El día que se anegó Pudong

No llueve. Diluvia. Diluvia y se inundan las calles y mientras esperábamos a que amainara no pensamos que podría no hacerlo, y salimos fuera bajo el estruendo del cielo mientras la tierra bulle de pitidos y de voces, y hundimos los pies en el agua que arrastra ramitas y hojas; los hombres fuman resguardados bajo el dosel del gigantesco edificio de un banco que escupe gente sorprendida; otros comen algo de pie en la tienda que no cierra mientras fuera sigue lloviendo sin cesar.

No hace frío, ni viento, sólo cae esta lluvia que desafía a la ciudad y le hace ver que no es tan fuerte, y de pronto imagino el malecón y lo vislumbro inundado, imagino las aguas subiendo y cubriendo las baldosas como nos cubre ya más allá de las rodillas, emergen nuestros pies calzados en sandalias y brillan las uñas lacadas como tesoros de un naufragio.

Llueve y la gente, seria, sostiene los paraguas contra la tormenta. No es la primera ni la última. Hay que llegar (volver) a casa, al trabajo, a donde sea, y llegaremos cuando nos deje la lluvia.

Nos agarramos al teléfono como si pudiéramos avisar a alguien para que apague las nubes. Susurramos mensajes de ánimo, de fastidio compartido, de desesperación temprana y finalmente, de resignación. Para llegar al metro hay que vadear ese charco.

Podría ser peor. Imagina todo esto acarreando una maleta.

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-Hola, soy yo. No te lo vas a creer, pero…

Job [un]fair

Este fin de semana fui a una feria de trabajo para extranjeros que hicieron en Jing’an, uno de los barrios céntricos y de solera de Shanghai en la parte oeste del río (o sea, donde voy a vivir yo cuando tenga dinero).

Y fui no  porque no esté bien en la universidad, que aunque me paguen una mierda muy poco, ahorro un montón en alojamiento y hasta en comida para gastármelo luego en taxis; y no tengo intención de cambiarme, de momento. No hasta que pueda contarles a mis chicos chistes de vascos y que me entiendan.

Fui allí para curiosear, para conocer gente, para ver qué expectativas de trabajo tendría una filóloga  española en Shanghai y, bueno, también porque hacía muy buen día y me apetecía salir de casa.

El caso es que me planté en el salón del hotel cinco estrellas donde se celebraba la feria y, con los CV de Pierre Patán y el mío en la mochila, me di una vuelta por las cuatro filas de stands, a ver cuáles son los puestos más demandados en Shanghai por empresas, universidades y escuelas.

Ingeniero. Profesor de inglés nativo. Ingeniero. Profesor de inglés nativo. Realizador para la CCTV. Profesor de instituto bilingüe de inglés, preferentemente nativo. Profesor de guardería de inglés. Ingeniero. Profesor de… sí, lo han adivinado.

De aquí saco dos conclusiones. Una es que no me apetece cambiarme de nacionalidad o aprenderme las canciones de Magic English.  La otra es que esa noticia en la prensa que proclamaba a los cuatro vientos lo necesitados que están los profesores nativos de español en el mundo y sobre todo en China (ahora que es potencia, claro) me suena a una mentira tan grande como cualquiera de las que nos cuentan.  Y estoy por sacar una tercera conclusión, que es la de que los que hemos hecho una carrera de Humanidades no nos comemos una mierda en absolutamente ninguno de los países del mundo. Pero es que ya sabíamos todos dónde nos metíamos.

Con vistas a visitar otra feria de trabajo que se celebra en dos semanas, me consuela que una chica china con la que estuve hablando (ella intentando venderme un curso de HSK, yo intentando practicar mi pobre mandarín) me haya pedido el teléfono porque “hablo un poco español, quiero aprender más.”

Y yo juro y rejuro que nunca me había planteado el trabajo que tengo ahora, pero desde luego, me suena mejor que hacer cucamonas a niños en una lengua que no es la mía. Y creo que muchos angloparlantes nativos que he conocido aquí, graduados en Filosofía o Historia , están también un poco hasta las narices de Magic English. Pero a lo mejor es impresión mía.

5 cosas muy fáciles, 5 cosas difíciles y 5 cosas imposibles de encontrar en Shanghai

Después de un tiempo aquí, me doy cuenta de los contrastes que tiene esta ciudad. Así de primeras, se me ocurren estos, y probablemente se me ocurrirán más. Ni que decir tiene que si alguien tiene idea de dónde encontras las cinco últimas cosas, que me avise. Aquí va.

