Feo como un dinosaurio y bella como un hada

Hace unos meses, en la asignatura de redacción que imparto, se me ocurrió dedicar una clase a las comparaciones y metáforas más comunes en español. Pelo de oro, dientes como perlas, más feo que Picio, esas cosas. Lo gracioso vino cuando les pregunté yo con qué compararían, por ejemplo, el pelo negro. Con el sésamo, dijo uno. Pero si el sésamo es color arena claro, pensé yo (sí, yo digo color arena claro, salmón salvaje y moco verdoso). Y los ojos azules, pregunté. Ojos azules como el mar, me respondieron. Y yo pensando que a ver cómo les explicaba a estos muchachos que la mayor parte de los poetas o simples nativos ligones comparan el mar con esos ojos verdes relativamente raros entre nuestros tíos buenos meridionales…

Así que pasamos un buen rato comentando esas pequeñas diferencias culturales e idiomáticas que se traducen en calcos gramaticales imposibles o en divertidísimas metáforas. Porque provenimos de culturas tan diferentes que algo tan simple como este diálogo típicamente veraniego:

-Tía, estoy como la leche.

-¡Qué va, si estás negra!

Para mis admiradoras de las baifumei puede resultar completamente insultante.

Aunque eche pestes a veces de la enseñanza, de las horas que paso corrigiendo redacciones o de este horario infame que nos obliga a personarnos en el aula a las siete cincuenta de la mañana, luego con estas cosas me lo paso pipa. Les pedí que me enumeraran algunas metáforas y comparaciones que usan normalmente y los resultados son bastante curiosos:

La piel, indiscutiblemente bella cuando es blanca, se compara con la nieve o con la leche; mientras que cuando la piel es negra “no se distingue en la noche” (黑得晚上都看不见) .

No sé si es positivo o negativo, pero desde luego que te comparen tus sensuales y gruesos labios con una salchicha es un tanto peculiar: 香肠般的嘴唇。

Nuestro “más bonico que un San Luis” tiene su equivalente en Pan An, una especie de sex symbol de época antigua a la que las mujeres arrojaban fruta cuando pasaba  貌若潘安; mientras que  al típico vivalavirgen mantenido por alguna mujer rica prendada de su belleza se le llama “carita blanca”: 小白脸。

Los ojos castaños se comparan con nueces o lichis, y los pequeños con hilos: 眼晴小得跟条线一样。

Por supuesto, estos son solo algunos ejemplos. Con el español, coincidimos en el pelo de oro (de hecho, rubio en chino se puede decir 金发,literalmente, “pelo de oro”), en la cara de caballo, en ser fuerte como un oso o un toro o en las miles de comparaciones de ojos con piedras preciosas que tanto han ayudado en todo el mundo a llevarse a alguien al huerto .

Mis favoritas, sin duda, son las negativas: ser plana ·como un aeropuerto· me parece tan cruel como maravillosa. Y no sé qué habrán pensado los prehistóricos reptiles de los chinos, pero desde luego que estos no piensan muy bien de aquellos cuando dicen que alguien es feo como un dinosaurio. Aunque viendo lo que tienen en los museos de Ciencias Naturales, quizá no les falte razón…

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Y después fui a conocer el centro cultural del barrio

Mi jefe, el nunca suficientemente alabado decano Chen, ya me iba advirtiendo que me pedirían de nuevo que cantara, y esta vez, sola y a mi suerte en los gorgoritos a capella. Íbamos de camino al centro cultural del barrio, llamado por mis chicos “papellón” , y a mí ya se me estaba secando la boca, yo que hace siglos que no piso un KTV y la última vez lo hice no precisamente para cantarme Molihua.

