Staycation suena a Vacachiones

Se me había olvidado que, aparte del placer de rebozarse en las sábanas leyendo lo que me apetece mientras los alumnos están estudiando o haciendo exámenes (entre ellos MIS exámenes), una de las ventajas de ser profe de universidad es que tenemos las mismas vacaciones que ellos. Frente a la triste semana de que gozan oficinistas, barrenderos o trabajadores de guardería, los laoshi tenemos un gigantesco puente Ming que nos lleva nada más y nada menos que del 18 de enero al 25 de febrero.

Si contamos con que las clases se acaban ( para variar, me enteré por los alumnos ) una semana antes, allá por el 10 de enero, y que yo entregué todas las notas en torno a esos días, se puede decir que esto es como volver al verano otra vez pero sin la presión de un nuevo curso.  O que esto es el puto paraíso con edredón, radiador de aceite y muchas películas y cómics.

Y no sólo eso. Además, la ciudad se vacía. Shanghai, que recibe a provincianos gente de todas las provincias durante el año, en esta época se prepara para despedirlos durante lo que es el éxodo más masivo del mundo: toda la gente vuelve a casa para pasar el Año Nuevo Chino en familia y me imagino que para repartir sobres rojos a mansalva.

Vamos, que ahora lo que tenemos aquí es como Madrid en agosto pero sin el calorazo y con todo (tiendas, bares, museos, galerías, cultureo, conciertos, saraos, happy hour) a pleno rendimiento. La palabra clave es “después de vacaciones”. Y mientras en España, con empacho de polvorones y cordero, se enfrentan a la enésima cuesta, aquí todo el mundo se entrega al noble arte de comprar ropa nueva y adornos en forma de serpiente.

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“Pequeños dragones”, dicen los chinos. Culebras que hasta en papel parecen monas.

Y en esas estamos. Con un tráfico que no nos creemos. Con el pronóstico del tiempo entre  las nubes favorables a paseos y las lluvias de febrero que invitan a los museos y, por qué no, a disfrutar de esas tardes de invierno en las que no hay nada que hacer salvo preparar el próximo concierto, los viajes de primavera o la siguiente diablura.

Creo que nos quedamos.

País democrático, país de represiones

El otro día salió el tema entre algunos de mis alumnos. No sé de qué estábamos hablando mientras practicábamos la hispana costumbre de tomar algo cuando se me ocurrió contarles lo del 15-M.

Normalmente no muevo un dedo por nadie y en los últimos meses aquellos restos del movimiento me parecían una especie de gesta pretendidamente heroica. Pero sí estuve en la puerta del Sol aquella primavera. No todos los días. No me quedé a pasar la noche. Pero sí agité los brazos en alto como si estuviera secándome las uñas en algunas asambleas. Vamos, más o menos como todo el mundo. Íbamos cuando podíamos, les dije. Estábamos cabreados, les dije. Les enseñé alguna foto de la plaza abarrotada, les conté lo del impacto mediático, lo que se sentía entre tanta gente que simplemente estaba igual de harta. Noté que con la tontería hasta me estaba emocionando.

Me miraron entre admirados y circunspectos.

Aquí no podemos hacer eso, dijo uno. La policía, dijo otro. Aquí, hace años. Y callan. Callan porque aquí persiste el fantasma de algo que ocurrió en Tian’an’men hace exactamente los años que tengo. Algo que se ha silenciado, que la censura en Internet contribuye a mantener bajo tierra y que todos saben y callan, como sabemos y callamos en España otros sucesos escalofriantes de nuestro propio pasado. Cada pueblo tiene sus particulares heridas. Sus políticos. Sus Historias.

Estos días, con seis horas de ventaja sobre España y un proxy que me salta la Gran Muralla censora, miro las noticias, leo los tuits y los estados de los que estáis allí. Veo los vídeos. Sonrío, sintiéndome sin saber por qué un poco extraña de repente, cuando aparece un nuevo héroe local que emula a un mago de fantasía épica. No sé si es la distancia, que siempre magnifica y agrava las cosas. Pero ahora mismo no sé qué siento. Si es miedo, pena, emoción o hasta un poco de orgullo por los que estáis ahora mismo protestando. Porque por muchas trampas, hostias y cambios de chaqueta, aún no os han quitado la capacidad de plantaros ahí delante y gritar que estáis muy, muy cabreados. Os queda eso. Aprovechadlo.

Ánimo.

Y valor.