Cosas fáciles de encontrar

1. Comida buena en todas las esquinas. Ahora que viene el verano, a los puestos habituales de fideos y arroz frito, sopa de wan-tun, empanadillas y xiaolongbao (como empanadillas al vapor, rellenas de carne y además, sopa) se añaden los carricoches de fideos fríos, que vienen aliñados con vinagre de arroz, ideales para refrescarse.
 
2. Fruta de temporada tirada de precio. Ya de por sí está barata, pero cuando digo tirada, digo que hay camionetas con megáfonos que chillan que la bolsa de mandarinas está a dos yuanes (30 céntimos) o que la piña, que es lo que toca ahora, se vende, pelada y cortada, a cinco yuanes dos piezas. Fresquísimo, señora.

3. Artículos de uso cotidiano kawaii. Tijeras en forma de hipopótamo feliz. Cortaúñas con cara de osito. Pinzas de depilar esmaltadas con ojitos melosos. Eye-liner que parece una simpática mini-geisha. Pinchos USB en forma de garrita de gato. Ganchos de puerta de erizos alegres o abejitas zumbonas. La célebre washi-tape. Cubreabonos de metro con muñequitos. Todo, también tirado de precio y una auténtica tentación. Mi oficina parece la Aldea del Arce.

4. Pruebas de embarazo. No sólo en farmacias, que es lo habitual, sino que en todos los Family Mart y demás convenience store las venden, de todos los tipos, formas y colores, al lado de los chicles y las galletitas saladas. Algunas también tienen dibujos. Me pregunto cuándo las sacarán con música.

5. Bubble tea. Eso que ahora les ha dado a todos por esa bebida del infierno con burbujas de tapioca, más calórica que un Big Mac y un Whopper juntos, hace furor desde hace años en Shanghai. Hay una franquicia en cada calle y en autobuses y vagones de metro, adolescente que veo, adolescente que se aferra a su vaso atravesado por la gruesa pajita como si no hubiera un mañana.
 
 

Cosas difíciles de encontrar (no imposibles)

1. Desodorante. Por alguna razón, no se considera artículo de primera necesidad y hay que ir a Carrefour o a grandes superficies para encontrar alguno, por supuesto, de marca. Aquí no existe el equivalente a Hacendado para los productos básicos y mi cartera, después de alguna que otra compra, llora desconsolada.

2. Tampones. Lo mismo. Cada vez que encuentro en algún sitio, compro una caja. Por si acaso.

3. Sujetadores bonitos. Los hay, claro que sí, pero no a un precio asequible. Y aún no ha llegado mi socorrida Oysho a la tierra de los cruzados mágicos y el algodón blanco.

4. Café molido barato. Te adoramos, oh IKEA, por mantener los precios.

5. Libros en español. Soy asidua de la biblioteca Cervantes, donde puedo llevármelos prestados, pero aún no he encontrado ninguna librería. Aprovecho el formato electrónico y dejo el papel para el inglés y el chino (sobre todo, estos últimos, a precios de risa).

 

 

Cosas imposibles de encontrar

1. Cola-Cao. Vale que llevo sin tomarlo desde aquella época lejana en que elegía cada día una pajita diferente para ese néctar fresquito que me tomaba feliz y mientras leía cómics en la terraza de mi casa, sin preocupaciones más que jugar con los Playmobil. Bastante, vaya. Pero echo de menos tener un bote en casa, aunque sólo sea por saber que en algún momento de tensión,  estrés, pena o golosinería máxima puedo hundir la cuchara en el polvo achocolatado y disfrutar de ese pecado que, además, da tos.

Mis alumnos dicen que hace años había, pero que ahora “ya no hay”. No saben por qué. Ay de mí.

2. Cera facial.  Lo más cercano que he encontrado, también extremadamente difícil, ha sido cera para las piernas. Cuando le dije a la señorita que si tenía para la cara, me miró y me soltó “¡pero para qué, si no tienes pelo!”. En fin.

3. Cubiteras. Menos mal que Pierre Patán tuvo la brillante idea de improvisar una con envases de yogures, porque si no no hay quien pase el contenido de aquella botella fea de Absolut que nos compramos de oferta. Y para el té y el café, claro que sí.

4. Blu-tack. Cuenta la leyenda que en Taobao se puede encontrar, pero lo que es en la ciudad, no he visto aún una sola tienda que lo venda y, créanme, es vital.