El paripé del miércoles pasado resultó bastante parecido al anterior, aunque un poco más ameno: esta vez, mis alumnos, el decano, la de los vídeos y yo íbamos a ver unas danzas representadas por los señores jubilados y la pizpiretísima profesora Wei, a la que todos apodaban “brillante” por sus pequeños y relucientes ojillos. Nos sentamos, posición de honor para la laowai, y me fueron traduciendo frase por frase mientras las más vagas se iban escaqueando poco a poco a los asientos más alejados del apestado sitio de honor, y entonces, cuando todos los jubilados se hubieron puesto unas ropas sintéticas de colores brillantes y encasquetado unos tambores en el pecho, comenzaron una danza del norte de Shanxi. Luego nos bailaron otra danza, esta vez tibetana, y después charlamos (yo seguía haciendo como que no entendía ni papa de chino, para más choteo) sobre cómo son las danzas españolas, la edad del matrimonio, los horarios, el cuidado de los ancianos y los padres. Si no hubiera sido porque todos aún llevaban faldas de color fucsia hubiera pensado que seguía en el salón de la casa de la señora Lu.

Me aplaudieron cuando dije (traducción mediante) que había que hacer caso a los padres porque ellos tenían más experiencia, se mostraron curiosos con el tema de las residencias de ancianos y fue inevitable que saliera el tema del fútbol.

Y luego me dijeron que me bailara algo.

¿Pero usted no baila nada? me preguntaba el decano Chen, incrédulo. ¿Ni salsa? (la salsa, ese baile típico español). A ver qué le digo yo. No, mire, es que yo era más de leer. No, mire, es que a mí antes de bailar tienen que pagarme un copazoNo, mire, es que el pogo no se considera baile típico aún.

Total, que me tocó cantar. Otra vez. Delante de quince de mis niñas (sus notas de clase dependen de su silencio en las redes sociales sobre este bonito momento)  y de diez simpáticos jubilados que creían que el toreo y el flamenco eran lo mismo y que aplaudieron mi vacilante versión de Quizás, quizás, quizás ahogando así los latidos de mi pobre corazoncito y probablemente, los aullidos del compositor revolviéndose en su tumba. Y al decano Chen le hizo tanta ilusión que yo me soltara que terminamos cantando, otra vez, Cielito Lindo, con nuestras quince bellas coristas de ojos rasgados haciendo el ay, ay, ay ay.

Creo que antes de final de curso grabamos el disco de versiones.

Cuando conocí a las vecinas del barrio

Estoy sentada en el sitio de honor del sofá de una casa que no conozco, rodeada de quince alumnos. A mi izquierda, el decano, y frente a mí, tres señoras con edad para ser mis madres adoptivas que nos han calzado antes de entrar fundas de plástico para los zapatos.

Es un típico miércoles a la hora de la siesta y a mi jefe se le ha ocurrido la brillante idea de organizar una visita guiada a ¿un museo? ¿un templo? no, mejor: a un 小区(xiaoqu) o barrio residencial recién construido en la calle de al lado de mi universidad.

Así, yo puedo contarles cómo es la vida en España y ellas pueden contarme lo bien que se vive en este barrio de Pudong que lleva año y medio siendo también el mío. Ellas me hablan en mandarín (con acentazo shanghainés) y yo les respondo en español, y los alumnos, por turno, van traduciendo cada uno una frase. Los pobres sudan tinta y yo me siento una especie de ministra con calzado de hospital. Lo que no les puedo decir a mis alumnos es que estoy entendiendo todo lo que me están diciendo la señora Lu y sus compinches. Me hace ilusión, pero me hago la laowai y pongo cara de no enterarme aunque de vez en cuando se me escapa alguna traducción más precisa que Mila, sentada a mi lado, me agradece con una sonrisa de alivio.

Después de hora y pico hablando (o algo así) sobre el cuidado de los ancianos, las costumbres gastronómicas, horarios o la edad a la que se casa la gente en los diferentes países, la señora Lu, la traidora señora Lu, dice que bueno, que ahora todos están esperando a que la amable profesora extranjera nos cante una canción en español.

Cómo será mi cara que todos mis alumnos se dan cuenta de que lo he entendido.

