…y la toponimia metafórica (y III)

Orquídea, Pabellón, Loto, Brillante, Viento, Belleza, Eternidad, Este, Oeste, Floreciente, Luz, Pureza. Todos los mapas de todas las ciudades chinas parecen componer sus lugares típicos de las mismas palabras y expresiones repetidas ad infitinum. 

Hace una mañana fría que nos hiela las puntas de los dedos y los principios de las palabras. Llevamos dos horas caminando entre bosque, nos desviamos del camino y vamos a dar a un recodo sin nombre.

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La chica sentada frente al agua no se vuelve cuando hacemos crujir con nuestros pasos las tablas del embarcadero. Mira al horizonte, quieta. No valen metáforas ni imágenes ni comparaciones. Nos quedamos calladas.

Soy la primera en sentarme en la bancada, húmeda aún de lluvia. Apenas oigo a Elena, detrás de mí, o a mi lado, no lo sé, solamente tengo delante un enorme espejo de agua quieta. No es hermoso. Es gris. Es frío como el metal de un anzuelo. No sé cuánto tiempo pasa. Me incorporo, más aterida si cabe, y no sé si me he aclarado o he complicado más todo lo que hay en mi cabeza y que también está erizado de aparejos punzantes, pero me da igual porque ya es hora de irse.

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Cómo se llamará este sitio, pregunta Elena, cuando reemprendemos la vuelta al sendero.

La chica sigue ahí, sentada, sin moverse.

Yo qué sé, digo. Qué más da. Aquí, a este momento, no vamos a volver.

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Fin del mundo a toda vela (II)

Es el último viernes antes del fin del mundo y lo estamos pasando en medio del monte, en un hostel con encanto. Con encanto de verdad, y eso es difícil en la tierra donde o las cosas son horteras o pijas, sin término medio. Dragones, dorados, brillantes svarovski, neveras en el salón, ya saben de qué hablo. Esto no. Esto es todo madera, luces bajas y rusticismo medido al milímetro. Justo al lado del complejo destinado a jóvenes mochileros hay un hotelito para recién casados, un apartamento que parece haber diseñado el tataranieto de Gaudí un día que se lió a romper tazas y un perfil orgulloso de bergantín pirata.

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Antes de salir  rumbo gintonic, irrumpen alegremente tres jovenzuelos con toda la pinta de ser los últimos elegidos para equipos en una clase de gimnasia. Dos chicos y una chica. Ella nos mira. Parpadea. Sonríe. Se dirige a nosotras con un acento entrenado probablemente en todos los English corner de su ciudad. Lo mismo es de la mía, vete tú a saber.

-So, where do you girls come from?
Elena y yo ya no nos miramos. No lo necesitamos. Ya estamos curtidas en esto.

-Xibanya, decimos al unísono con la misma sonrisa encantadora, y nos escabullimos por el espacio que han dejado todas sus pretensiones de practicar inglés con extranjeros. Pareceremos tontas con nuestro acento infame y nuestra gramática balbuciente, pero nos da igual:  nosotras también queremos practicar chino. Y para eso, el único camino posible es negar que hablas la que parece una maldita koiné.
This is for you, nos dice, ya en el bar pirata, el músico lampiño al que ya hemos bautizado automáticamente como Nacho Vegas solamente porque nadie puede entendernos ni oírnos, y susurrando para el cuello de su forro polar (no vaya a ser que coja frío), se arranca con Hotel California. No se bajan del burro: de la misma forma que para un dueño de bar Manolo un chino es un chino sea de Vietnam, Corea o Mongolia Interior, nosotras nacimos con acento del Mississipi y punto. Pero le agradecemos el regalo con una sonrisa y ladeamos la cabeza para escuchar mejor.

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Bebiendo té.

 

Somos las únicas occidentales en todo el café, pero no arrancamos más miradas que de curiosidad. Se disculpan en inglés cuando nos rozan con la silla y esbozamos un “no pasa nada hombre” en mandarín. Bebemos cerveza y gintonics en vasitos de muñecas mientras a nuestro alrededor revolotean chicos y chicas ataviados con gorros de Santa Claus que celebran una fiesta con pruebas y regalos. Alborozo general cuando a una de las féminas le toca, ohdiosmío, dar un beso en la mejilla al colega de al lado.