5. Un angloparlante nativo que no sea profesor de inglés. Esto es broma. Alguno hay. Suelen ser entrenadores de futuros profesores de inglés.  

Tunolaowai

Los que llevamos un tiempo viviendo en China empezamos a notar que, aparte de contaminación y olor a tallarines fritos, flota en el aire un extraño síndrome colectivo que afecta a la mayoría de nuestros anfitriones de ojos rasgados. Se trata de un poco estudiado, aunque de sobra conocido, cuadro viral que se manifiesta de múltiples formas y que aquí hemos bautizado como el Tunolaowai.

El Tunolaowai es, básicamente, una hipertrofia de la cortesía que hace que el afectado por ella no solamente quiera ayudarte, sino, además, intente hacer todo, absolutamente todo por ti, apoyándose en el argumento de que “es que es muy complicado”. O dicífil. O muy muy difícil.

Son esa madre que el día en que nos ponemos a limpiar la cocina y ve nuestra pericia (jua) con el mocho le sale del alma un “quita niña ya lo hago yo”.

Veamos algunos casos prácticos:

-Perdona (inserte aquí nombre de alumno/compañero de curro) ¿Podrías ayudarme a sacar unos billetes de tren por Internet?
-Aaahhh, es que es muy complicado, bueno, lo voy a hacer por ti, es más conveniente, porque todo está en chino….

-Oye (inserte aquí nombre de alumno/compañero de curro/conocido aleatorio), ¿sabes cómo puedo poner dinero en mi móvil?
-Espera, que te voy poner yo dinero, es más conveniente.

También afecta al personal de tiendas, negocios de restauración, personal administrativo y bancos*:

-Ni hao…
-Hallouuu! What can I do for you?
-Wo yao….
-Look, lady, this is hand-made, want to try? reaaaallly cheeap!*

-Mire, quiero contratar servicio de compra online para mi tarjeta.

-De acuerdo…. oiga, no sé si lo sabe, pero está todo en chin0…

*Curiosamente, cuando algo funciona mal, el síndrome se disipa por completo.

 

Según esto, tú has venido a China porque te han obligado y tu estancia aquí para ti es una especie de sofisticada tortura porque esos malvados caracteres y esa infame pronunciación tonal están en tu contra para sobrevivir día a día. Ellos, que han aprendido inglés o hablan español, están aquí para ayudarte. Pero más que ayudarte, parece que están aquí para salvarte. Para que no tengas que hacer nada. Para recibirte con los brazos abiertos en el KFC de la esquina. Quita quita que ya lo hago yo, laowai bonito, toma un tenedor no vaya a ser que te me quedes con hambre o aprendas de casualidad cómo se dice pollo en salsa y la liemos.

Las primeras veces, el Tunolaowai sorprende, confunde y choca. Sobre todo porque en nuestros respectivos países, especialmente en España, se nos daría (y de hecho se nos da) un ardite si el guiri en cuestión no reconoce una palabra en el formulario del banco. Ellos se ven forzados a aprender. Y así de bien les va. Si al final la culpa va a ser mía, por preguntar.

Aquí, los extranjeros debemos vencer un obstáculo añadido: el que tus anfitriones favorezcan nuestra propia pereza a base de elaborada e inefable cortesía.

Ojo, que a veces es necesario. Y se agradece, por no decir que te abre el cielo. Pero otras, da la sensación de que les falta hacerte la compra o barrerte la cocina. Y, por mucha calma que te lleves puesta de casa, termina cabreando. Porque parece que piensan que tus ojos redondos te incapacitan para aprender o para hacer absolutamente nada que no sea esperar a que ellos, los locales, te den el pez sin enseñarte cómo se las ingenian aquí para pescar.

Hay dos formas de enfrentarse al Tunolaowai.

Una es la que eligen los que llevan en China varios años sin saber decir más que Nihao y hasta pronuncian “Caffe Latte” con acento de camarero chino.

Otra, la complicada, consiste en, siempre con una sonrisa igual de solícita que la suya, responder al dependiente que su inglés es cojonudo, pero que tu no entiendes inglés porque eres de España. En mandarín. Puedo asegurar que funciona.

Y ahí es ya cuando empieza de verdad lo divertido.

Libros en pantallas

Esto va especialmente dedicado a los sectarios del papel. A los que defendéis el libro objeto por encima de todas las cosas y podríais pasar horas aspirando el olor de las páginas. A los que miráis por encima del hombro a los lectores de e-book como si ya por ese formato estuvieran condenados a las metáforas baratas del best-seller.