Farfullo. Balbuceo. Es que mi garganta. Es que mi voz. Es que shenme. La verdad es que, sencillamente, dudo que ahora mismo me venga a la cabeza una canción entera en mi bonita lengua materna. A mí, que el día anterior estuve intentando aprenderme un rap en dialecto de Chengdu.

Miro a mi jefe, a ver si me echa un capote, o algo. Así que ahí estamos, mi decano y yo, a las tres de la tarde, cantando Cielito Lindo con los alumnos haciendo los coros delante de esas amables señoras shanghainesas que aplauden, preguntan por el tema de la canción y después nos sacan chocolates y mandarinas y nos las reparten con mucho alboroto. Nos prometemos que un día haremos empanadillas juntas y todo eso que se dice en los paripés sobre las familias, estar lejos, el extranjero y lo encantados que estamos de habernos conocido. Otra de las señoras (creo que la señora Zhang) me mete un tomatito cherry directamente a la boca. Creo que ya he tocado techo.

Paseamos por el parque como si fuera un jardín de la dinastía Ming, yo escoltada por Mila, Cintia y Estrella, mis niñas  de tercero, que me re-traducen que esa flor es el símbolo de Shanghai o que ese paseo se usa para caminar descalzo porque es bueno para la salud.

Pudo haber sido peor: el otro grupo fue  a ver unos bailes tradicionales de no sé qué minoría, y que el pobre Rayo, al que sacaron a bailar, ahora es famosísimo en RenRen.

A la próxima, creo que me aprendo el rap. Ya puestos a hacer un paripé, vamos a hacerlo con estilo…

¿Las marías a la Laowai?

Es jueves y he quedado (después de otra reunión, porque últimamente no paro con las reuniones) con Alejandro, que además de ser uno de mis mejores amigos, da clase de cine en la Shanghai Film Academy. Hemos quedado para unas cervezas en el Helen’s y de paso, discutir los detalles de un curso de cortometraje low-cost que quiero que imparta y también para reunirnos por Skype con Paulina, otra coordinadora del cineclub que presento y organizo desde hace unos meses. Por supuesto, antes de ponernos a ello nos pasamos media hora divagando.

Estamos en medio de la reunión, vamos por la segunda Tsingtao y se me ocurre abrir el correo. Y zasca. Los temidos mails de mi jefe. El decano Chen me informa de que “debido a las quejas de los alumnos de segundo curso”  (sic) me cambian la asignatura de Audición, que llevaba dos semanas impartiendo, por la de Lectura de Prensa Extranjera con los ya conocidos chavales de tercero. Por mí de puta madre. Pero a las dos semanas de haber comenzado el curso esto es lo que conocemos como una señora putada.

Cuando acababa de llegar, todo esto me cabreaba y me hacía sentir bastante inútil. Ahora que ya estoy acostumbrada y que mi capacidad improvisatoria ha mejorado un poco, ya solamente me cabreo. Más que nada porque el señor decano me recuerda “la importancia del examen que van a llevar a cabo los alumnos del segundo curso” con lo que es mejor, claro está, que esta asignatura no la imparta un profesor extranjero.

Recapitulemos. Ya había dicho aquí alguna vez que en segundo y al final del grado en cuarto, los alumnos de la licenciatura de Español tienen que pasar dos exámenes a nivel nacional que miden sus conocimientos de gramática, lectura, cultura, comprensión auditiva y expresión oral. En teoría. El caso es que la parte de expresión oral es un monólogo de cinco minutos que se traen aprendido y masticado de casa y la parte de gramática está resumida en preguntas de tipo test, mientras que la parte de cultura (que, proclamo, no conozco a casi ningún nativo que pudiera contestarlas bien todas) no aparece hasta el examen del último curso.

Todo esto hace que:

1)      Los alumnos de segundo curso estén completamente acojonados por este examen.

