Yo ya no sé si voy o vengo

Sigo sin acostumbrarme a las despedidas. A las visitas fugaces. A los “entonces, ¿vuelves a irte?” y a los “hasta el verano que viene” que han sido la banda sonora de este mes y pico que he pasado en España entre amigos con la amarga sensación de que me faltaba el tiempo.

Sigo sin acostumbrarme a pensar que sólo podré celebrar los cumpleaños de los que nacieron en julio o agosto, que no podré asistir más que virtualmente a lo que les pase este año y al hecho de que, para ellos, me he convertido en una especie de visitante ocasional de sus vidas y de la que saben algo, cuando saben, por esas fotos en las que pocas veces se ve el cielo.

El caso es que ya estoy aquí y, como cuando vas de visita a casa de tus padres, ya sé dónde está todo. Cuando llegué, hace dos semanas, el campus hormigueaba de estudiantes uniformados. Pensaba que lo habían tomado una especie de fuerzas cuquis cuando descubrí gracias a las fotos de Dave, un compañero del departamento de inglés, que se trata de unos ejercicios militares que los pobres estudiantes tienen que hacer a pleno sol (y humedad) de agosto.

Image

Después de una de esas reuniones de departamento diseñadas especialmente para presionarnos, hemos comenzado el curso. Me han asignado dos clases, también de tercer curso, y no me libro del manual bautizado por un antiguo alumno como Coñazo 4 ni a tiros. Los chicos ya me conocen de vista (así me ahorro los “oohh” y “ahhh” que causé el año pasado en mi primer día), y ya empiezo a aprenderme sus nombres, aunque cada vez que miro a Rayo (sí, se llama Rayo) le visualizo travestido de señora shanghainesa en la función de Navidad del año pasado…

Ahora, después de alguna que otra despedida más (porque aquí una constante son los amigos que se van), toca reencontrarse con los que se quedan. Reencontrarse con esta ciudad que me sigue sorprendiendo cada día, para bien o para mal. Seguir hablando con mi profesora de chino de curiosidades y chorradas mientras repasamos gramática. Ponerme el culo de hierro en clase de Pilates. Y conseguir que un crío de nueve años aprenda español. Conmigo.

Socorro.

Mi extraña afición a las montañas rusas

Tendría muchas otras cosas que contar sobre cómo es la vida aquí o sobre qué he hecho últimamente, pero no estoy de humor. No estoy de humor porque lo que realmente me gustaría hacer este martes por la mañana en que libro no es sentarme ante el ordenador sino quedarme tranquilamente en la cama ronroneando con mi pareja hasta que a uno de los dos se le ocurra levantarse a hacer el desayuno. Pero él no está. Está, claro, pero en España, a seis horas por detrás en el huso horario.

Bienvenidos al maravilloso mundo de las relaciones a distancia.

He estado sin pareja durante un tiempo, más tiempo del que las lenguas viperinas consideran decente, sin que me importara una mierda y con mis subidas y bajadas emocionales. Pero el año pasado, pocos meses antes de irme un curso entero, quizá dos, o tres, o los que fueran, a la China, se me ocurrió eso que dicen echarse novio. Llámenlo como les dé la gana, yo también puedo ser cínica cuando quiero y nuestra generación parece que vive en un “meh” constante en lo que se refiere a al amor. Nos hemos liberado de tantos términos considerados anticuados que cualquier palabra que no se refiera al hedonismo más salvaje nos hace enrojecer y negarla rápidamente como niños de colegio. Y me incluyo, eh.

Se nos ocurrió no dejarlo antes de que yo me fuera, ver qué pasaba, aunque sólo fuera para darle a él la oportunidad de hacer turismo (ven, yo también soy una cínica). Se nos ocurrió vivir durante unos meses en esa especie de realidad alternativa que es la de estar hipercomunicado sin estar, sin verse, sin olerse, sin tocarse, sin sentirse de verdad. La realidad de los mensajes cruzados, canciones y fotografías por cualquiera de las redes sociales a las que estamos enganchados. Sin poder llamar justo cuando quieres hablar de verdad, y ahora espera un rato, tengo lío ahora, luego te llamo, me voy a dormir, luego no estoy, ahora el sonido no va, esto es un rollo. Y sabes que no puedes exigir nada, pero el vacío en la Red es un recordatorio constante, como una herida que no termina de cerrarse, y duele. Joder que si duele.

