Entonces me quedé sin nada que decir

Lago 洱海, Yunnan. Enero de 2014.

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Entonces me di cuenta de que no había salido de Shanghai en cinco meses, que era la primera vez que hablaba  en chino tanto tiempo seguido y que llevaba mucho tiempo sin ver tan azul el cielo. Mi amiga shanghainesa y yo nos habíamos ido casi dos semanas a hacer el mochilero aficionado a un par de ciudades con encanto de Yunnan, y sólo usábamos el español cuando me apetecía enseñarle palabrotas.

Pensé, allí plantada delante del lago, que me aburriría vivir en Dali, entre sombreros de imitación a la minoría Bai, cantantes callejeros de pop sentido y chicloso y tiendas de recuerdos clónicos en cada esquina, pero que había buen café y ese aire de no tener prisa de mis ciudades gallegas favoritas, el sol se ponía más tarde y además, qué coño, aquello era bonito; y mientras, todos sacábamos fotos y ellas se sacaban fotos a sí mismas con el paisaje de fondo y fotos y más fotos y entonces me alejé del grupo de nuevos amigos que habíamos conocido la noche anterior, me tumbé sobre el embarcadero y dejé que me bañara el sol, aspiré el olor de la madera y eché de menos porque siempre está bien echar de menos aunque sepas que no es cierto, y me levanté después de no sé cuánto tiempo manchada de polvo, un nudo en la garganta y con las mejillas quemadas del sol. Y Sol, mi amiga Sol, o 阿怪 como le gusta que le digan, aún estaba allí, también alejada del grupo, con los cascos puestos y la mirada lejana, y después, ya de vuelta, no hablamos una palabra en todo el camino. Para qué.

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Staycation suena a Vacachiones

Se me había olvidado que, aparte del placer de rebozarse en las sábanas leyendo lo que me apetece mientras los alumnos están estudiando o haciendo exámenes (entre ellos MIS exámenes), una de las ventajas de ser profe de universidad es que tenemos las mismas vacaciones que ellos. Frente a la triste semana de que gozan oficinistas, barrenderos o trabajadores de guardería, los laoshi tenemos un gigantesco puente Ming que nos lleva nada más y nada menos que del 18 de enero al 25 de febrero.

Si contamos con que las clases se acaban ( para variar, me enteré por los alumnos ) una semana antes, allá por el 10 de enero, y que yo entregué todas las notas en torno a esos días, se puede decir que esto es como volver al verano otra vez pero sin la presión de un nuevo curso.  O que esto es el puto paraíso con edredón, radiador de aceite y muchas películas y cómics.

Y no sólo eso. Además, la ciudad se vacía. Shanghai, que recibe a provincianos gente de todas las provincias durante el año, en esta época se prepara para despedirlos durante lo que es el éxodo más masivo del mundo: toda la gente vuelve a casa para pasar el Año Nuevo Chino en familia y me imagino que para repartir sobres rojos a mansalva.

Vamos, que ahora lo que tenemos aquí es como Madrid en agosto pero sin el calorazo y con todo (tiendas, bares, museos, galerías, cultureo, conciertos, saraos, happy hour) a pleno rendimiento. La palabra clave es “después de vacaciones”. Y mientras en España, con empacho de polvorones y cordero, se enfrentan a la enésima cuesta, aquí todo el mundo se entrega al noble arte de comprar ropa nueva y adornos en forma de serpiente.

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“Pequeños dragones”, dicen los chinos. Culebras que hasta en papel parecen monas.

Y en esas estamos. Con un tráfico que no nos creemos. Con el pronóstico del tiempo entre  las nubes favorables a paseos y las lluvias de febrero que invitan a los museos y, por qué no, a disfrutar de esas tardes de invierno en las que no hay nada que hacer salvo preparar el próximo concierto, los viajes de primavera o la siguiente diablura.

Creo que nos quedamos.