2)      Todos  los alumnos de licenciatura se centren en aprobar ese examen más que en aprender algo.

3)      Cuando hablo del DELE alguna vez, haya quien me pregunte que si el nivel X de DELE equivale al nosecuántos del examen nacional.

4)      Los alumnos que no tengan un examen nacional a la vista se vuelvan completamente vagos.

Este tipo de actitudes y de cambios me hace pensar en la necesidad real de que tengan un profesor extranjero para asignaturas pensadas por chinos y estudiadas con un método tan chino que a los que llegamos de nuevas nos parece que acabemos de llegar a Marte. ¿Alumnos de clase de Conversación (que siguen diciendo “feliz la fiesta” “una restaurante” y “hace mucho tiempo no verte”) trayéndose un texto aprendido de memoria? ¿Alumnos dormidos y roncando en clase? (estoy segura de que las quejas son porque a uno le eché una bronca descomunal delante de sus compañeros y el caballero no sabía si llorar o limpiarse las legañas primero). ¿Alumnos a los que si no les dices que esto cuenta para las notas de clase no tocan un bolígrafo en los ochenta minutos?

El caso es que lo hago lo mejor que puedo. Y en el fondo de mi corazoncito de laoshi sin vocación, creo que les viene muy bien tenerme como profa, a mí y a otros extranjeros, y no solamente porque les podamos explicar que la Zarzuela es un palacio y no sólo un género musical o que tengan mucho cuidado con el verbo coger, sino porque además, podemos comprender, sobre todo los que sabemos chino, las imprecisiones semánticas, las expresiones calcadas y las traducciones directas que a veces me hacen descojonarme cuando estoy corrigiendo redacciones. Tampoco en la universidad se aclaran mucho con lo que quieren de nosotros. Si nos quieren para dar una clase que no están seguros si sus alumnos comprenderán o si nos quieren como apoyo en las clases importantes de un programa que, en el caso de mi bienamada universidad, parece que lo montaron en medio de una reunión regada con baijiu.

Y ya estaba yo encabronándome cuando caí en que Alejandro estaba allí conmigo, que estábamos tratando de organizar cosas juntos que sonaban muy bien, que Paulina estaba preparada para conectarse desde Abu Dhabi y que era de esto en lo que tenía que poner las energías que estaba empezando a gastar en cabrearme, así que brindamos, le pegamos otro trago a la Tsingtao, abrimos los cuadernos y nos pusimos a ello.

Pues encima, le dije a Alejandro, que también tiene que lidiar con el sistema universitario chino, el horario que se me queda es incluso mejor que el que tenía antes. Y si es lectura de prensa, algún artículo de El Mundo Today no va a desentonarme… 

Apuntes sobre la universidad china

Ayer terminé de preparar los papeles para el Examen de Medio Semestre, lo que indica que mi estancia aquí se va acercando al final. O a la mitad. El caso es que me dio para pensar un poco, y comparar, con la enseñanza universitaria que he recibido yo, y aquí van algunos contrastes y diferencias que he notado en la universidad privada china donde enseño. La mayoría de ellas, por no decir todas, no me las ha explicado nadie.

