Estación de resbalones

Camino ya sin el peso de una mochila con media vida y el portátil. Ahora comparto espacio con un gato blanco y negro que se cree el dueño de este nuevo piso a veintiocho plantas por encima de la ciudad que tampoco es mío del todo, porque siempre hago las cosas a medias: me medio meto en proyectos, me medio mudo a la parte divertida y bulliciosa de la ciudad y nunca termino los regalos que me prometo a mí misma que haré a los amigos que ya se marchan, y mientras pasa todo esto, mi amigo Chachy se ha ido dos meses de gira a Estados Unidos con su banda de rock dejándose la ropa tendida, el gato y la casa que le ocupo.

Se van o están a punto de irse personas a las que aprecio. No de vacaciones sino para siempre o para a saber hasta cuándo, y los que sabemos que al menos aguantamos unos meses o unos años más miramos el cielo gris con cara de pocos amigos, o nos resbalamos maldiciendo el pavimento mojado, o brindamos con la desidia de un verano que de momento sólo tiene lo peor de un otoño sucio que huele a lluvia y a plástico.

Estas semanas, corrijo exámenes ignorando los maullidos de Jackson. Hablo del tiempo con la ayi mientras ella curiosea lo que cocino. Me acostumbro al rumor del tráfico y a los muelles de la cama. Atravieso el parque de Xujiahui camino al trabajo en la academia donde mis estudiantes ya saben decir lo que les gusta y lo que no les gusta nada. Me como la cabeza y el corazón. Localizo las fruterías y los mercados del barrio. Monto la slackline junto al río y camino y pego saltitos ridículos sobre la cuerda con mucha dignidad. Echo de menos a mi familia. Organizo proyecciones sin poder hacer lo que me gustaría. Voy conociendo a los vecinos. Me prometo que escribiré e iré a exposiciones y estudiaré chino y no volveré a enamoriscarme y hago la quiniela de cuál de todas fallaré primero.

Algún día de estos agarraré las dos estanterías, las dos mesas, los cuadros de Miguel Ángel Martín y toda mi ropa de invierno, atravesaré otra vez la ciudad entera me mudaré del todo. Y a lo mejor hasta me compro una bici.

Es temporada de lluvias en Shanghai y ya me han devorado los mosquitos.

 

Anuncios

Vacaqué.

Yan se asoma a la sala de profesores de la academia y me dice que siente mucho que haya habido quejas y que ella no tiene ningún problema, es más, que piensa que estoy haciendo buen trabajo.

Digo gracias y entre unos pocos aplausos veo el pulgar levantado y su sonrisa de norteño desde el final del aula donde he impartido mi primera “conferencia” en inglés sobre cine español, y ya está hecho y está bien y ahora solamente tengo que pensar en la brisa de la noche y en los mosquitos devorándome las piernas mientras se me olvida qué hora es.

Esa chica que ya no es profe de chino sino más bien la amiga con quien hago intercambio chino-español los domingos por la tarde y que tiene en mis historias su propia telenovela ahora está sentada en la primera fila el primer sábado que presento una película en el Instituto Cervantes y también está hecho y está bien y es la primera de muchas.

Un buen amigo me dice que qué suerte haberme conocido y yo pienso que qué suerte haberle conocido a él y mantener entre los dos la tienda de abajo a base de comprarle a la amable señora shanghainesa cantidades ingentes de Estrellas de Galicia antes de irnos de concierto.

Escucho por primera vez en mucho tiempo a Jordi Savall y me entra una tranquila nostalgia y decido que cuando vaya a España va a ser para ir al teatro con mi padre.

Acaricio con las puntas de los dedos los versos de Li Bai tatuados en su piel y empiezo a pensar que no debería acostumbrarme, que siempre me pasa lo mismo, que soy una idiota y que se vuelve a su país de hielo y bosques, pero entonces me pierdo y perderse sienta bien y ya no recuerdo qué estaba pensando.