Que sepáis que me encantaría regalaros, a todos vosotros, un traslado de un año a alguna ciudad de China.

Me encantaría que, a la hora de hacer una maleta con restricciones de peso, os vierais obligados a elegir entre todos esos hijos que habéis ido adoptando con el paso de los años hasta que casi os habéis tenido que salir de vuestra propia casa.

A ver qué tal se os daba sacrificar unos en favor de otros que luego, igual, no merecen tanto la pena, y todo esto, sabiendo que cada decisión será irrevocable y que os acordaréis meses después de aquella novela que dejasteis con todo el dolor de vuestro corazón en la estantería de un piso con Internet decente en Madrid, Barcelona o Vilagarcía de Arousa. Hagáis lo que hagáis, os vais a arrepentir. Vais a dejar más de lo que os llevéis en esa maleta a rebosar de cosas que nunca serán suficientes. Y sí, leer en inglés está bien, pero la lengua materna tira y no hay nada como una novela para alegrar un viaje en transporte público y a ver qué hacéis ahora sin apenas una librería en toda la ciudad donde poder ojear las novedades editoriales.

Aquí, en Shanghai, nadie lee en el metro. Nadie lee libros, quiero decir. Nadie tiene las narices a llevarse la versión china de la última conspiración de logias milenarias camino al trabajo por la sencilla razón de que ese viaje le puede llevar fácilmente tres horas. Y con un mamotreto de ese calibre en un vagón abarrotado no se puede maniobrar para conseguir un asiento. Muy pocos son los que sacan, si acaso, un cuaderno, y las novelas de bolsillo parecen estar extintas. Aquí el papel es un lujo. Pero sí se lee. Se lee en los tablet, en los Ipad y, sobre todo, en el móvil.

No sólo chatean, ven videoclips o capítulos de series, juegan al Angry Birds o se sacan fotos a sí mismos como si la pantalla fuera el espejo mágico de Blancanieves: también leen novelas. El bolsilibro busca su formato y lo ha encontrado en esas pantallas minúsculas sobre las que inclinarse (y abstraerse) en una historia de artes marciales durante un largo trayecto entre empujones.

Gracias a ese cacharro que me regalaron hace unos meses, me he sumado, casi más por necesidad que por otra cosa, al carro de los que pasamos páginas a toquecitos de índice. Y menos mal. Porque yo también era como vosotros, como esos que usáis como argumento que el papel huele bien. Ya sé que huele bien. Ya sé que los libros son objetos, maravillosos, cálidos, con peso y tacto y alma, y nada me hizo más ilusión que encontrarme con El héroe de David Rubín en la Biblioteca Cervantes de aquí porque ha sido lo más decente que ha caído en mis manos después de las redacciones de mis alumnos.

Y sí, claro que me gusta el papel. Pero también me gusta saber que puedo consultar mi parada de metro en el propio soporte donde leo. Me gusta tenerlo todo ordenado en un sólo rectángulo de bordes redondeados. Me gusta meterme bajo el edredón con una colección de cómics en formato digital y pasarme las noches, aquí tan tempranas, a la luz de la pantalla, pasando páginas a toques nerviosos porque quiero saber cuanto antes cuál es la próxima aventura de Jesse Custer. O en la vuelta a casa en autobús, una vez asegurado el asiento (que os prometo que no es nada fácil), arrellanarme y en ese trayecto que me sé ya de memoria, abrir en medio de esta lejana ciudad de China nada más y nada menos que los cuentos completos de Manuel Rivas.

Que yo antes era muy de papel, de cartoné y de rústicas. Y lo sigo siendo. Pero aquí, esta es la única manera de poder leer la colección entera de Hellboy en inglés. Y ya que es la única manera de acceder a ellos, no puedo esperar a que salga la versión electrónica de los bolsilibros de Memento Mori.Mientras, voy haciendo una lista de libros para la vuelta. O para hacer decidir a los valientes que me visiten. Que se fastidien.

Cómo va eso, Laoshi?

Siempre pensé que llegaría antes al paro que a la docencia. Es verdad que ser profe de universidad es lo más parecido a un oficio que aprendemos en la carrera. Pero me he encontrado con muy pocos catedráticos que tuvieran en cuenta esa maravillosa capacidad humana que es la de comunicar, transmitir y contagiar, y que es lo que, para mí, importa más de la enseñanza, más que los usos del se o la vida y milagro de Gustavo Aldolfo Bécquer.