Resulta que, afortunadamente, gracias a algunos ahorros y a las ventajas del freelancismo, ha podido venirse aquí conmigo el tiempo de un visado de turista. Hemos tenido suerte: no todo el mundo puede hacer eso. Conozco, y conocerán, casos peores, y todavía tendremos que dar gracias a que Skype haya democratizado los tequieros a miles de kilómetros de distancia.

Hemos estado tres meses conviviendo en un espacio pequeño, con China bullendo fuera y sin posibilidad para él de escaparse en caso de que quisiéramos matarnos de repente. Todo esto, que parecía un suicidio, ha terminado resultando mejor de lo que esperábamos. Y eso también es una putada. Porque yo vuelvo en julio a España. Pero a lo mejor, si todo va bien, me quedo otro año más aquí. Es decisión mía, dirán. Haberlo dejado, dirán. Haberte ido a Portugal, dirán.

Claro que es decisión mía. Pero porque si me vuelvo a España, seguramente me esperen unos meses, o unos años, de vivir con mis padres, otra vez. De buscar trabajo, seguramente sin éxito. De arreglar el mundo en un bar con una caña en la mano mientras los amigos van emigrando y todo se derrumba a nuestro alrededor con la parsimonia de las ciudades viejas. Y eso tampoco es vida.

Y duele pensar que volver a España por más tiempo de un mes es el último de mis deseos ahora mismo. Duele porque eso supone dejar atrás muchas cosas o plantearse otras. No todo el mundo tiene el dinero para traerse a los que quiere al otro lado del mundo y yo no soy una empresaria, ni una gestora cultural de éxito, ni nada por el estilo. Solamente soy una recién graduada que quiere buscarse las castañas en el extranjero antes de pudrirse en casa de sus padres durante los mejores años de su vida.

Es curioso cómo han cambiado las cosas. Antes, lo que aprendíamos a través de las películas que acababa con una pareja eran las rutinas, el aburrimiento, cada uno leyendo en su lado de la cama. Aquí, las rutinas consisten en el trozo de pared que se ve a través de una webcam.

Lo peor es la incertidumbre. No saber qué va a pasar en los próximos meses con mi vida en general, ni la laboral (porque encontrar trabajo aquí tampoco es fácil) ni la sentimental. No poder hacer planes de ningún tipo más que a corto, cortísimo plazo.

Mientras cruzo los dedos para que el menor de nuestros problemas sigan siendo las conexiones de Skype, pienso que ya veremos, que ya pensaremos en algo, que ya sobreviviremos. Hasta julio, mientras, tendremos que seguir despertándonos solos.

Vacíos

Aquí estoy, un viernes cualquiera de los de quedarse en casa, portátil en el regazo, sobre la funda nórdica que compré con uno de mis primeros (y escurridos) sueldos de mi flamante vida adulta, a miles de kilómetros de distancia del lugar que me vio nacer, crecer hasta  odiarlo y querer alejarme de él, primero hacia Madrid, hasta que lo de querer perderlo de vista se me fue un poco de las manos.

 

A todos los que conocí anoche en aquel sitio les dije que llevo seis meses en Shanghai, pero he perdido  la cuenta del tiempo y ya tengo que calcular con los dedos el tiempo que ha pasado desde que llegué, entre devastada e ilusionada, a la ciudad que había dibujado una y mil veces en mi cabeza, una y otra vez.

 

Me gusta vivir aquí por muchas razones que siempre cuento a quien me quiera escuchar. O más bien escribo. Escribo mucho, y miro, a través de la ventanita de las redes sociales, qué hacen los que más me importan. Me cruzo mensajes breves, qué has hecho hoy, qué andas leyendo, qué película viste el otro día, por dónde salisteis el finde, esas cosas que dan la ilusión momentánea de que todavía estoy un poco allí, en la red de contactos inmediatos.

