Llegadas, regresos

Es la tercera vez en dos años que me acodo en la barra de aluminio de Llegadas del aeropuerto de Pudong y aún me pongo nerviosa, alomejorhapasadoalgoconelvisadoalomejorsehaperdidoenAduanasalomejorhaperdidoelaviónalomejortodoeraunabromaalomejor. Peleo por mi sitio entre los delegados que ondean pliegos blancos con nombres de empresas y las agencias que anuncian a gritos hoteles y tours por la ciudad, aguantándome las ganas de ir al baño por si acaso aparece mientras; me martillea el corazón y me astillo la piel de los pulgares, y recuerdo cuando esperé a Pedro, o a mi reina de las hadas, con ese alivio medio desencajado del que espera tras la valla.

Ya han pasado las cincuenta delegaciones árabes, los veinticinco mil turistas, los millones de familias gritonas, los tiburones solitarios aferrados a sus maletines y los ejércitos de azafatas, y entonces le veo aparecer, una mochila más grande que él a la espalda y su bici a trozos colgada del hombro, hey babe, y nos abrazamos por encima de la barra de aluminio y también en medio de todas las delegaciones y las familias y los otros que esperan, como si no nos lo creyéramos aún, brillos del verano en su sonrisa mientras dibujamos mil planes; y bajamos del amodorrado autobús ya al pie del templo Jing’An  camino a casa, es increíble estar de vuelta, dice, y yo sonrío y le acaricio la mejilla con las pestañas, nos espera el norte de China, aventuras y sobre todo, las luces de neón de la ciudad que volveremos a plegar para hacer nuestra. Esta vez, bastante más de tres días

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Puerto fragante y lluvioso

Hace calor. Ese calor húmedo, aún más húmedo que en Shanghái, que hace pesada la respiración y te aplasta contra el suelo de las pasarelas por las que atraviesas la ciudad buscando la oficina de visados. La gente camina deprisa esquivándote y no puedes evitar chocarte a veces con ellos, y te miran con mezcla de extrañeza y condescendencia.

Me sale automático hablar en mandarín, pero aquí hablan cantonés, que suena como una canción o un oleaje suave, e inglés. Los taxis son rojos, los autobuses, de dos pisos, y sonrío al ver la señal de que penalizan con dos mil dólares si comes dentro del metro y con cinco mil si fumas cerca de las estaciones.

Llueve. Llueve y es como una ducha tibia que cubre de niebla bosques y montañas, y pierdo la mirada entre la cortina de lluvia y siento que he vivido esto antes, no sé dónde, y no encuentro aún ángeles caídos ni días salvajes, pero sí encuentro nuevos amigos con los que hablar de las dos cosas que más traemos a cuenta cuando estamos solos y lejos: nosotros mismos y sexo. También hablamos de universos paralelos en bares que podrían estar en cualquier parte del mundo y en todas, paseamos por las calles llenas de luces y ruido y olor a wonton frito y pescado seco y voces ásperas de vendedores; y entro sola a las Chungking Mansion y me pierdo en los olores de curry y de suelo fregado mientras me ofrecen mil cuartos sin ventanas, y veo amanecer desde una azotea con vistas a Kowloon, y sigo con esa sensación de haber estado aquí antes de alguna forma, de haber vivido todo esto (quizá en otro universo paralelo donde aprendí cantonés) y disfruto de la sensación de no tener nada que hacer más que perderme entre las calles, las pasarelas y la gente que no se choca nunca cuando va deprisa, y miro los barcos, aún no llegamos al 2046, pero algún día, quizá en este vagón silencioso que va rumbo a una estación de nombre impronunciable, nos plantaremos allí, y miraremos de frente.

Entonces me quedé sin nada que decir

Lago 洱海, Yunnan. Enero de 2014.

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Entonces me di cuenta de que no había salido de Shanghai en cinco meses, que era la primera vez que hablaba  en chino tanto tiempo seguido y que llevaba mucho tiempo sin ver tan azul el cielo. Mi amiga shanghainesa y yo nos habíamos ido casi dos semanas a hacer el mochilero aficionado a un par de ciudades con encanto de Yunnan, y sólo usábamos el español cuando me apetecía enseñarle palabrotas.

