Cerrado en días de tifón

La mayoría venimos solos a Hong Kong. Venimos por visado, por trabajo, por vacaciones, porque sí. Paseamos por la ciudad que huele a sal, a plástico húmedo, a vapor y a comida hindú y que suena suave, a canción monótona de hoteles, metros y semáforos en verde y en rojo a los que todo el mundo hace caso. Esquivamos los fogonazos rojos de los taxis, los autobuses de dos pisos, los tranvías. Nos colamos en las azoteas y bebemos y hablamos y buscamos el calor de nuestros cuerpos en la penumbra fresca de los cuartos compartidos, entre ronquidos, toses y alguna que otra queja envidiosa adormilada, y compartimos historias que nos pasaron hace tiempo o que pasaron a otros pero hicimos nuestras con el tiempo, y lanzamos nuestras fotos al vacío, una cerveza demasiado cara frente a los rascacielos, breves compañeros de viaje, diez cuerdas enlazadas en el muelle que varios valientes cruzan a brincos y a pasos vacilantes, música a la brisa salada del puerto; y seguimos buscando en caminos poco transitados, en playas desiertas, en las escaleras mecánicas más largas del mundo o en ventanales a cien pisos sobre el agua esa historia que, algún día, contaremos a otros extraños mientras adivinamos cartas al azar y bebemos latas de birra extranjera, sabes, pues a mí una vez, en Hong Kong, me pasó que.

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Staycation suena a Vacachiones

Se me había olvidado que, aparte del placer de rebozarse en las sábanas leyendo lo que me apetece mientras los alumnos están estudiando o haciendo exámenes (entre ellos MIS exámenes), una de las ventajas de ser profe de universidad es que tenemos las mismas vacaciones que ellos. Frente a la triste semana de que gozan oficinistas, barrenderos o trabajadores de guardería, los laoshi tenemos un gigantesco puente Ming que nos lleva nada más y nada menos que del 18 de enero al 25 de febrero.

Si contamos con que las clases se acaban ( para variar, me enteré por los alumnos ) una semana antes, allá por el 10 de enero, y que yo entregué todas las notas en torno a esos días, se puede decir que esto es como volver al verano otra vez pero sin la presión de un nuevo curso.  O que esto es el puto paraíso con edredón, radiador de aceite y muchas películas y cómics.

Y no sólo eso. Además, la ciudad se vacía. Shanghai, que recibe a provincianos gente de todas las provincias durante el año, en esta época se prepara para despedirlos durante lo que es el éxodo más masivo del mundo: toda la gente vuelve a casa para pasar el Año Nuevo Chino en familia y me imagino que para repartir sobres rojos a mansalva.

Vamos, que ahora lo que tenemos aquí es como Madrid en agosto pero sin el calorazo y con todo (tiendas, bares, museos, galerías, cultureo, conciertos, saraos, happy hour) a pleno rendimiento. La palabra clave es “después de vacaciones”. Y mientras en España, con empacho de polvorones y cordero, se enfrentan a la enésima cuesta, aquí todo el mundo se entrega al noble arte de comprar ropa nueva y adornos en forma de serpiente.

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“Pequeños dragones”, dicen los chinos. Culebras que hasta en papel parecen monas.

Y en esas estamos. Con un tráfico que no nos creemos. Con el pronóstico del tiempo entre  las nubes favorables a paseos y las lluvias de febrero que invitan a los museos y, por qué no, a disfrutar de esas tardes de invierno en las que no hay nada que hacer salvo preparar el próximo concierto, los viajes de primavera o la siguiente diablura.

Creo que nos quedamos.