En No cambies nunca, con colores limpios y palabras desnudas, David Sánchez ha pintado una realidad aséptica que sugiere otro mundo latente y oscuro dominado por el morbo y por la náusea. Juega con la curiosidad malsana del lector y lo hace con todos los referentes ficcionales del cine de género.

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Operadas. Seguro.

 

Y eso no es que cueste olvidarlo. Es que, por algún extraño juego de resortes mentales que se maneja a la perfección, cada lectura es completamente distinta. Los tonos verdes y rosas parecen cada vez menos inocentes y desde luego no quiero ser yo la que desenrolle esas vendas o la que desenmascare de gafas opacas los rostros impenetrables de unos personajes a los que, menos mal, no conoceré jamás. O eso espero.

No sé si soy la única. Pero ese placer de leer con el rostro contraído de extrañeza es muy difícil de encontrar.  Y es más difícil poder disfrutarlo más de una y de dos veces. Van a dejar que me ausente otro ratito.

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Por si alguna vez fuimos Kyung Seo

Hace cosa de un par de semanas, preparando una ponencia para la facultad sobre la mujer oriental en la cultura popular occidental, mi asistente en tebeos hizo caer en mis manos Novia por Correo (Ponent Mon). Se salía un poco de mi muestrario de fantasmas vengadores femeninos armados hasta los dientes de los que hablaré otro día. Pero esta novela gráfica maravillosa que me duró una mañana tiene, además, esa rara virtud que poseen algunos libros o películas y que, aparte de dejarme pensativa y taciturna durante varios días, es la de generarme una empatía que me termina jodiendo viva. 

A veces llevo gafas y sonrío. Y leo cómics. Más lo primero y último que lo segundo, por cierto.

Kyung Seo, la preciosa coreana que se agencia que el tendero y coleccionista Monty Wheeler, encarna, ataviada con el traje regional de una patria de la que intenta escapar en vano, todas las fantasías alimentadas durante años por revistas y estereotipos. Kyung Seo parece al principio una muñeca más de las que se acumulan en esa tienda de tebeos que está destinada a ser su hogar, su escaparate y su cárcel, una muñeca que escancia té a ancianos amables que (“son los mejores amigos, no compiten”) hablan de artrosis y achaques, o que sonríe condescendiente ante las confusiones que provoca su origen en una ciudad pequeña de Canadá. Qué más da coreana que vietnamita o japonesa. Todas son, para el imaginario occidental de las fantasías de Wheeler, hogareñas, calladas, tradicionales. Todas son la imagen que se tiene de ellas. Según va avanzando el argumento, los intentos de rebeldía de Kyung Seo, que pasan por matricularse en Bellas Artes, posar desnuda en una fábrica, probar el tabaco o planear un viaje con la amiga que encarna para ella de una libertad soñada y muy lejana, van desasosegando tanto como el espectáculo de danza al que  Kyung asiste en la facultad y en el que la desnuda bailarina termina anulada en flecos negros. Como ella. 

Es inevitable plantearse cuántas veces hemos tenido que explicar ante un rostro serio y obstinado por qué eso que hemos hecho no es tan malo como le parece. Cuántas veces nos hemos plegado a una imagen dulce por cobardía, por inercia, por simple miedo a perder un lugar, aunque sea precario y sucio, en este mundo que parece darnos de patadas a cada paso que damos. El trazo fino y elegante de Kalesniko que da vida a ese rostro de muñeca triste y mirada infinita provoca nudos en la garganta y dobleces de corazón.

Se puede ser Kyung Seo sin haber nacido en Corea. Con dieciocho años, o veinte, o treinta y cinco, y una larga lista de complejos e inseguridades. El traje tradicional que excita a Wheeler tanto como su melena de oriental puede traducirse perfectamente en una falda de colegiala, un rol asumido o una actitud complaciente. Una máscara, a fin de cuentas, que oprime el rostro, el cuerpo, la vida entera, y termina en un grito ahogado o en porcelana hecha añicos. El problema es cuando eso se asume. Cuando se acepta un lugar incómodo a falta de más opciones. Kyung Seo se define cobarde. Ella misma se crea su propio lastre. Por eso la lectura de Novia por Correo es tan jodida: porque, con una estrcutura perfecta y una narrativa impecable te recuerda que, efectivamente, se necesita valor para cambiar. Para cortarse la melena corta, muy corta, y desnudarse sin culpa ante una cámara. Para elegir una pasión y entregarse a ella como si fuera lo último que se va a hacer en la vida. Para encontrar un lugar en el mundo que conquistar y hacer propio y poblarlo de vecinos inquietos y curiosos. Se necesitan valor y confianza para ser uno mismo y no el ideal de otra persona.

Manda huevos que a veces tenga que ser un puñado de dibujos lo que venga a recordártelo.

De Ultrashow y Ultraviolencia

No se puede evitar. Estás haciendo cualquier cosa y de repente ha anidado en tu cabeza una idea loca, muy loca, una parida tan grande o una putada tan gorda que no sabes qué hacer con ella. Una de esas idas de olla que dudas si contársela a alguien porque podría empapuzar de mierda la imagen de persona medianamente seria que puedan tener de ti.

Aunque puede que un día engañes a alguien para que te acompañe a un Ultrashow. Y entoces aparece Miguel Noguera en el escenario, o donde le hayan dejado, con un micrófono y una lista de esas ideas locas. Y las cuenta o  las ilustra con unos dibujos que beben directamente de los desechos de cualquier fanzine punk, del  underground, del primer Crumb, de lo más absurdo, grotesco y enfermizo de nuestras mentes o de nuestras entrañas negras. Son burradas. Burradas muy bestias que se encadenas con otras aún más bestias, a un ritmo endiablado y con una agudeza verbal envidiable. Empiezas a recordar todas esas idas de olla que de vez en cuando se te ocurren y que son sospechosamente parecidas. Esas idas de olla que tienen que ver con gatos, viejas, materia bíblica, materia anal o niños muertos. Y no puedes evitarlo: empiezas a sonreír a lo joker. A reír tapándote la boca como una geisha educada. Y al final, a descojonarte a mandíbula batiente como un tabernero borracho. Y los que están a tu lado, que alguna vez quizá también callaron por vergüenza o por miedo, tanto o más que tú.

Quizá ese día, esa persona que te acompañó sin saber a lo que iba descubra al fin que tienes la mente muy enferma. Puede que te retire la palabra O que también se pida Ultraviolencia para Reyes.

Claro que no es lo mismo que verlo en directo. Faltan las carcajadas. Falta, y de qué manera, la voz aterciopelada y grave que sube el volumen anunciándote que va a hacerla aún más gorda. No es para leerlo después de comer. Es para las caídas de la tarde que te pillen a solas. Para servirse un buen vino con el que no importe atragantarse. Es para enseñárselo a unos pocos escogidos y reír todos juntos alrededor de esta especie de Biblia Negra que va ganando poco a poco adeptos.

Puede que algún día los de Blackie Books ingenien un medio de editar el Ultrashow como experiencia completa. De momento, mientras les financiamos el proyecto, tenemos carburante para rato.