Pero no lo estoy. Y echo de menos estar. Echo de menos ese componente de celebración, de día especial, que tenía ir a comer sushi. Echo de menos las callecitas estrechas detrás de Gran Vía. Echo de menos no tener preocupaciones más allá de estudiar, hacer trabajos y cagarme en la puta madre del sistema educativo sin que eso cambie un ápice mi vida ni mis comodidades. Echo de menos encontrarme a conocidos por la calle, por los bares, en eventos varios, en el metro o en la parada del autobús. Echo de menos conocer los nombres de todos los sitios donde ir el fin de semana o alguna tarde de lunes. Echo de menos refugiarme del frío en un bar cualquiera y pedir un café en vaso que me caliente las manos antes de entrar al teatro. Echo de menos quedar con alguien con sólo diez minutos de antelación. Echo de menos no poder hablar de otras mil cosas con los que me envío mails de trabajos, encargos o consultas. Echo de menos a mi padre porque sólo puedo hablar con él un día a la semana y es el día que peor funciona Internet. Echo de menos a mi madre. A mis amigos. He echado de menos a mi novio todos y cada uno de los días que llevo aquí hasta que ha venido a verme y echo de menos no poder hacer planes ni sobre qué voy a hacer este verano. 

Y a veces me pregunto si merece la pena. 

También pienso que he tardado casi toda mi vida en encontrar cosas que echar de menos. Es doloroso, pero también emocionante, descubrir que se echan cosas de menos. Saber que hay cosas buenas en el lugar que dejas. Esas cosas que estarán esperando cuando regreses.

Fin del mundo a toda vela (II)

Es el último viernes antes del fin del mundo y lo estamos pasando en medio del monte, en un hostel con encanto. Con encanto de verdad, y eso es difícil en la tierra donde o las cosas son horteras o pijas, sin término medio. Dragones, dorados, brillantes svarovski, neveras en el salón, ya saben de qué hablo. Esto no. Esto es todo madera, luces bajas y rusticismo medido al milímetro. Justo al lado del complejo destinado a jóvenes mochileros hay un hotelito para recién casados, un apartamento que parece haber diseñado el tataranieto de Gaudí un día que se lió a romper tazas y un perfil orgulloso de bergantín pirata.

P1020711P1020710

Antes de salir  rumbo gintonic, irrumpen alegremente tres jovenzuelos con toda la pinta de ser los últimos elegidos para equipos en una clase de gimnasia. Dos chicos y una chica. Ella nos mira. Parpadea. Sonríe. Se dirige a nosotras con un acento entrenado probablemente en todos los English corner de su ciudad. Lo mismo es de la mía, vete tú a saber.

-So, where do you girls come from?
Elena y yo ya no nos miramos. No lo necesitamos. Ya estamos curtidas en esto.

-Xibanya, decimos al unísono con la misma sonrisa encantadora, y nos escabullimos por el espacio que han dejado todas sus pretensiones de practicar inglés con extranjeros. Pareceremos tontas con nuestro acento infame y nuestra gramática balbuciente, pero nos da igual:  nosotras también queremos practicar chino. Y para eso, el único camino posible es negar que hablas la que parece una maldita koiné.
This is for you, nos dice, ya en el bar pirata, el músico lampiño al que ya hemos bautizado automáticamente como Nacho Vegas solamente porque nadie puede entendernos ni oírnos, y susurrando para el cuello de su forro polar (no vaya a ser que coja frío), se arranca con Hotel California. No se bajan del burro: de la misma forma que para un dueño de bar Manolo un chino es un chino sea de Vietnam, Corea o Mongolia Interior, nosotras nacimos con acento del Mississipi y punto. Pero le agradecemos el regalo con una sonrisa y ladeamos la cabeza para escuchar mejor.

P1020699

Bebiendo té.

 

Somos las únicas occidentales en todo el café, pero no arrancamos más miradas que de curiosidad. Se disculpan en inglés cuando nos rozan con la silla y esbozamos un “no pasa nada hombre” en mandarín. Bebemos cerveza y gintonics en vasitos de muñecas mientras a nuestro alrededor revolotean chicos y chicas ataviados con gorros de Santa Claus que celebran una fiesta con pruebas y regalos. Alborozo general cuando a una de las féminas le toca, ohdiosmío, dar un beso en la mejilla al colega de al lado.

