Si la cosa es quejarse


Tiemblo al pensar en el avance imparable de la novela. Las páginas impresas, sin alma ni aliento, adueñan las mentes de los lectores, que devoran ávidos la tinta […] qué fue de aquellos poemas manuscritos, de aquella belleza de la letra propia con que los poetas y literatos, flor de nuestra cultura, deleitaban el cuerpo y el alma […] no hay duda de que pronto nos devorará lo producido por ese invento del mismo Diablo […] . Pronto, sin duda, habrá más novelas que lectores.”

Carta al director de El Diario de Madrí (fragmento). Madrid, s. XIX (fecha sin determinar).

Tal como éramos, Hostal Proust ediciones (volumen en preparación).

Ejercicio para el lector: opinión breve y argumentada sobre el tema.

Algún día alguien leerá todas las alarmas que se vienen activando en torno a la literatura en Internet y se asegurarán los programas de humor por los siglos de los siglos. Mientras, podemos seguir aspirando el olor del papel rancio como si se tratase de materia colombiana sin cortar, pero no podemos negar la evidencia: hace ya un tiempo (como quince años, así que no nos pilla de sorpresa) que lo tenemos aquí (Internet, no la droga, aunque comparta algo de ambas). Negar esa realidad es negar la rueda, la luz eléctrica o que la Tierra gira alrededor del Sol. Aunque siempre haya quien se fustigue por ello.

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Intítulo

El título no siempre es la clave del éxito. En este caso, es más probable que en el resto de aspectos de la vida y no requiere más que la combinación correcta y evocadora* de los factores citados a continuación:
Espacio urbano + animal (o bien casi extinto o bien asquerosamente cotidiano)  + estado físico o emocional + día de la semana

Ejemplo: Las cochinillas del parque se suicidaron un lunes [al sol]**

*se recuerda al joven novelista que sin sugestión no es nadie.

**sólo es aceptable en caso de adeptos al apropiacionismo.

Novelas y noveles sin fecha de caducidad, cap. 8 “El maestro japonés dice”. Hostal Proust Ediciones, 2008.

Alguien (pero no nosotros) envenena a los pájaros

Joaquín Rubio Tovar parece, a primera vista, arrastrar un cansancio de varios días mezclado con algún dolor profundo. Especialista en filología románica, musicólogo y profesor universitario entre otras mil cosas, su obra narrativa es culta pero no densa, inteligente pero no pedante. En su prosa certera, tras ese aire de comisario cansado del cuerpo, subyace una especie de música interna y sobre todo, y siempre, humor. Es un humor que nace de ese nada que perder de alguien que sabe, que sabe que sabe y que sabe que no quiere acabar como aquellos que detentan cátedras y viven en una eterna promoción de sus saberes congresos mediante.

libro secuestrado.

La última muestra es la policiaca Alguien envenena a los pájaros, la segunda de la serie protagonizada por el inspector Carrasco, y que presentó en la librería Tipos Infames cuando aún no hacía este frío del carajo para gusto de sus antiguos alumnos, de los asiduos a la literatur y al vino en vaso chato o como en mi caso, a todo a la vez. La presentó Luis Alberto de Cuenca, poeta, letrista y aficionado al cómic.

Joaquín Rubio explicando por qué hay toques fantásticos en una novela policiaca a alquien que no entiende la hibridación de género, mientrasLuis Alberto de Cuenca descansa del sonido de su voz (fotografía: Cristina Serrato).

Pero nadie me dijo que en la novela cabían consejos como este puesto en boca del profesor Enwistle:

-Mire. Tiene usted demasiado talento, un talento muy puro que se malogrará en cuanto se contamine con el sistema universitario y se convierta en un competidor. La competencia lo arrasa todo, y hará que afloren en usted sentimientos mezquinos. Usted debe desarrollar su talento compitiendo consigo mismo. Vaya a congresos y peléese con españoles e italianos, pero no se mezcle con las envidias, los trienios, las cátedras, los premios, todo eso. No se ponga a competir, a calcular los méritos la antigüedad en el cuerpo y los apoyos de los colegas. (…). Mire: esto ha cambiado mucho. Las colaboraciones, los artículos, las reseñas, todo eso que conoce, van a despedazar el tiempo de su vida. Al final no quedará nada de su ocio, del sosiego que necesite. El ritmo se ha hecho angustioso. (…). No puedo inventar nada nuevo cada quince días, ni menos estudiar a fondo un tema. Para escribir hacen falta tiempos largos, silencios, pausas, incluso cierta aridez. Hay mucho esclavo por ahí suelto que se ve obligado a medrar, porque el sistema le obliga, y entonces recicla, corta y pega como dicen ahora, estira párrafos, los abrevia. No se convierta en uno de esos, mejor dejarlo.

Y es que Joaquín Rubio escribe para conjurar a sus fantasmas. Para rendir homenaje a sus seres queridos, que son, sobre todo, los pájaros, la música y los motivos literarios cervantinos. La trama policiaca es una excusa para que Carrasco deambule por el escenario casi mítico de la Mancha, marcado por una suerte de bálsamo mágico, en un viaje alucinado y autorreferencial con tono de farsa colectiva. Aparecen de nuevo personajes de la anterior novela: ahí están Banostangue y su mezcolanza de registros imposibles, la incógnita de dónde se habrá metido el ayudante Manolín o la lucidez sentenciosa de criada de la trágicamente finada Trini, entre referencias al mundo artúrico (el profesor Entwistle), al del tebeo (en la organización de los sistemas de investigación Ejcolanyár o los hergianos Peces y Motores) o al ya mencionado universo cervantino que se referencia y hace farsa de sí mismo como el maravilloso mercadillo posmoderno Manchachic que, me temo, está más presente en nuestras vidas de lo que se imagina el autor.

Alguien envenena los pájaros es un canto de cisne a la filología, a la literatura y sobre todo a un modo de ver el mundo del que cada vez quedan menos exponentes. Existen venenos más implacables que el orín de rata. Pero los hay que, aun con el gesto austero y cansado, resisten. Y les queda aún energía para denunciar al sistema del único modo que saben o de la forma que mejor se les da: mediante la más fina ironía. A Carrasco aún le queda cuerda para rato. Y a uno de los mejores maestros que me ha podido dar la vida, también.

Por muchos años de lucidez.