Rizoma (desde el suelo)

El desastre previsto sucedió y nos arrojó al suelo.

Sharon Fridman

Entre los que en el patio del Matadero nos escondemos del sol que va cayendo, de pronto brotan cuatro violonchelos que nos agrupan en torno a ellos, erguidos, alertas. Y al ritmo de la línea de bajo de las cuerdas, setenta cuerpos vibran. Gritan. Se desploman.

Azahara. Proyecto Rizoma, Matadero Madrid.

 No sabemos quiénes son. Solo sabemos lo que les une. Que la coreografía se genera casi en el momento. Que algunos simplemente querían probar y otros, como Azahara, llevan bailando toda la vida. Aunque no importa. Que en el proceso creativo no ha habido más florituras ni más técnica que la que se puede absorber en unas horas. Que lo que prima no son las alas del cisne sino las raíces flotantes.

Prima lo que contacta los cuerpos. El valor del otro para incorporarse. Para sentir la ingravidez o la brisa en el rostro, la superficie de la piel que se inflama al sostenerse. Parece que el suelo ondula.

Se encoge algo dentro cuando les ves erigirse a fuerza de manos y miradas. Y cuando, finalmente, se pliega la música y, tan repentinos como surgieron, se dispersan como semillas al viento, sientes que te falta algo. Algo que no sabías ni que tenías y que se desborda en la garganta, en la línea de bajo de tus propias cuerdas que, ahora, también vibran.

Nos han dejado un esqueje.

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Y sin embargo

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Y Demeter miró y dijo: <<es una persona delicada, una pequeña cosita: no como mis hijas de pechos profundos que juegan en los campos de Eleusis; se le ven todas las costillas; no merece la pena que baile en mi tierra de amplios caminos>>”

Isadora Duncan, La danza del futuro (1903)

Y aun así, atreverse.