Pensé, allí plantada delante del lago, que me aburriría vivir en Dali, entre sombreros de imitación a la minoría Bai, cantantes callejeros de pop sentido y chicloso y tiendas de recuerdos clónicos en cada esquina, pero que había buen café y ese aire de no tener prisa de mis ciudades gallegas favoritas, el sol se ponía más tarde y además, qué coño, aquello era bonito; y mientras, todos sacábamos fotos y ellas se sacaban fotos a sí mismas con el paisaje de fondo y fotos y más fotos y entonces me alejé del grupo de nuevos amigos que habíamos conocido la noche anterior, me tumbé sobre el embarcadero y dejé que me bañara el sol, aspiré el olor de la madera y eché de menos porque siempre está bien echar de menos aunque sepas que no es cierto, y me levanté después de no sé cuánto tiempo manchada de polvo, un nudo en la garganta y con las mejillas quemadas del sol. Y Sol, mi amiga Sol, o 阿怪 como le gusta que le digan, aún estaba allí, también alejada del grupo, con los cascos puestos y la mirada lejana, y después, ya de vuelta, no hablamos una palabra en todo el camino. Para qué.

Beijing me mata (I)

Día 1

Cuando, después de hora y pico de metro en Shanghai (hora valle), cinco horas en un vagón de tren corrigiendo exámenes y cincuenta minutos de metro pekinés con tres cambios de línea y mucha gente, emerjo de la salida B de la estación de Liangmaqiao, respiro al fin ese aire seco, caliente, agobiado de polución. Hay un tío vendiendo sushi que mantiene en una nevera de porexpán. Una rickshaw espera a ver si alguien quiere ahorrarse el taxi a cuenta de un regateo. Baratijas en un mercadillo improvisado. Torres y más torres. Estoy en el lugar correcto.

Antonio llega a los cinco minutos. Nos arreamos un abrazo. Le conozco desde hace como cinco años, empezamos a estudiar chino a la vez y le veo siempre de Pascuas a Ramos porque, como a mí, China le picó pronto y nunca sabes si vuelve, si viene,  si visita o si se va a quedar alguna vez aquí o allí. La vez que más tiempo le he visto seguido fue cuando compartimos un vuelo Madrid-Pekín de doce horas que sólo era su primera parada antes de llegar a la fría Harbin, donde se pasó un año helándose el culo mientras se sacaba un nivel de chino que me hace tenerle mucho asco y mucha envidia. Ahora vuelve a estar en la capital y me invita a cenar brochetas de corazón de pollo regadas con cerveza. Mola.

Me quedo en su casa estos días: voy a unas jornadas de profesores de español (luego me enteraré de que son las sextas y que aquí todo el mundo se conoce) y, de paso, me reconcilio un poco con la ciudad, que, como Shanghai, tiene esos momentos y días en que lo mandarías todo a freír viento. Pero a pesar de todo, Pekín es como un viejo amigo: cuando ya le conoces, le perdonas todos sus defectos. Y para cuatro días, no voy a quejarme. Ni del aire.

Día 2.

Me despierto y no veo el sol aunque hace rato que ha amanecido. Parece que va a llover.  De camino, puestos de crepes grasientas y leche de soja con una pinta increíble. Me gustan las ciudades chinas porque todos los días parece una verbena. Me meto en un autobús atestado que me lleva a un metro aún más atestado. Ratifico mi teoría: aquí hay menos escaleras mecánicas. Llego a la Beijing Daxue después de dos cambios de metro y dos amables voluntarias que hablan español me acompañan al edificio de las jornadas. Todo es enorme, todo es gris, hace un calor del copón y no son ni las ocho y media.

Busco la hoja de firmas y la cuerdecita con la acreditación y avanzo en medio de un pasillo que parece un primer día de clase en el que tres cuartos de la gente ya se conocía antes del instituto: todos se saludan, todos se conocen. Qué tal, Mengano, te acuerdas de Hong Kong. Dónde estabas, Fulano, Suzhou o Hangzhou. Ratifico otra teoría: las profesoras de ELE se parecen casi todas entre sí. Una especie de rasgo común. No sé qué es. Me preocupa. Me repinto los labios. Será el pelo.

Las charlas no están mal. La gente habla de cómo da sus clases y yo soy muy impresionable, así que (casi) todo me parece bien. Nos dan café de sobre y pastitas. Las primeras horas apenas sé ni situar en el mapa las ciudades de China cuando hablamos de dónde damos clase, qué asignaturas tenemos y demás. Me recuerda a algunas conversaciones en Shanghai, esas en las que nunca sabes qué más decir cuando ya te has intercambiado la información básica de y-tú-de-quién-eres.

Luego aparece el gremio comiquero y todo mejora un poco. El próximo curso explicaré en clase el refrán de Dios los cría y ellos se juntan. Llega la última charla y nos vamos a un bar con futbolín y cerveza a diez yuanes la jarra. Compruebo que Pekín sigue siendo más barato que Shanghai.

Y nada, que cerramos el bar.

Pequinesadas

El fin de semana pasado visitamos Beijing. Era mi tercera vez en una ciudad que me fascinó la primera vez que puse un pie en ella, en 2009, y que me terminó de enamorar cuando volví, en 2010.