Uno de los amigos del músico, después de pasar cuarenta sillas por delante de nosotras, termina invitándose a una ronda, por las molestias. Es animador, qué gracia, animación se dice dong hua, dong de movimiento y hua de pintar, claro, qué lógicos, maldita sea… Todos quieren hablar con nosotras, todo sonrisas y cortesía. Escriben sus nombres en servilletas y postales gratuitas. Nos intercambiamos los teléfonos, ya por costumbre que porque realmente vayamos a usarlos alguna vez, casi me da vergüenza sacar el mío, un walkie talkie que compré en Beijing hace dos años por necesidad y que requiere que pulse las teclas con más fuerza que si tocara, también, una guitarra testaruda.

A la novia de uno de ellos, cabecita ladeada, todo mohínes, no parece hacerle mucha gracia todo el tinglado y les arrastra de allí con esa fuerza infantil que sólo saben sacar algunas mujeres adultas.

Ya solas, Elena y yo hablamos hasta que nos cierran el barco. Hablamos de lo seguras que nos sentimos aun yendo solas por ahí, de noche. Hablamos de lo jodido que es vivir en una parte del país al que no se le permite la calefacción central. Hablamos de la gente tan distinta que se conoce viajando. Hablamos de la naturalidad y la camaradería que reinan en estos reductos de jóvenes, curiosos y cultos y hasta atrevidos cuando se ven con confianza, y hablamos de que nos gusta estar ahí, lo que nos gusta haber roto la rutina con nuestras respectivas ciudades y haber venido hasta aquí a beber cerveza y gintonics, y a hacer a fin de cuentas lo mismo que todos esos chavales que juegan a los besos y ríen y aplauden los platos de fruta decorada y hablan con excitación de la belleza del lago del Oeste:  disfrutar de la vida. Nada más. Y nada menos.

Reunión en la cumbre o los anuncios coreanos

Dicen que es la auténtica Muralla. Yo, que llevo aquí casi tres meses, os digo que es una putada. Estoy hablando de eso que el gobierno chino llama “armonía” y los internautas bromistas, con un juego fonético que sólo entienden ellos, “cangrejo de río: la censura en Internet.

Facebook (cuya desafortunada aproximación fonética y sus respectivas ideas semánticas dan una idea de lo mucho que le gusta al Gobierno), Twitter, Youtube, WordPress y un sinnúmero de páginas bloqueadas o de un acceso tan lento que desespera. Como si las estuvieran traduciendo simultáneamente tres o cuatro chinos con anteojos, tan parecidos a los censores franquistas, intentando saber si dicen algo malo de Hu Jintao.

Que nadie se asuste. En este país se compra y se vende todo. La libertad, al menos la privada, no iba a ser menos. Antes de mudarnos a China y casi antes que los trámites del visado, todos los extranjeros aprendemos cómo hacernos con una VPN que, por alrededor de cuatro euros al mes, o incluso menos, permite que sigamos enganchados a la mayor droga contemporánea: la hipercomunicación.

El síndrome de abstinencia se dispara cuando el Gobierno, como los padres del protagonista de Trainspotting, se ponen serios y deciden que es hora de que temblemos un poco, por nuestro bien. Es lo que ocurrió hace una semana que se hizo eterna, cuando la cúpula del Partido Comunista Chino se reunió en Pekín para, entre otras cosas, hacer que nos lleváramos las manos a la cabeza mientras Twitter se nos caía encima una y otra vez y el icono del Skype giraba sobre sí mismo teñido de un desesperado color gris.

La cumbre, por lo que creo, ya concluyó. Les agradezco su intento de que todos los extranjeros nos interesemos en el futuro de la política china. Por mi parte, y después de varios días en que, para colmo, la conexión de mi edificio también se fue a hacer gárgaras, me quedo con mi pequeño reducto de libertad.  Aún no sé muy bien cómo funciona esto que parece casi una mezcla entre magia, fe y picaresca universal. Pero sé que, desde que puedo elegir el país desde el que conectarme, me encanta ver los anuncios coreanos en Youtube.