Llegadas, regresos

Es la tercera vez en dos años que me acodo en la barra de aluminio de Llegadas del aeropuerto de Pudong y aún me pongo nerviosa, alomejorhapasadoalgoconelvisadoalomejorsehaperdidoenAduanasalomejorhaperdidoelaviónalomejortodoeraunabromaalomejor. Peleo por mi sitio entre los delegados que ondean pliegos blancos con nombres de empresas y las agencias que anuncian a gritos hoteles y tours por la ciudad, aguantándome las ganas de ir al baño por si acaso aparece mientras; me martillea el corazón y me astillo la piel de los pulgares, y recuerdo cuando esperé a Pedro, o a mi reina de las hadas, con ese alivio medio desencajado del que espera tras la valla.

Ya han pasado las cincuenta delegaciones árabes, los veinticinco mil turistas, los millones de familias gritonas, los tiburones solitarios aferrados a sus maletines y los ejércitos de azafatas, y entonces le veo aparecer, una mochila más grande que él a la espalda y su bici a trozos colgada del hombro, hey babe, y nos abrazamos por encima de la barra de aluminio y también en medio de todas las delegaciones y las familias y los otros que esperan, como si no nos lo creyéramos aún, brillos del verano en su sonrisa mientras dibujamos mil planes; y bajamos del amodorrado autobús ya al pie del templo Jing’An  camino a casa, es increíble estar de vuelta, dice, y yo sonrío y le acaricio la mejilla con las pestañas, nos espera el norte de China, aventuras y sobre todo, las luces de neón de la ciudad que volveremos a plegar para hacer nuestra. Esta vez, bastante más de tres días

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Por las tardes de teatro

Pongamos que es una tarde de domingo. La última antes de volver a una realidad más empinada de lo deseable, salpicada de exámenes y con las cuentas más desangeladas que una facultad de letras. Y después de haber convencido, contagiado, engañado o directamente arrastrado a un puñado de amigos con los que pasar las horas antes del primer madrugón del año, resulta que el plan se esfuma.

Sí, cabe la posibilidad de acabar entre todos con los restos de bebida navideña a ver si en el culo de la botella encontramos el espíritu, el que sea. Pero es pronto aún.

Entonces se te ocurre que para esas tardes perezosas en las que no apetece pasarse media tarde estudiando una cartelera más larga que la guía telefónica hay un sitio donde puedes ir simplemente a ver qué echan. Donde no van a decepcionarte. Donde vas pura y simplemente a entretenerte. A compartir un trago con amigos. Donde lo más difícil es decidir cuál elegís de las cinco salas en las que, a cuatro euros el pase, os van a alegrar un poco la existencia durante quince minutos.

Habrá más así, pero uno de mis favoritos es Microteatro por Dinero.

A menos de medio metro, los actores no turban ni invaden una intimidad compartida de buen grado: te acarician, amables, con sus voces, desde fuera pero a la vez muy cerca, transpirando verdad. Y es imposible no compartir con los compañeros de la sala una sonrisa cuando esa situación a medio metro es tan inverosímil pero al tiempo tan real. Microteatro por dinero salva una tarde, o muchas, varía cada mes de temática y es imposible aburrirse. El espacio compartido a plena luz rompe esa barrera que se genera en otras salas con el claroscuro de los focos. Y el gracias casi inaudible de los actores mirándote a los ojos y que te devuelve, copa en mano, a la barra donde esperar el timbre del siguiente pase (porque es inevitable repetir) es la mejor fórmula para espantar a ese viejo fantasma que anuncia la rutina.

La programación y temática de febrero, además, parece ideal para parejas estables. A pesar de todo, seguiremos informando.