Uno de los amigos del músico, después de pasar cuarenta sillas por delante de nosotras, termina invitándose a una ronda, por las molestias. Es animador, qué gracia, animación se dice dong hua, dong de movimiento y hua de pintar, claro, qué lógicos, maldita sea… Todos quieren hablar con nosotras, todo sonrisas y cortesía. Escriben sus nombres en servilletas y postales gratuitas. Nos intercambiamos los teléfonos, ya por costumbre que porque realmente vayamos a usarlos alguna vez, casi me da vergüenza sacar el mío, un walkie talkie que compré en Beijing hace dos años por necesidad y que requiere que pulse las teclas con más fuerza que si tocara, también, una guitarra testaruda.

A la novia de uno de ellos, cabecita ladeada, todo mohínes, no parece hacerle mucha gracia todo el tinglado y les arrastra de allí con esa fuerza infantil que sólo saben sacar algunas mujeres adultas.

Ya solas, Elena y yo hablamos hasta que nos cierran el barco. Hablamos de lo seguras que nos sentimos aun yendo solas por ahí, de noche. Hablamos de lo jodido que es vivir en una parte del país al que no se le permite la calefacción central. Hablamos de la gente tan distinta que se conoce viajando. Hablamos de la naturalidad y la camaradería que reinan en estos reductos de jóvenes, curiosos y cultos y hasta atrevidos cuando se ven con confianza, y hablamos de que nos gusta estar ahí, lo que nos gusta haber roto la rutina con nuestras respectivas ciudades y haber venido hasta aquí a beber cerveza y gintonics, y a hacer a fin de cuentas lo mismo que todos esos chavales que juegan a los besos y ríen y aplauden los platos de fruta decorada y hablan con excitación de la belleza del lago del Oeste:  disfrutar de la vida. Nada más. Y nada menos.

Las escapadas (I)

“Deberías ir a Hangzhou. Es muy bonita. Tiene un lago”

Una vez llegas, es muy fácil dejarse engullir por la rutina de una gran ciudad. Especialmente, por la rutina de esta gran ciudad. Pero cuando te asientas y miras un poco alrededor, ves (aparte de las millones de cosas que hay que ver, claro), primero, que, como en Madrid o Barcelona, muy pocos (muy orgullosos, eso sí) son realmente de aquí; y también, que se puede viajar a cualquier parte del país con dos duros y un paquete de fideos envasados.

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la estación de Shanghai Sur.

Shanghai, aparte de incitar al vicio, a la perversión, a las compras compulsivas y al uso de artículos kawaii,  cuenta con nada menos que tres estaciones de tren, dos aeropuertos y de autobuses mejor no preguntar porque con los interurbanos ya tengo suficiente para el resto de mi vida. Y es tan fácil como ir a la estación dos días antes, sin prisas ni agobios (aquí como vayas con prisas o agobios estás perdido) y, si el mandarín no da para tanto, elegir el mostrador english-friendly con la señorita que te asusta farfullando un “no seat” cuando lo que quiere realmente decir es que tu tren no tiene asientos numerados….

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estaba el tren rápido, el normal y el roñoso.

No voy a viajar sola. Viajar solo es un rollo. Menos mal que Elena, que estudia en Nanjing, que fue anfitriona mía allí y se dejó acoger por mí en Shanghai, piensa lo mismo. Para esta escapada conjunta lejos del traficazo y el ruido, elegimos una ciudad cualquiera, cercana y con un nombre que nos suena tan parecido a los de las otras ciudades y provincias como a un chino le sonarían Cataluña y Calatayud.

Creo que es la segunda o la tercera vez que oigo hablar de esa ciudad (más o menos las mismas que mis alumnos las provincias españolas) pero según dicen, es muy bonita y además, tiene un lago.

El tren lento, con sus asientos cubiertos de tapicería de colchón, tarda dos traqueteantes horas. No es mucho, si tenemos en cuenta que ha costado 29 yuanes…

Llueve en Hangzhou cuando al fin el tren se para. Al ritmo del “fapiao fapiao” de los revendedores de billetes, busco un YonHe King (una especie de McDonald’s especializado en leche de soja y porras, sí, porras) con wi-fi desde el que esperar con un té caliente a Elena, que  me ha llamado hace poco para decirme que llega con retraso. Ha sido una suerte conocerla. Ambas somos capaces (ella más que yo) de regatear por un souvenir, de mentarle a la madre a algún pesado o de chapurrear un poco sobre el fútbol, los toros o lo mal que está la cosa en España. No tengo que esperar mucho hasta que los veo aparecer, a ella y a su mochila. Nos pegamos un abrazo ante la sorpresa del grupo de universitarios que merendaba en ese momento y nos soltamos a cotorrear como si nos hubieran dado cuerda.