  • La enseñanza se divide en semestres, no en cuatrimestres como la nuestra. Vale, esto no es especialmente raro, ya lo sé.
  • Las clases comienzan un 3 de septiembre y terminan un veintitantos de junio. Los exámenes se prolongan hasta principios de julio. Ni que decir tiene que empiezo a explicarme por qué en las clases no hay sistema de calefacción pero sí ventiladores.
  • El horario es mucho más temprano que el de España: las clases comienzan a las ocho de la mañana, y terminan a las cuatro de la tarde, con una pausa de ¡10:50! a 13:00 para comer. Hay clases por la tarde, y a los de primero, por lo que deduzco al verles de noche en las clases, les obligan a estudiar.
  • Por lo que sospecho,  los alumnos de primero están obligados a tomar parte en algún club deportivo (taekwondo, ping-pong, kárate, lo que sea). Además, tienen horas de deporte obligatorias como parte del programa de su carrera, sea la que sea, durante los dos primeros años.
  • Las clases duran ochenta minutos. Además, cada clase no se considera una clase, sino dos. El otro día, mi colega la profesora china decía que estaba muy cansada porque había dado “seis clases”. En el mismo tiempo que yo, que consideraba que había dado tres. No sabía si considerarla una superwoman o una esquizofrénica hasta que me lo explicaron.
  • Es perfectamente lícito desayunar en clase. Eso incluye baozis, huevos cocidos (que llevan dentro de una bolsa y pelan durante la clase), yogures para beber, tés, cafés, refrescos o una especie de bolas de tofu metidas en salsas variadas. Y no comen fideos porque eso ya es para la hora del almuerzo.
  • Los alumnos ven perfectamente normal sacar fotos con el móvil a la pizarra. Como todos llevan fundas de móvil muy chistosas, me lo paso divinamente cuando de pronto me saluda un Bob Esponja, un conejito o un oso gigantesco.
  • La mayoría ve perfectamente normal poner animaciones kawaii en los powerpoint de los trabajos de clase. Así, uno se puede encontrar con Batman bailando el Gangnam Style, ositos amorosos o cualquier cosa imaginable en una presentación sobre la Guerra Civil.
  • Los alumnos tienen que sentarse donde les está encomendado y no pueden cambiarse de sitio. Si les pido que se levanten, me van a mirar como si les hubiera pedido un doctorado.
  • Los alumnos tienen que pedir permiso para ir al baño. Cuando salen o entran, lo hacen muy deprisa, de puntillas y agachando la cabeza, como si eso les hiciera invisibles.
  • Clase que se pierde por puentes o fiestas nacionales, clase que se recupera. Eso significa que, para tener cuatro días de fiesta durante la semana, deberé trabajar sábado y domingo de esta semana y el domingo de la siguiente. Estamos todos con-ten-tí-si-mos.
  • Los alumnos deben tomar parte en todo sarao o actividad cultural que se organice, ya sea cantar, presentar una gala o hacer ver que son felices. Esto último puntúa más.
  • En cada semestre hay dos períodos de examen, el “medio” y el “final”. Ambos son tan oficiales y solemnes que semejan más  un examen de Selectividad: se realizan en las aulas más grandes, y deben dejar TODOS los abrigos, mochilas, etcétera, atrás. Y algunos se ponen tremendamente nerviosos, como si no llevaran tres años haciendo lo mismo.
  • Cada examen debe tener un equivalente de recuperación, llamado “papel C”, que será, por ley (os juro que me obligan) más fácil.
  • Los exámenes son sábanas pliegos tamaño A3, lo que los hace tremendamente difíciles de acarrear, corregir o simplemente pasar las páginas.
  • La calidad del papel es ideal para que se rompan con una mirada.
  • Se puntúa sobre 100 y la nota mínima para aprobar es 60. Adiós al cinco raspado.
  • Los alumnos suelen vegetar medio dormidos hasta que de pronto ven las orejas al lobo y entonces se muestran interesadísimos y solícitos.
  • Los alumnos pueden escribir cartas al profesor en las que le ruegan que le aprueben porque “nunca he suspendido” “si suspendo tengo que pagar la asignatura y no tengo dinero” (sic).

Con todo esto, ¿es verdad eso de que los chinos trabajan más? Pues no sé. Los habrá, claro, y tengo a algunos en clase que son un vivo ejemplo. Pero yo creo que a la mayoría más bien les obligan. Aunque mis alumnos de buena gana se pasarían el día viendo series, comprando por Internet o echándose siestas (en lo que ocupan gran parte de su tiempo libre los fines de semana), no les dejan hacerlo. Su sistema de enseñanza, y por tanto de concepción de la vida, es mucho menos flexible que el español, donde cualquier momento es bueno para el noble arte del escaqueo o para irse de puente en puente. Ojo, no digo que lo nuestro sea lo mejor. Solamente digo que, en aras de la eficiencia y las causas comunes, a veces todo me parece un tanto impostado, y cuesta sacar la personalidad y la creatividad de cada uno detrás de esa masa que es el grupo. Por no hablar de los exámenes, que parecen muy difíciles, pero al final resultan estar hechos para que absolutamente todos aprueben.

