Respira

Me gusta Shanghai por las mañanas, a eso de las diez y pico, cuando las calles huelen a agua de fregar y a moto eléctrica, cuando las ayis salen a comprar y manteles de verduras frescas rebosan las aceras; cuando salimos a desayunar y los currantes están ya almorzando y comemos shengjian mojándolos en vinagre mientras los obreros engullen fideos y sorben sopa, y Bob y yo hablamos de navegar por el mundo en una cáscara de nuez y de su negocio de jukeboxes y de la película que vimos anoche; me gusta la calma caótica de las mañanas, y se me olvida casi lo que echo de menos las tiendas de cómics.

Igual me mudo en tres semanas y no sé a dónde, me han llamado para otro curro, igual me quedo aquí en verano, igual me compro una bici, a que vas a diseñarme un tatuaje cuando tenga pasta, y entonces llegamos al entramado de varas verdes que forma un pabellón escondido entre los bambúes del parque, y es por la tarde y un anciano entona estrofas de ópera de Pekín sobre la melodía de un transistor, y nosotros nos sentamos en silencio y en penumbra, la luz se filtra por las celosías, el cantante saluda con un gesto a un amigo que llega. Sabes qué, le digo antes de llegar al prado donde estaremos un buen rato dándole al frisbee descalzos en la hierba recién cortada, me siento mucho, mucho mejor, y no tengo ni idea de por qué. 

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Esas tardes de domingo

Es domingo y he quedado con Nick. Normalmente nos vemos para cenar o tomar algo, pero hoy nos apetece ir de brunch y ver alguna exposición. Hace un día de puta madre, anoche no salí hasta tarde y me acerco hasta Tianzifang para esperarle al sol mientras hago malabares en una esquina. No me cae ni un kuai de propina pero me lo paso pipa.

A Nick le conocí hará como seis meses, la primera luna llena del otoño (lo recuerdo porque nos pasamos un buen rato mirando la luna desde su azotea), y tenemos una bonita relación de amistad aderezada de divagaciones filosóficas sobre arte, literatura, miedos cervales y vídeos de gatitos, teorías absurdas, búsqueda de sitios tan hipster que ya son metahipster y mucha, mucha música que hemos estado compartiendo casi cada semana desde que nos conocemos. Nick nació en Nueva York, tiene un noventa por ciento de sangre italiana y tuve que explicarle al mes de conocernos que los abrazos en público no tenían nada que ver con ganas de matrimonio. Nos caemos bien: somos los dos igual de asquerosamente autocríticos y empollones, los dos hablamos chino aunque él bastante mejor que yo, y como buena amiga, tengo que admitir que tampoco besa mal.

Me cuenta que le acaban de admitir en las tres mejores universidades de Estados Unidos para hacer el posgrado, con lo que ahora tiene el mismo problema que con la carta del restaurante donde nos relajamos al sol: no sabe qué cojones elegir. Mientras, damos cuenta él de un Bloody Mary que levanta a un muerto y yo de algo que lleva Campari y que después de estas semanas de mierda me sabe a gloria bendita. O a sol líquido y espumoso. No me deja pagar, para variar, y se parte de risa cuando le cuento que me ha pegado esa muletilla de decir “like” en cada frase y que al resto de mis amigos yanquis les parece rarísimo.

Antes de salir del museo, entre un buen puñado de gente armada de smartphones, Nick me pregunta que si quiero volver a ver alguna pieza. Sonrío a medias y volvemos a la sala donde unas esculturas humanas de fibra de vidrio nos devuelven una mirada de dioses antiguos de culturas ficticias.

Paseamos por el parque cada uno a su aire, café en mano, hablando de vez en cuando de mil cosas, sin echar ni una foto, con el sol arriba, sin que nos molesten los gritos de los que están montados en los cacharros de feria de People’s Square. Ya de vuelta al metro, Xizangnanlu hacia abajo, le pego un abrazo que casi le asusta.

Qué pasa, me pregunta, con su cara de chico tímido.

Nada, respondo, parapetada tras las gafas de sol, es que esto se parece tanto a un domingo con mi familia en Madrid, museos y paseos de tarde, que parece que ahora mismo veo el Viaducto, y las calles del barrio de los Austrias, y me hace gracia estar tan lejos y a la vez tan cerca.

Él me devuelve una sonrisa de ojos azules y no le digo que mi padre también hace eso de volver a ver alguna obra que le haya gustado de las exposiciones, ni que hoy es un día en que todo va tremendamente bien sin motivo aparente, así que me encojo de hombros y le digo, solamente, con esa voz de Furby gracioso que pongo cuando algo me importa pero me da vergüenza admitir, que me ha encantado el día, que hay que repetirlo, y que gracias.