He vuelto de este viaje con la garganta hecha trizas y, además, un poco decepcionada.

Supongo que es porque no soy la misma que hace tres años y que después de la vuelta a España y de un tiempo en Shanghai soy ya capaz de verle los defectos a lo que me eclipsó las primeras veces, pero me he encontrado una ciudad incómoda (tanto para el que trabaja como para el que la visita), sobreexplotada, con muchísimos turistas,  muchísimos listos intentando timar a los turistas y muchísimos mendigos (la mayoría, además, con niños) pidiendo dinero a los turistas, cada grupo más ruidoso que el anterior.

También es porque para un fin de semana largo es inevitable visitar templos, hutongs y esa plaza que, obra y gracia de la polución, ya es del mismo color que el cielo, y los circuitos turísticos son eso, turísticos, pero da la sensación de que todo es un inmenso decorado de película de Fu-Manchú. No digo que no me siga gustando, porque le tengo mucho cariño, pero es verdad que la veo con otros ojos, y quizá no la elegiría para vivir en ella.

Estas son algunas ideas aleatorias que se me han ocurrido durante esta visita:

-Olvidarse del abrigo porque el día de partida hace sol en Shanghai es una de las cosas más tontas que pueden cometerse al viajar a una ciudad donde se llega a cero grados en abril.

Airbnb nos ha permitido conocer a una hongkonesa encantadora que nos alquiló  un cuarto gigantesco con baño propio, nórdico kawaii, batamanta y opción a hacer uso de su guardarropa. Especialmente indicado para idiotas que se dejan el abrigo en casa.

El gobierno ordena apagar la calefacción central de los hogares cuando empieza la primavera. Sigue haciendo frío. Ajo y agua: es primavera.

-A los pequineses, por alguna razón que no alcanzo a comprender, no les gustan las monedas. Me salen los billetes de un kuai (doce céntimos) y de un jiao (1,2 céntimos) por las orejas.

Los taxistas pequineses, si te ven cara de extranjero, no te recogen. Si te preguntan dónde vas y no les va bien, tampoco te recogen. Y cuando te recogen, a menudo no tienen ni idea de dónde quieres es y te dan millones de vueltas por los múltiples anillos y puentes de la ciudad.

-Los taxímetros no cuentan los tres kuais de más que te suelen cobrar por carrera (por la gasolina) y que te dejan cara de que te están timando todo el rato cuando te devuelven el cambio.

-Quiero conocer al lumbrera que enseñó a todos los vendedores chinos a gritar hallo y darle dos hostias.

-Antonio, un amigo español que vive en Beijing, dice que ellos molan más porque tienen hutongs. Estoy por decirle que, a juzgar por el ritmo de construcción, dentro de nada no van a molar tanto.

-El Templo del Cielo sigue dándole cincuenta mil vueltas a la Ciudad Prohibida.

-Mi amigo Antonio habla chino con acento de Beijing: termina las frases rodando la lengua en el paladar, como si tuviera una patata caliente en la boca. El caso es que le entienden y a mí, que termino todo con a, como oigo en Shanghai, no.

-La famosa calle de los bares de Sanlitun me recuerda cada año más a Benidorm.

-Entrar al baño de un hutong y encontrarte dos señoras cagando ya es mainstream.

-¿Se acuerdan del distrito artístico, el 798, que lo iba a petar en cuanto a arte emergente y donde me compré ese bolso que paseaba orgullosa a todas partes? pues nada, que no termina de emerger. Más bien se está hundiendo. La tienda de los bolsos sigue, eso sí.

-Hemos visto a Mao y parece un Gusiluz.

-No podría vivir en una ciudad en la que me tratan como a una turista todo el rato.

-No me gusta el pato.

-Parece que el panorama de bandas en Pekín es el mismo que el de Shanghai: gente a la que no conoce ni su padre aullando en bares de colegas, con la diferencia de que en Pekín son casi todo chinos y en Shanghai suelen estar formados por el combo expatriado + china (s).

-En Pekín sigue habiendo industria de camisetas bonitas y ropa alternativa que se ponen todos los alternativos de la ciudad.

Cof, cofff. 

-Qué majos son los taxistas en Shanghai, oiga.

Canalillos de Suzhou

Suzhou es, como dice Pierre Patán, el Toledo de China: una ciudad histórica, bien conservada, turística y típica a morir. Diría que es el pueblo de aquí al lado si no fuera porque el pueblo en cuestión tiene nada menos que diez millones de habitantes.

