Respira

Me gusta Shanghai por las mañanas, a eso de las diez y pico, cuando las calles huelen a agua de fregar y a moto eléctrica, cuando las ayis salen a comprar y manteles de verduras frescas rebosan las aceras; cuando salimos a desayunar y los currantes están ya almorzando y comemos shengjian mojándolos en vinagre mientras los obreros engullen fideos y sorben sopa, y Bob y yo hablamos de navegar por el mundo en una cáscara de nuez y de su negocio de jukeboxes y de la película que vimos anoche; me gusta la calma caótica de las mañanas, y se me olvida casi lo que echo de menos las tiendas de cómics.

Igual me mudo en tres semanas y no sé a dónde, me han llamado para otro curro, igual me quedo aquí en verano, igual me compro una bici, a que vas a diseñarme un tatuaje cuando tenga pasta, y entonces llegamos al entramado de varas verdes que forma un pabellón escondido entre los bambúes del parque, y es por la tarde y un anciano entona estrofas de ópera de Pekín sobre la melodía de un transistor, y nosotros nos sentamos en silencio y en penumbra, la luz se filtra por las celosías, el cantante saluda con un gesto a un amigo que llega. Sabes qué, le digo antes de llegar al prado donde estaremos un buen rato dándole al frisbee descalzos en la hierba recién cortada, me siento mucho, mucho mejor, y no tengo ni idea de por qué. 

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Canalillos de Suzhou

Suzhou es, como dice Pierre Patán, el Toledo de China: una ciudad histórica, bien conservada, turística y típica a morir. Diría que es el pueblo de aquí al lado si no fuera porque el pueblo en cuestión tiene nada menos que diez millones de habitantes.

 

Las principales atracciones de Suzhou son los canales, los dulces, los jardines y las pagodas. Las dos últimas las tienes en cualquier ciudad histórica de China, pero digamos que en Suzhou hay gente levantándose a las cinco de la mañana para que cuando entres al jardín, previo pago de entre treinta y sesenta yuanes, te encuentres unos bonsáis que parecen esculpidos, unas flores maravillosas y hojas de sauce rozando levemente la superficie del estanque etcétera. Todo está maravillosamente tranquilo hasta que llegan las diferentes divisiones de La Horda, cada una de ellas con un líder que, altavoz en ristre, empieza a contar la historia de los jardines y quién sabe si chistes también, mientras el equivalente al Imserso chino al completo come pipas y cloquea. Y es que, como todo, aquí el turismo es masivo. Un fin de semana de sol, que inspira a salir de la ciudad en busca de parajes más tranquilos y edificios de menos de veinte plantas de altura, tiene más o menos el mismo efecto en los veintitrés millones de chinos con los que compartes ciudad y en los otros tantos millones de localidades circundantes. Conclusión: los fines de semana bullen de actividad y de pipas y los parques públicos se convierten en verbenas improvisadas, flanqueadas de carricoches de comida, pinchitos, brochetas de fruta y zumos naturales. 

El caso es que Suzhou es bastante bonita. Se tarda menos en ir allí que lo que tardo yo en volver a casa desde el centro de Shanghai. El alojamiento es barato, la comida es barata, hay más escupidores por metro cuadrado, el tráfico es más loco aún que en Shanghai y las calles y canales son el escenario perfecto para una sesión de fotos de boda. ¡Nosotros nos encontramos al menos con tres o cuatro! 

 

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Poco antes de que se enciendan las luces que convierten esta estampa de otra época en una feria.

Para una escapada de dos días, elegimos un jardín y una pagoda y nos pasamos el resto del tiempo callejeando por el casco histórico. Además, Daniel, nuestro anfitrión allí, nos descubrió uno de esos rincones desconocidos y llenos de encanto: el campus de la universidad de Suzhou.

 

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Fundado por unos metodistas americanos, los edificios antiguos se mantienen en un parque poblado de gingkos que invitan a jugar al frisbee, a tumbarse y a filosofar sobre la vida y la muerte. Y son esos momentos, con la tarde cayendo entre los árboles, cuando parece que no pasa el tiempo. 

Luego, al día siguiente, al encontrarte unas bragas tendidas en la puerta de atrás de un templo, o una señora escurriendo la fregona en el canal, con una pagoda al fondo, o un niño desharrapado jugando con el Ipad en un hutong, te das cuenta del contraste maravilloso, vasto y un poco cutre que es China, y hasta empiezas a verle el encanto a las nocturnas luces de verbena…