Como me dijo un profesor de inglés, “aquí no les gusta que los críos suspendan”. Los críos. Los críos están en edad universitaria, que para Europa y Estados Unidos es la edad mínima para todo lo que se considera adulto, ya sea conducir, beber o quedarte dormido un día de clase. Pero aquí parece que no. Que no les tratan como a adultos. Y ellos no están acostumbrados a que se les trate como tales. Si no les pides tarea no toman nota. Si no les pones nota numérica en las tareas, se la pasan por el forro. Dan grititos de sorpresa y paverío cuando aparece un desnudo aunque sea la Maja de Goya. Y me pregunto cuántos de ellos quieren realmente estudiar español, aunque yo vaya a cobrar igual. No sé cómo será en las universidades públicas chinas, si será igual o peor, pero si hay algo que me fastidia de la enseñanza universitaria, es ese control paternalista que todos sufrimos, desde los alumnos a los profesores, que todos toleramos y del que ellos parecen pensar que es perfectamente normal. Y eso es con diferencia lo que más me asusta.

La vuelta de vacaciones

El lunes vuelvo a las clases. A los Pipití, que es como llaman aquí a ese instrumento del diablo que son las (inevitables y casi imprescindibles) presentaciones de PowerPoint.

Anteayer tuve la primera reunión del año con mi jefe y el resto de compañeros. Somos seis los que impartimos más de diez horas a la semana y todos tenemos nombres españoles, algunos con –ehem, Gaviota– más fortuna que otros, pero la única española soy yo. Es decir, que los pobres se tuvieron que tragar una hora de chapa en español sólo porque yo estaba escuchando. Benditos sean. Llega a ser al revés y termino pensando que el semestre que viene vamos a ir de viaje al Lago del Oeste.

Pero no. Para este nuevo semestre, y para variar (lo de los viajes ya veremos) nos vuelven a atar en corto a la hora de enseñar contenidos. Eso quiere decir que mis alumnos van a aprenderse de memoria la fecha de la independencia de México con hora aproximada y todo pero voy a pasarlas canutas para colarles algún contenido mínimo sobre la prosa de Juan Rulfo y no digamos ya hablarles de ese patrimonio cultural hispánico que son las patatas bravas.

Tendremos un examen ministerial de calidad el próximo noviembre, lo que significa que tendré que pasar mis notas a limpio. Aunque algo me dice que los del Ministerio no saben español y me dan ganas de colarles, así en formato esquema, mi sección mensual para Libro de Notas. Y sí, si el examen ministerial es en noviembre y mi contrato cumple en julio, es posible, probable y recomendable que me quede un añito más en esta ciudad a la que ya han vuelto los pitidos de los coches y los vendedores de patatas asadas.

Lo primero que me han soltado, aparte de la posible, probable y recomendable permanencia, es que tengo que dar una charla a los angelitos sobre mi experiencia en China como extranjera. Como no sé si les va a gustar la Guía para no arruinarse en China, supongo que tendré que inventarme algo. Me he propuesto no usar las palabras milenario, venerable, fascinante, vasto y característico. Estoy sudando tinta.

En cuanto a mis dos clases de tercer curso, me toca organizar tres asignaturas: las ya viejas conocidas Español Moderno y, Cultura y, ahora, Redacción, que va a ser mi favorita y la de mis chicos hasta la primera corrección general. Y no voy a quejarme de mis libros ni de los contenidos porque no he sido capaz de leerlos y porque he prometido que voy a ser una chica valiente a partir de ahora. Aunque en manos de mi jefe haya caído una colección de chistes de ésas que vendían en papel reciclado en el Alcampo y haya decidido que quiere traducir al chino todos los avatares de los habitantes de Lepe.

