Amarga baja Marion B.

Eh. aquí todo el mundo habla de cuando se droga, pero nadie dice nada de cuando no lo consigue. Cuando quieres por todos los medios meterte algo que te haga volar o al menos sentir algo diferente a lo de todas las noches.

Y te ves con hambre canina, voraz de polvo, de química y de que se abran tus pupilas pero no tienes ni puta idea de a quién llamar para conseguirlo. Por lo que sea. Porque no tienes dinero. Porque la última vez el desgraciado aquel te vendió yeso con apariencia de frenadol o de aspirina. O porque ese tío tan majo y tan colega que te pasaba speed del bueno se ha largado con otra y si te he visto no me acuerdo.O simplemente porque has desperdiciado el último medio gramo en una noche absurda con las comebolsas de tus amigas, esas que siempre se las ingenian para conseguir un pollo, según te cuentan, y te preguntas si también contarán por ahí cuando le hincaron el diente a tus últimos cartuchos.

De la pasta mejor ni hablar. 

Y esta noche te apetece. Ves a toda esa gente venir del baño en parejas rozándose levemente la nariz y te mueres de envidia. Y estás bebiendo de más porque no sabes qué coño hacer ni a pedirle a nadie un tiro y te sientes en una especie de supermercado con las estanterías demasiado altas.

Solo te queda moverte. A otra sala, a otro garito, al sótano, a la trastienda. Antes de que el tercer intento fallido te haga desistir o plantarte. Y buscar a alguien de verdad, con ganas, con la actitud de quien tiene y quiere. No sabes si vas a encontrarlo antes de que las copas te tumben o te hayan enganchado a cualquiera, o las dos cosas a la vez.

Con suerte puede que se te disperse la memoria de estas horas.

Con más suerte aún puede que recuerdes un amanecer de puta madre.

Al menos hace buen tiempo.

En cualquier caso ya tienes aseguradas la resaca y la ruina. Y aquí se viene a jugar.

Aunque haya que trepar por cualquier lugar como las ratas. 

De Instrucciones para sonreír en una fiesta.

Antes de que se enciendan las luces en los bares

Ahora escúchame bien. Escúchame bien ahora porque estamos empezando a llegar al punto en que me importa una mierda lo que me estás contando sobre cine coreano y lo único que tengo seguro en mi vida ahora mismo es que dentro de muy poco tú y yo vamos a estar comiéndonos las bocas.

No eres la persona de mi vida o lo que coño sea eso porque por suerte o por desgracia ya no nos creemos esos cuentos chinos. Y nos importa bien poco.

Pero ahora escúchame bien. Quiero que te imagines que te acaban de decir que mañana tú, yo y este maldito mundo nos vamos a ir todos a tomar por culo y este es el penúltimo gin tonic que te vas a tomar en tu vida.

Así que en cuanto nos bebamos esto nos vamos a ir donde te dé la gana, a tu casa o a la mía y nos vamos a beber la última tú y yo. Y no voy a dejarte que me hagas el amor con esa sonrisa condescendiente de promesa de más veces porque no sabemos si va a haber una próxima vez y lo más probable, por experiencia, por rutina y por inercia, es que no la haya ni la vaya a haber jamás.

Quiero que me folles. Que me folles de verdad. Con sangre. Fuerte. Y me importa ahora mismo tres cojones lo que opinas de ese director de cine coreano porque para eso tendría que conocerte más allá de los dos nombres y de las tres copas. Por eso y porque estoy harta de hablar de cine coreano. Harta de literatura y de excusas y de máscaras y que nadie sea capaz de decir lo que de verdad piensa o lo que de verdad importa en este momento. Así que hazme un favor. Escúchame. Escúchate. Y déjame sentir por unas horas que estoy viva.

De Instrucciones para sonreír en una fiesta.

El brindis de Marion B.

Vamos a brindar porque es la última noche del año y tenemos que brindar por algo. Y yo alzo la copa y brindo. Yo brindo por todos vosotros. Por ellos y por ellas.