 

Las principales atracciones de Suzhou son los canales, los dulces, los jardines y las pagodas. Las dos últimas las tienes en cualquier ciudad histórica de China, pero digamos que en Suzhou hay gente levantándose a las cinco de la mañana para que cuando entres al jardín, previo pago de entre treinta y sesenta yuanes, te encuentres unos bonsáis que parecen esculpidos, unas flores maravillosas y hojas de sauce rozando levemente la superficie del estanque etcétera. Todo está maravillosamente tranquilo hasta que llegan las diferentes divisiones de La Horda, cada una de ellas con un líder que, altavoz en ristre, empieza a contar la historia de los jardines y quién sabe si chistes también, mientras el equivalente al Imserso chino al completo come pipas y cloquea. Y es que, como todo, aquí el turismo es masivo. Un fin de semana de sol, que inspira a salir de la ciudad en busca de parajes más tranquilos y edificios de menos de veinte plantas de altura, tiene más o menos el mismo efecto en los veintitrés millones de chinos con los que compartes ciudad y en los otros tantos millones de localidades circundantes. Conclusión: los fines de semana bullen de actividad y de pipas y los parques públicos se convierten en verbenas improvisadas, flanqueadas de carricoches de comida, pinchitos, brochetas de fruta y zumos naturales. 

El caso es que Suzhou es bastante bonita. Se tarda menos en ir allí que lo que tardo yo en volver a casa desde el centro de Shanghai. El alojamiento es barato, la comida es barata, hay más escupidores por metro cuadrado, el tráfico es más loco aún que en Shanghai y las calles y canales son el escenario perfecto para una sesión de fotos de boda. ¡Nosotros nos encontramos al menos con tres o cuatro! 

 

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Poco antes de que se enciendan las luces que convierten esta estampa de otra época en una feria.

Para una escapada de dos días, elegimos un jardín y una pagoda y nos pasamos el resto del tiempo callejeando por el casco histórico. Además, Daniel, nuestro anfitrión allí, nos descubrió uno de esos rincones desconocidos y llenos de encanto: el campus de la universidad de Suzhou.

 

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Fundado por unos metodistas americanos, los edificios antiguos se mantienen en un parque poblado de gingkos que invitan a jugar al frisbee, a tumbarse y a filosofar sobre la vida y la muerte. Y son esos momentos, con la tarde cayendo entre los árboles, cuando parece que no pasa el tiempo. 

Luego, al día siguiente, al encontrarte unas bragas tendidas en la puerta de atrás de un templo, o una señora escurriendo la fregona en el canal, con una pagoda al fondo, o un niño desharrapado jugando con el Ipad en un hutong, te das cuenta del contraste maravilloso, vasto y un poco cutre que es China, y hasta empiezas a verle el encanto a las nocturnas luces de verbena… 

 

Staycation suena a Vacachiones

Se me había olvidado que, aparte del placer de rebozarse en las sábanas leyendo lo que me apetece mientras los alumnos están estudiando o haciendo exámenes (entre ellos MIS exámenes), una de las ventajas de ser profe de universidad es que tenemos las mismas vacaciones que ellos. Frente a la triste semana de que gozan oficinistas, barrenderos o trabajadores de guardería, los laoshi tenemos un gigantesco puente Ming que nos lleva nada más y nada menos que del 18 de enero al 25 de febrero.

Si contamos con que las clases se acaban ( para variar, me enteré por los alumnos ) una semana antes, allá por el 10 de enero, y que yo entregué todas las notas en torno a esos días, se puede decir que esto es como volver al verano otra vez pero sin la presión de un nuevo curso.  O que esto es el puto paraíso con edredón, radiador de aceite y muchas películas y cómics.

Y no sólo eso. Además, la ciudad se vacía. Shanghai, que recibe a provincianos gente de todas las provincias durante el año, en esta época se prepara para despedirlos durante lo que es el éxodo más masivo del mundo: toda la gente vuelve a casa para pasar el Año Nuevo Chino en familia y me imagino que para repartir sobres rojos a mansalva.

Vamos, que ahora lo que tenemos aquí es como Madrid en agosto pero sin el calorazo y con todo (tiendas, bares, museos, galerías, cultureo, conciertos, saraos, happy hour) a pleno rendimiento. La palabra clave es “después de vacaciones”. Y mientras en España, con empacho de polvorones y cordero, se enfrentan a la enésima cuesta, aquí todo el mundo se entrega al noble arte de comprar ropa nueva y adornos en forma de serpiente.

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“Pequeños dragones”, dicen los chinos. Culebras que hasta en papel parecen monas.

Y en esas estamos. Con un tráfico que no nos creemos. Con el pronóstico del tiempo entre  las nubes favorables a paseos y las lluvias de febrero que invitan a los museos y, por qué no, a disfrutar de esas tardes de invierno en las que no hay nada que hacer salvo preparar el próximo concierto, los viajes de primavera o la siguiente diablura.

Creo que nos quedamos.