Para este semestre, además, nos han encomendado organizar una serie de actividades extraescolares (sí, las voy a llamar extraescolares) agrupadas bajo el genérico título de, atención, Semana Cervantina. A mí, la némesis oficial de las lecturas de El Quijote, de los mercados medievales y de las ferias de la tapa. Tres tazas de caldo para la señorita que renegaba de su origen complutense. Hasta el borde. A veces pienso que tienen aprendido mi historial y que se están choteando de una manera muy sádica, pero sonrío y parece que se me pasa. Además en el fondo me gusta meterme en este tipo de fregados. Eso sí, nos han remarcado que es muy importante que haya muchas fotos. Y muchos vídeos. Yo no sé si voy a organizar actividades o me han metido en un episodio de Black Mirror. 

Pero bueno, en esas andaremos chinos y españoles el próximo semestre, con la idea de montar, para el próximo abril, un ambigú, un cineclub, un concurso de bailes regionales y, por qué no, una degustación de tortilla de patatas.

He estado por proponerles un taller de modelado de flamencas para poner encima de la tele, pero ahora, con lo de las pantallas planas, no sé.

Merry Language

Yo pensaba que dejando el piano y el coro me iba a librar de las actuaciones navideñas, pero resulta que me estaban esperando aquí. Y es que no sé muy bien dónde está la conexión exactamente, pero el caso es que mi universidad, más que con la rancia facultad a la que estaba acostumbrada, tiene bastante más en común con un arquetípico highschool norteamericano. Para bien o para mal.

Me explico.

Hay que decir es que aquí el sentido del ridículo y de la vergüenza ajena es algo completamente relativo. Por ejemplo, mis alumnos tiemblan literalmente cuando tienen que hablar  delante de sus propios compañeros, a los que llevan viendo las caras desde primero de facultad; y cuando alguno comete un error o, por algún motivo, tiene que distinguirse del resto de la clase, le acompaña un coro de risitas nerviosas.

Sin embargo, nada les impide tomar parte, desde esos primeros tiernos años de la formación universitaria, en un gigantesco talent show bautizado como Merry Language y en el que se involucran alumnos y profesores de todas las facultades de idiomas. Todos, y cuando digo todos digo todos, bailan, cantan, actúan o brincan con todo tipo de atavíos según el espectáculo que quieran elegir y sin ningún tipo de pudor o miedo escénico delante de todo el mundo y en el salón de actos de la universidad. Obras de teatro subtituladas en chino. Pantomimas. Coreografías sexys. Canciones de salsa. Lo que sea.

Y, por ejemplo, ese estudiante de japonés al que en un país cruel como el nuestro hubiéramos bautizado inmediatamente como “el Puerros”, blande contento las verduras en una danza frenética sacada de una serie de animación que todos conocen y todos jalean.

En la universidad de la que vengo, un catedrático enrollado que se sube a un escenario a cantar una canción el día del patrón de los alumnos es automáticamente despojado de toda autoridad al grito de “decano rock decano rock”. Per saecula saeculorum. Aquí, en Merry Language, sería la guinda del pastel. Aquí no cabe la vergüenza o al menos no se demuestra. Es esta cultura amante del karaoke a puerta cerrada, pero amante del karaoke, a fin de cuentas, y no de los himnos de borrachera a a altas horas de la madrugada delante de todo un bar.

Es curioso el contraste. Y, para provenir de una universidad, será naïf, o lo que se quiera decir, pero me parece, también, mucho más divertido. Y mucho más valiente.

No sé si lo he dicho pero nosotros escenificamos una canción de Mecano. Y yo hago de Luna.

Pero sólo porque nadie conocido puede venir a verme.