Y después fui a conocer el centro cultural del barrio

Mi jefe, el nunca suficientemente alabado decano Chen, ya me iba advirtiendo que me pedirían de nuevo que cantara, y esta vez, sola y a mi suerte en los gorgoritos a capella. Íbamos de camino al centro cultural del barrio, llamado por mis chicos “papellón” , y a mí ya se me estaba secando la boca, yo que hace siglos que no piso un KTV y la última vez lo hice no precisamente para cantarme Molihua.

El paripé del miércoles pasado resultó bastante parecido al anterior, aunque un poco más ameno: esta vez, mis alumnos, el decano, la de los vídeos y yo íbamos a ver unas danzas representadas por los señores jubilados y la pizpiretísima profesora Wei, a la que todos apodaban “brillante” por sus pequeños y relucientes ojillos. Nos sentamos, posición de honor para la laowai, y me fueron traduciendo frase por frase mientras las más vagas se iban escaqueando poco a poco a los asientos más alejados del apestado sitio de honor, y entonces, cuando todos los jubilados se hubieron puesto unas ropas sintéticas de colores brillantes y encasquetado unos tambores en el pecho, comenzaron una danza del norte de Shanxi. Luego nos bailaron otra danza, esta vez tibetana, y después charlamos (yo seguía haciendo como que no entendía ni papa de chino, para más choteo) sobre cómo son las danzas españolas, la edad del matrimonio, los horarios, el cuidado de los ancianos y los padres. Si no hubiera sido porque todos aún llevaban faldas de color fucsia hubiera pensado que seguía en el salón de la casa de la señora Lu.

Me aplaudieron cuando dije (traducción mediante) que había que hacer caso a los padres porque ellos tenían más experiencia, se mostraron curiosos con el tema de las residencias de ancianos y fue inevitable que saliera el tema del fútbol.

Y luego me dijeron que me bailara algo.

¿Pero usted no baila nada? me preguntaba el decano Chen, incrédulo. ¿Ni salsa? (la salsa, ese baile típico español). A ver qué le digo yo. No, mire, es que yo era más de leer. No, mire, es que a mí antes de bailar tienen que pagarme un copazoNo, mire, es que el pogo no se considera baile típico aún.

Total, que me tocó cantar. Otra vez. Delante de quince de mis niñas (sus notas de clase dependen de su silencio en las redes sociales sobre este bonito momento)  y de diez simpáticos jubilados que creían que el toreo y el flamenco eran lo mismo y que aplaudieron mi vacilante versión de Quizás, quizás, quizás ahogando así los latidos de mi pobre corazoncito y probablemente, los aullidos del compositor revolviéndose en su tumba. Y al decano Chen le hizo tanta ilusión que yo me soltara que terminamos cantando, otra vez, Cielito Lindo, con nuestras quince bellas coristas de ojos rasgados haciendo el ay, ay, ay ay.

Creo que antes de final de curso grabamos el disco de versiones.

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El día que se anegó Pudong

No llueve. Diluvia. Diluvia y se inundan las calles y mientras esperábamos a que amainara no pensamos que podría no hacerlo, y salimos fuera bajo el estruendo del cielo mientras la tierra bulle de pitidos y de voces, y hundimos los pies en el agua que arrastra ramitas y hojas; los hombres fuman resguardados bajo el dosel del gigantesco edificio de un banco que escupe gente sorprendida; otros comen algo de pie en la tienda que no cierra mientras fuera sigue lloviendo sin cesar.

No hace frío, ni viento, sólo cae esta lluvia que desafía a la ciudad y le hace ver que no es tan fuerte, y de pronto imagino el malecón y lo vislumbro inundado, imagino las aguas subiendo y cubriendo las baldosas como nos cubre ya más allá de las rodillas, emergen nuestros pies calzados en sandalias y brillan las uñas lacadas como tesoros de un naufragio.

Llueve y la gente, seria, sostiene los paraguas contra la tormenta. No es la primera ni la última. Hay que llegar (volver) a casa, al trabajo, a donde sea, y llegaremos cuando nos deje la lluvia.

Nos agarramos al teléfono como si pudiéramos avisar a alguien para que apague las nubes. Susurramos mensajes de ánimo, de fastidio compartido, de desesperación temprana y finalmente, de resignación. Para llegar al metro hay que vadear ese charco.

Podría ser peor. Imagina todo esto acarreando una maleta.

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-Hola, soy yo. No te lo vas a creer, pero…

Mitad humo mitad neones

Ese sol rojo que arde tras la capa de humedad y polvo.