Primero por ellos. Por todos vosotros. Por esos chicos maravillosos que seguro que están en alguna parte del mundo y con los que aún no he tenido la alegría de toparme. Así que sobre todo brindo por los otros. Por esa caterva de jóvenes y no tan jóvenes que este año y con diferentes grados de embriaguez, sobriedad o influencia estupefaciente han tenido el gusto de follarme. Eh, algunos me habéis gustado. A otros, sinceramente, hubiera preferido no conoceros jamás. No voy a recordaros uno a uno porque me tiraría hablando hasta las uvas, pero me gustaría dedicaros unas palabras. A todos vosotros, en general. A todos los que me apreciáis honrada y sinceramente porque según vosotros soy una tía de puta madre, inteligente y que además está buena.

A mí me hubiera gustado conoceros. De verdad. Aunque a las dos semanas os hubiera dado puerta. O no, a saber. A lo mejor cualquiera de vosotros me hubiera rendido. A mí también me gustan los mimos. Las ñoñadas. Me gusta hasta que me abracen, qué cosas. Me gusta aprender del tipo al que meto en la cama más que nada porque le aprecio lo suficiente y me aprecio lo suficiente como para meter en la cama a tíos que merecen la pena y que tienen algo que enciende y endulza; y me gusta la complicidad del desayuno, llamar de vez en cuando, hasta, quién sabe, dar alguna sorpresa rollo Amélie de esas que no me pegan nada. Aunque en el fondo me estuviera planteando constantemente si no estaré perdiendo el tiempo con cualquiera de vosotros porque el chico de mi vida sea uno de esos que viven en otra parte remota del mundo y que nunca he tenido la alegría de encontrarme y entonces saliera a cualquier bar y me follara a otro probablemente tan gilipollas o tan inteligente, tan ardiente o tan dulce como cualquiera de vosotros. Sin rencores. A fin de cuentas, al final la tirada soy yo. No puedo evitarlo. Me miro al espejo y me veo cara de otra. De la otra. De la alternativa cachondona y morbosa a vosotras.

Por cierto, un brindis por vosotras. Por las buenas chicas. Por vuestros huevos bien puestos de hembras alfa y por vuestras correas de perlas con que atáis a quien se deja. Un brindis por vuestras manos entrelazadas, vuestras sonrisas y vuestras cenas de parejas, por vuestros viajes a pueblos idílicos en que os retratáis juntitos y sonrientes. Por vuestros regalos de aniversario y vuestra complicidad en twitter. A veces os juro que me gustaría ser como vosotras. Llevarme bien con sus amigos, marujear con sus amigas, quejarme complaciente ante las mías porque tengo un compromiso y entrar en las tiendas de regalos haciéndome la pregunta existencial del qué le regalo y qué le gustará a este chico que lleva conmigo seis meses. Me gustaría ser como vosotras porque nunca sabréis de la existencia de las que son como yo. Nunca sabréis de los mensajes que incendiarían un disco duro. Ni de las noches en que vuestro chico salió con sus colegas a los seis meses de cines, cenas y cartas perfumadas. Y cuando le llamasteis aquel fin de semana que tuvo que viajar por trabajo, el móvil se le había quedado sin batería. Aún existen habitaciones de hotel sin cobertura.

Os juro que lo he intentado. Pero me habéis vuelto a dejar a medias.

En fin, feliz año. Y no os olvidéis de sonreír.

De Instrucciones para sonreír en una fiesta.

Un poema de Marion B.

Ardo estrellas

y tiros de luz por la ventana

no puedo dormir acribillada [herida]

y esa voz que me atraviesa la espina dorsal desde

el sexo que late

para nadie.

Y no fue nada, la vergüenza, el pudor, las buenas

formas, [cómo estar]

un desierto en el cielo de la boca

y duelen lágrimas que no son

[dique seco]

No me digas que lo sientes.

Marion B., Instrucciones para sonreír en una fiesta, Hostal Proust Ediciones, 2010.