Ahora, llevo dos meses poniéndome un mínimo de tres horas al día delante de treinta y pico personas y la verdad es que tampoco me he muerto. De hecho, si no se me cambian mucho de sitio, hasta me sé los nombres de todos. De los sesenta y seis. No, sesenta y cuatro. Bueno, que si no se cambian mucho de sitio no necesito el croquis que me hicieron el primer día y hasta puedo mirarles directamente a la cara.

La empatía nunca es fácil. Aquí menos. Para empezar, porque lo primero que hay que lograr, con clases como la mía, es hacerse entender. Por supuesto que han estudiado: este es su tercer año de español. Y no tienen mal nivel. De hecho, a veces les exigen un vocabulario bastante más específico que el que pueden exigirle a un estudiante de grado de Economía. Pero es como mucho la segunda vez en sus vidas que tienen un profesor extranjero que se dirige a ellos sólo en español. Y después está el contenido, sin ilustraciones, y en un registro que calificaríamos no ya de formal o ceremonioso sino directamente de viejuno. 

Así está el tema. Y cuando, después de lo que consideras una intervención gloriosa sobre el sexo de los ángeles, miras sus caras y ves un mar de bocas entreabiertas y entrecejos fruncidos. Casi se pueden intuir un montón de tiempos verbales y palabras con las consonantes cambiadas centrifugando en sus cabezas. Y entonces es cuando hay que tomar aire, decir “de acuerdo” y volver a repetir, más despacio, con cuidado, dándote cuenta de cuánto hay de cultural en todo esto y de que es jodidamente difícil explicar a quién llamamos Fulanito o qué significa que hoy es tu santo. Y aún no hemos hablado de gramática.

Ahora que soy yo la que está de pie, diciendo chorradas, dejándome la cabeza en buscar ejemplos y obligándoles levantar la cabeza del cuaderno para responder, me doy cuenta de por qué tantos profesores eligen la vía de la lectura monacal de apuntes apolillados. De por qué a tantos profesores se la suda si sus alumnos aprenden o no. Y me acuerdo de cuántas veces he sido de esa clase de alumnos  que miran al cuaderno e ignoran manifiestamente las preguntas del profesor como un mexicano una pelusa gigante en el desierto de Sonora.

Llevar una clase como la mía es intentar convencer a un grupo de cachorros tímidos de que en ese camino que tanto les asusta no hay ningún peligro. Es intentar convencerles de que avancen aun cuando cada piedrecita les hace agachar la cabeza o cuando cada tramo largo les hace desear echarse la siesta al borde. Y estar al frente, entre una pizarra que exuda polvo y una especie de proyector retrofuturista que carga mi USB cuando le apetece, es duro.

Yo también sufro los lunes. Y sufro a mitad de la semana, cuando estamos rodeados de tareas que no nos apetece una mierda hacer, ni a ellos ni a mí. Y antes de las clases de la tarde, cuando les veo llegar justo después de comer, con algún zumo o algún refresco de té, casi me dan ganas de decirles que nos vayamos al parque a hablar de cualquier cosa menos del Trienio Liberal. Me jode verles cansados porque yo, ahí delante, no me lo puedo permitir, y a veces me da envidia verles bromear entre ellos porque sé que estoy inevitablemente al otro lado. Sufro mis días malos sin que se me note más que en alguna palabrota que aún no me cogen y ya empiezo a tener mis propias muletillas.

Intento vencer su pereza fingiendo que yo carezco de ella. Intento enseñarles, aunque yo no tenga ni idea aún de cómo se hace. Tiro de intuición. De los (pocos) buenos maestros que he tenido. Del bendito Internet. Y por supuesto, del chino. Tiro de mi acento infame con el mandarín para que pierdan el miedo a equivocarse. Les pregunto por equivalentes en su propia lengua. Y a veces descubrimos juntos que hay un personaje en su literatura que es clavado a Celestina, o que tenemos expresiones, refranes y dichos prácticamente calcados. Yo también estoy aprendiendo.

No ocurre todos los días, pero hay veces que todos, o casi todos, atienden, o lo intentan. Días en que deslizo una broma y algunos la captan y se les entornan y les brillan los ojos. Hay otros en que, cuando les cuento algo, despacio, prestando atención a cada palabra, a cada acento, a cada maldito detalle de lo que sea,  soy de repente tan consciente que me dan ganas de llorar, quién sabe por qué. Y les miro, tan serios, tan atentos de repente, que tengo que disimular y beber agua, joder, que soy la profesora, y quién me mandaría empezar a hablar de la muerte de García Lorca.