Protegidas bajo mi paraguas transparente comprado en un “todo a diez yuanes”, nos hacemos con un mapa, preguntamos aquí y allá y damos con el autobús correcto. Son las ocho de la tarde cuando llegamos al hostel, dejamos las cosas en la habitación mixta con ocho literas y nos vamos a por unas cervezas.

El fin de semana no ha hecho más que empezar.

Si yo venía a un congreso, pero me han liado.

Toda la vida sin saber qué es la semiótica y acabo aquí. Qué es esto.

Elena B., Universidad de Nanjing.

Pues yo voy a hablar de tecnología.

Everardo, Eve (México), Universidad de París.

Van a haber hondonadas de hostias aquí.

Antonio B., gallego.

No sé si han estado alguna vez en un congreso académico. Ni si han estado alguna vez en una ceremonia de inicio de curso de alguna universidad china. Por suerte o por desgracia he vivido las dos por separado. Y puedo decir que una combinación de ambas puede ser, más o menos, como mezclar Coca-Cola con Mentos.

La ceremonia de apertura. Bueno, más o menos. Había más flashes.

Gente, mucha gente. Universitarias con cámaras. Académicos de traje mirando de reojo las acreditaciones de color rosa en un silencioso  y tú de quién eres. Un grupo de música tradicional china nos ameniza con piececitas alegres que sonarían mejor si no nos las hubieran explicado. Y van a empezar los discursos.  Cuando salimos a hurtadillas nos intercepta un cancerbero. You can do that later, now you attend the ceremony. Así todo. Diplomacia, diplomacia.  Ups, sir, where is rhe restroomAl lado del baño hay una escalera de incendios. Aún resuenan los ecos de una melodía de flauta de bambú cuando nos damos cuenta de que ahora toca la foto de grupo. Y ese tío del megáfono se lo va a pasar pipa organizando a todos por tamaños. Al final, después de varios cheese, patata, qiezi (sí, aquí dicen berenjena), la cosa queda bonita. Además, nos regalan algo que parece un termo y un juego de cartas que no sé aún muy bien qué es.

Lo mismo es un recipiente de cenizas y no me he dado cuenta pero eh.

“No estamos en ningún lado y estamos en todas partes.”

Ponentes de todo el mundo. Todos vienen a hablar de su libro. Son expertos en semiótica que también dicen eso de “ay, el chino debe ser muy difícil”, aunque te citan a Deleuze, a Guattari y a quien haga falta, que para eso hemos venido. Toma, una tarjeta. Omiten el “niña” porque eso se lo reservan a las universitarias chinas que revolotean entre las facultades-pagoda, whatcanIdoforyú, followmeplease. 

La mentalidad holística y una posible broma semiótica a la hora de organizar los signos, los símbolos y el nombre de las putas sedes hace que encontrar una mesa redonda se convierta en una especie de gyncana. Y te ríes. Te ríes porque ay, esto ya es el arroz de cada día, amigos.

Me escabullo de la comida oficial en mesa giratoria y de la ópera Yuequ especialmente diseñada para alimentar la imagen de la China milenaria que tienen todos los turistas por muy académicos que sean.  Estos días me quedo en la residencia de una amiga que estudia aquí. Se nos seca la boca hablando en ese español coloquial que llevamos mes y pico sin usar. Lo primero que hacemos, una vez dejo la maleta con mi ponencia y mi carta de invitación en el undécimo donde vive, skypea y se tira de los pelos cuando Internet le da por saco, es irnos de cañas. Lo segundo, una vez sé cuándo me toca, es tomarnos algo que nos dicen es gintonic. Después de un tiempo aquí, ambas leemos menús, cruzamos la calle y luchamos por los asientos de metro tan bien como los locales, y nos vamos a conocer el kistch nanjiniano. Cuando pienso que lo he visto todo, me vuelven a sorprender.

Aquí, tomando el fresco.

En estos saraos se termina conociendo gente. Raro es que no se congenie y raro es que alguien no te invite a un café, o a lo que aquí llaman café, y estamos todos tan fatal de lo nuestro que terminamos cerrando tratos entrechocando tazas de plástico. Ya lo de que toda la mesa termine resultando medio gallega va aparte.

Al final, lo de menos son las ponencias.