El agua envenada, los escombros, las luces tras la lluvia. Las gaviotas (o algo parecido, no sé) buscando peces, aquí al lado.

Los puestos de 年糕 , de 凉皮, de cualquier cosa a cualquier hora, el olor del tofu frito, la fruta en las esquinas; los andamios de bambú y las toallas puestas a secar en medio de la calle; chicas encaramadas a sandalias gigantescas, bolsos fluorescentes, tres o cuatro en una moto y aquí nunca pasa nada.

Luces azules a través del cristal, décimo piso, las cervezas de más de medio litro, esto es agua, me despierto y es mañana.  Vasos de muñecas, sudor, risas, vidrios rotos, fundas divertidas de smartphone, un día te llamé llorando, y hace calor, mucho calor aquí, transpiran las paredes y a veces hablo sola de cómo puede ser que ya se me haya olvidado el invierno.

Esto está entre nieblas pero sigue ahí.

Lo de los churros

Parecía que no había otra cosa que comer en Shanghai que los churros de la chocolatería San Ginés. El orgullo nacional. Los empresarios más emprendedores y más locos de todos, figúrese, traer churros a una tierra que lleva desde tiempos inmemoriales comiendo porras y mojándolas en leche de soja.

Amigos y familiares diversos me envían y reenvían la noticia de la apertura de un local en mi ciudad de acogida. Al cabo de dos meses, cuando me la mandan otra vez y pienso que se están repitiendo un poco, resulta que no, que es que han abierto otro local. Qué emoción. Yo me vine a China a comer churros, croquetas y tortilla de patatas y a decir que no saben igual que en España, claro que sí. Bueno, no, que cuatro croquetas de jamón cuestan diez euros, casi que me espero a las de mi madre.

Según la prensa española, además de lo necesarios que somos los profesores de español en una tierra que cree que el inglés es lengua oficial en toda Europa, los churros se van a comer el mercado chino. Los chinos adorarán esos lacitos empapuzados en aceite que tantas resacas patrias han curado a lo largo de su existencia y que cuestan diez veces más que cualquier snack a pie de calle. Claro que sí.

El susodicho segundo local se encuentra donde suelen encontrarse los establecimientos de hostelería que pasan más satisfactoriamente los controles de calidad: en un centro comercial. Concretamente, en una esquina minúscula de una de las plantas sótano, concretamente la dedicada a la pastelería, la repostería y la guarrada en forma de dónut de bonito seco o de pastel con hilitos de polvo de carne. Suena el típico hilo musical de ascensores. Suelo impoluto. Los churros tras un cristal, calentitos, recién hechos, cortados impecablemente y a nuestra vista, en forma de palitos y no de lazos. Ponte unos jeringos, niño.

Los sirven en unos recipientes de cartón verde y blanco con motivos típicamente hispánicos, a saber: flamenca, banderillas, toro simpático (cito de memoria). Además del típico chocolate, los churros se pueden acompañar de helado, chocolate blanco, chocolate a la fresa, crema de té matcha o queso cheddar. Adaptándose al paladar chino, tradicionalmente un país comedor de chocolate rosa y queso. Igual que los españoles, tradicionalmente, nos hemos adaptado muy bien al arroz tres delicias y a las galletas de la suerte. En fin.

Churros con chocolate blanco en San Ginés (Super Brand Mall, Lujiazui, Pudong)

Churros con chocolate blanco en San Ginés (Super Brand Mall, Lujiazui, Pudong)

Que están buenos, sí. Que lo del queso es una blasfemia, también. Que los hemos probado, como para no hacerlo. Pero a la vez me hace gracia cómo venden a la prensa la llegada de un supuesto emblema de la cultura española transformado en una especie de Sundae raro con tropezones. Y es una sensación muy rara ver cómo en esta ciudad cualquier cosa, excepto los imbatibles puestos y carricoches de tallarines fritos, de brochetas, de sopa de wantun o de batatas asadas, se convierte  en un establecimiento aséptico de un mastodóntico centro comercial.

Dicen que es el futuro. ¿No?

Cómo empezó todo entre nosotros es una historia que no se puede contar a los padres. Es una historia que se cuenta a los amigos de confianza, en alguna de esas noches, y nos reímos y brindamos y pensamos también que qué raro fue todo, qué rápido pasó el tiempo para que, un año después de aquella noche tan fría, al otro lado del mundo, celebremos en la cumbre más alta del rascacielos más feo eso de que no nos hayamos matado el uno al otro todavía.

Y no sé qué da más vértigo.

Vértigo.