Termina el curso y empieza la vorágine de preparar exámenes. Trabajo en cincuenta mil sitios a la vez y mis amigos se parten de risa cada vez que les cuento que tengo un nuevo proyecto en que pensar en los larguísimos trayectos de metro. Soy esa chica que parece una mochilera o más bien un caracol urbano según cuántos bultos lleve. Me mudo en dos o tres semanas y últimamente no tengo tiempo ni para depilarme esas cejas de cínica. A veces los nervios me desbordan las pestañas. A veces me siento tremendamente inútil. A veces no puedo ni dar dos pasos en la cuerda antes de que me restalle en los empeines. Otras veces, él y yo nos quedamos hasta tarde balbuceando poemas de la dinastía Tang. Otras veces es mañana y me despierto y él me tiende un trozo de fruta de dragón y empiezo a acostumbrarme a lo que para él es timidez pero para mí frío desapego, y nos sentamos a la mesa del café y antes de abrir el portátil y ponerme de una santa vez a trabajar pienso que aún tenemos hasta San Fermín, que además este verano me quedo y que aún me quedan muchas, muchas razones para sonreír a las tormentas de verano.

 

El pórtico de la gloria

Tenía una cuenta pendiente con Galicia:

La noche en Santiago [Quintana of Dead]

y la lluvia, la empanada y Bonaval,

Javi nos confiesa ya en la plaza
[con gaiteiro dando por culo en jornada de oficina]
siempre quise asaltar ese trenecito de guiris vestido de indio, plumas y todo, nos reímos pero queremos hacerlo, los turistas boquiabiertos y los indios sacudiendo

las portezuelas a gritos,

lo que nos reíriamos,

Las aguas de A Lanzada me demuestran
que la gran diferencia entre niños y adultos
es que ellos son más sensibles a la excitación que al frío,
les miro gritar y nadar con los peces

más feos que he visto nunca.

Sólo me gustaría tener diez años para meterme

en el agua sin sentir.

Nos queda valor para asaltar cincuenta trenes

y que nos caigan encima mil estrellas.

Qué noches aquellos días.

Lo que quiero es flotar

Oh! Qué feliz soy
porque en la tarde de hoy
con esta gente elegante
subo al Cabaret Flotante

Ayer estuve en una de esas cosas que podrían contar perfectamente como anécdota de un viaje al extranjero. Una de esas cosas que, por vistosas y por extravagantes, además de por su calidad, se nos antojan más propias de una ciudad idealizada, desde París a Berlín pasando por alguna de Europa del Este o de la América que vio nacer el jazz.

Podría ser una anécdota con la que sorprender a quien quiera escucharlo. Esa tarde de domingo en que vas paseando por la orilla de un lago y de pronto, te encuentras con una tropa de músicos, coristas y curiosos liderados por una dama vestida de rojo y un violinista de zapatos rutilantes, ambos tocados con chisteras, que parecen haberse escapado de un cuadro de Tolouse-Lautrec.

Y todos, músicos, damas, niños, amables gondoleros, se hacen con la pequeña flota, embarcan los instrumentos, las sombrillas y hasta una tabla de claqué, y allí, en medio del lago, se marcan una maravillosa actuación, plagada de canciones, de risas, de coros, de amigos, de laralás y salpicaduras de agua que desafían al sol del flamante verano.

La barca de Carmen Hache, la fotógrafa oficial del evento, con su elegante gondolero y dos adorables marineritas. Por Borja Suárez Lázaro Galdiano.

Y es que a veces somos un poco gilipollas. No pensamos que este tipo de iniciativas puedan tener lugar en nuestra propia ciudad, gracias al esfuerzo de unos pocos y a la participación de otros muchos.

Pía Tedesco, Raúl Márquez, Celia Bañón y demás han demostrado que es posible. Que se puede montar en Madrid un sarao como este Cabaret Flotante, que ya lleva cuatro ediciones y se le auguran muchas más.  Convocaron código de vestimenta. Presentaron, unos días antes del evento, el himno que sonaría varias veces esta tarde de domingo y compartieron las partituras con todo el que quisiera acudir. 

Y ahí que acudieron músicos de toda clase y condición. La bella Luisa, de la Troupe de la Merced, marcándose en una barca, megáfono en mano, una versión de La vie en rose. Por allí andaban también los Variedades Azafrán, que terminarían, ya en la jam session que se desplegaría en tierra, haciéndonos corear a todos Ti vuo’l fa l’americano. Y así, muchas más. Una tras otra.

El desembarco de Pía. Casa de Campo.

Ninguno cobramos un duro por todo esto. Pero lo pasamos en grande.  Al final, además de a música, nos convidaron a brownie, ya cuando, a la caída de sol, cansados pero contentos, empezábamos a dispersarnos.

Y todo esto sucedió en la Casa de Campo, una tarde de domingo, a pleno sol. Sí, en Madrid. Qué cosas.

Estén atentos. En cualquier momento, el Cabaret Flotante podría celebrarse otra vez. Que les pille bien vestidos.