Llegadas, regresos

Es la tercera vez en dos años que me acodo en la barra de aluminio de Llegadas del aeropuerto de Pudong y aún me pongo nerviosa, alomejorhapasadoalgoconelvisadoalomejorsehaperdidoenAduanasalomejorhaperdidoelaviónalomejortodoeraunabromaalomejor. Peleo por mi sitio entre los delegados que ondean pliegos blancos con nombres de empresas y las agencias que anuncian a gritos hoteles y tours por la ciudad, aguantándome las ganas de ir al baño por si acaso aparece mientras; me martillea el corazón y me astillo la piel de los pulgares, y recuerdo cuando esperé a Pedro, o a mi reina de las hadas, con ese alivio medio desencajado del que espera tras la valla.

Ya han pasado las cincuenta delegaciones árabes, los veinticinco mil turistas, los millones de familias gritonas, los tiburones solitarios aferrados a sus maletines y los ejércitos de azafatas, y entonces le veo aparecer, una mochila más grande que él a la espalda y su bici a trozos colgada del hombro, hey babe, y nos abrazamos por encima de la barra de aluminio y también en medio de todas las delegaciones y las familias y los otros que esperan, como si no nos lo creyéramos aún, brillos del verano en su sonrisa mientras dibujamos mil planes; y bajamos del amodorrado autobús ya al pie del templo Jing’An  camino a casa, es increíble estar de vuelta, dice, y yo sonrío y le acaricio la mejilla con las pestañas, nos espera el norte de China, aventuras y sobre todo, las luces de neón de la ciudad que volveremos a plegar para hacer nuestra. Esta vez, bastante más de tres días

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