Mira mamá, soy yo.

Yo me lo he pasado muy bien.

El congreso de Nanjing

Pues esto es el cartel del eventomamáAA.

Envié mi propuesta como envío todo: con desgana y hartazgo y pocas horas antes del deadline (lo siento, me gusta más esa palabra que la perífrasis en castellano. Porque sí). Horas después, me decían que estaba dentro. Eso pasó hace varios meses, cuando ya sabía que me iba a China y que Nanjing estaba como a una hora de tren.

Ahora, con el billete comprado y la maleta, como siempre, a medio hacer, me empiezo a dar cuenta de que esto va en serio.

Dentro de dos días estaré en el congreso Semio 2012 en la Nanjing Normal University, en una mesa redonda sobre literatura y espectáculo. Mi ponencia, de quince minutos si no me echan antes,  se titula  Fdez. & Fdez: Postpoesía y Afterpop, y hablaré precisamente de eso, de ellos dos, del trabajo conjunto de Agustín Fernández Mallo y de Eloy Fernández Porta.

Añadiría algo más pero es que me está entrando la risa tonta.

Joder, qué nervios.

El pórtico de la gloria

Tenía una cuenta pendiente con Galicia:

La noche en Santiago [Quintana of Dead]

y la lluvia, la empanada y Bonaval,

Javi nos confiesa ya en la plaza
[con gaiteiro dando por culo en jornada de oficina]
siempre quise asaltar ese trenecito de guiris vestido de indio, plumas y todo, nos reímos pero queremos hacerlo, los turistas boquiabiertos y los indios sacudiendo

las portezuelas a gritos,

lo que nos reíriamos,

Las aguas de A Lanzada me demuestran
que la gran diferencia entre niños y adultos
es que ellos son más sensibles a la excitación que al frío,
les miro gritar y nadar con los peces

más feos que he visto nunca.

Sólo me gustaría tener diez años para meterme

en el agua sin sentir.

Nos queda valor para asaltar cincuenta trenes

y que nos caigan encima mil estrellas.

Qué noches aquellos días.

Fai un sol de carallo (y la maleta sin hacer)


Tras una escapada de menos de setenta y dos horas a Oporto (benditas noches a veinte grados), vuelvo a marcharme.

Durante estos días de canícula en Madrid, me ha dado tiempo a conocer muchos funcionarios, a hacer muchos transbordos de tren y a cagarme en la puta madre que parió a las obras en verano y a la burocracia internacional. Mientras cruzo los dedos y espero que todo el papeleo vaya bien (porque falta otro viaje, el grande, el que me trae de cabeza) preparo una maleta de cabina tamaño avión de Playmobil para pasar dos semanas en tierra consorte.

Digo tierra consorte porque yo no soy de allí. Aunque se me pegue el acento a los dos días, aún me hacen gracia las gaviotas, el albariño me pega demasiado a la cabeza y mejor no hablamos de lo que me pasa con el licor café.

Nunca apuesto por nada ni por nadie pero lloré como una imbécil cuando en Galicia llovió ceniza. Cuando vi caerse casi ante mí un árbol envuelto en llamas y supe que aquel paraíso de andar por casa no iba a volver a ser el mismo.

Pronto me mudo a un maremágnum de rascacielos, cemento y cristal, pero de momento, al menos estas dos semanas, nadie va a quitarme el aire húmedo de los veranos de mi infancia. Nadie va a quitarme el triunfo de nadar a mariposa en las playas reservadas a valientes, ni las vistas, ni el viento, ni la lluvia de la que sólo me quejo en Madrid.

Santiago. Vigo. Cambados. A Coruña y el Viñetas con saraos y amigos varios.

Ah, y la acampada.

Porque me voy de acampada sin tienda ni saco pero con muchas ganas de ver a Tito & Tarantula, Mad Sin, Calle 13 (sí, me han leído bien), y no pongo que voy a ver a Las Grecas o a Cañita Brava porque todavía no me creo que hayan reunido ese cartel.

Qué quieren que les diga. A los grupos de modernos es mucho más fácil reunirles. Esto, como alguna que otra playa del Atlántico, es para valientes. Brincadeira here we go.

Con suerte todo se habrá arreglado cuando aterrice maltrecha en Madrid, pero entre medias quedan unos días de remojarse los pies. Aunque luego pida que me los amputen a la altura del tobillo. Benditas aguas de valientes.

Hasta la vuelta.