Horror en el hipermercado o Cómo se come aquí (I)

Llegado el punto en que me regalan cebollino en el mercado, creo que ya puedo empezar a decir cosas sobre la comida de aquí.

Casi lo primero que hice cuando llegué a mi nuevo barrio fue lo que hace todo el mundo: buscar un hipermercado cercano para comprar, al menos, el desayuno. Porque lo siento, chicos, pero yo no puedo comer baozi a las siete de la mañana. Ni báozi (masa al vapor relleno de carne o verduras), ni saquitos de arroz semidulce, ni mantòu (bollo al vapor), ni digamos ya esa especie de MacPollo en brochetas que veo deglutir a los alumnos camino a clase. Pero ya si eso hablamos otro día de la comida de la calle, de la fruta fresca y del pescado agonizante en barreños.

Aunque en esta tierra no conozcan la canción del Mercadona, tenemos varios hipermercados. Ni que decir tiene que son todos chinos. Sí que es cierto que como a diez minutos en autobús, en la agradable e internacional zona de Jinqiao, sí que hay un Carrefour y demás Tierras Prometidas de los expats, esos paraísos de pan, queso y cereales a precios de jarrón de la Dinastía Ming. Pero eso es para cobardes.

家乐福: “hogar/familia, felicidad y buena fortuna” o Tenéis un equipo de publicistas que ni los Mad Men.

Comprar aquí, en un supermercado local, es toda una experiencia. Las primeras veces, de hecho, se parece bastante a jugar a una mezcla entre Las siete diferencias, el Quién es Quién y la ruleta rusa.

¿Cuál de esos mataría más rápido a un dragón?

Guiarse es complicado. Salsa de soja, de ostras,  salsa Yuxiang. Vinagres de arroz. Licores extraños. Algas secas. Snacks de patas de pollo, de algas nori, de tiras de pescado seco o de algo que se parece al beef jerky pero sólo se parece. Albóndigas de pescado, empanadillas y masa wantun en la sección de congelados. Leche en bolsas. Castillos de envases de fideos instantáneos. Refrescos de té que saben a puro y fresco ambientador. Mirinda (sí, en serio). Versiones tróspidas de las Oreo y de las Chips Ahoy.

Tú ponle color a eso, Zhang, que vamos a petarlo.

Faltan de pronto los espárragos, el tomate en lata, el atún claro, el vinagre de Módena o (por razones obvias) germinados de bote.

Otras veces hay que intentar imaginarse qué es cada cosa, porque la inmensa mayoría de las etiquetas están solamente en chino. Intento acordarme de cuándo he visto en España una etiqueta de yogur en caracteres y me rindo al karma. Suerte que existe el lenguaje universal.

Te amamos, cero azul.

Aquí, además de galletas y dulces que parecen salidos de la imaginación de un demente, también tienen sección de Hínchese luego a empanadillas sin culpa. Los signos a reconocer son la actriz guapa de turno, una esbelta silueta femenina o un apacible campo de trigo. Hablando de campos apacibles, también tienen avena.

Aquí dice que lo mejor es echarle una jarra de algo, y unos huevos y bayas del Goji.

Es verdad que he tenido que ir al Carrefour/ JiaLeFu a comprar vinagre para las ensaladas. Que pagué un dineral por una lata de lentejas antes de descubrir que aquí venden soja a granel de todos los colores y que, para lo que la uso, con una botella de aceite también de soja no voy a dejar que me atraquen con el de oliva. Porque todo lo occidental es caro. Escandalosamente caro. Y no me da la gana dejarme el sueldo en comida como la de casa cuando puedo simplemente sustituirla, ahorrándome una fortuna y de paso echándome unas risas cuando descubro que las galletas contienen trocitos de alga nori.

Mientras tacho los días que me quedan para ir de excursión a IKEA y comprarme una cafetera, o hago cábalas de cuándo me saldría a cuenta comprar una botella de vino bueno cuando venga visita, me las apaño. No tendrán vinagre de manzana ni queso de tetilla. Pero tienen todo lo demás.

Y no sé si lo he dicho ya, pero los makis, los onigiris y los california roll están en la sección de refrigerados.