Por qué terminé poniendo cortos en un sótano (y de ahí a la calle)

Abres el programa (que sólo funciona con Explorer y que te ha llevado un mes y varias sesiones de Skype con Madrid para poder manejar). Introduces usuario y contraseña ajenos (curras para ellos, pero no eres parte de ellos). Describes las películas que vas a proyectar. Te aseguras de que hay copia, de que los derechos están vigentes, de que hay subtítulos, etcétera. Validas. Esperas a que den el visto bueno desde Madrid. Vuelves  a abrir el programa un par de días después para introducir toda la información en español y en chino. Lo anuncias a todo el mundo en todas las redes sociales posibles y das la vara a amigos y conocidos. Cruzas los dedos para que venga alguien a esa sala fría, como de museo, a ver lo que sea que quieres poner esa tarde de sábado que estás pasando allí en vez de en tu puta casa porque al fin y al cabo esto te gusta.

Consigues que los espectadores habituales pasen de ser menos de cinco a, después de unas cuantas proyecciones, casi veinticinco. Consigues que la gente se quede después un rato a charlar de la peli y de la vida en general, en español, que te propongan actividades, que te expresen sus ganas de seguir aprendiendo tu lengua materna y eso te llena de un orgullo que no te da ninguna otra cosa que pueda salir de esa patria que dejaste hace dos años.

Y entonces, una tarde, después de haber preparado la propuesta de los próximos seis ciclos, te llaman. Oye, mira, que nos han dicho los jefes de Pekín que la de cuentas está hasta arriba y que igual no pueden seguir pagándote la miseria que te pagaban  la cantidad acordada. Que nos han paralizado la compra de libros y que además, mira, que dice la jefa que no venía tanta gente como para justificar que continúen. Y tú dices que hen hao, que vale y que ya si eso me llamáis otra vez, sabéis dónde estoy, jeje.

Todo esto ocurre en la única institución que se supone difunde la lengua y cultura españolas en Shanghái. Una institución mutilada por los recortes y huérfana de personal, envenenada de burocracia y paralizada por sus propias trabas.

Lo que hice, después de colgar, fue seguir. Seguir currando en una proyección que continuase la que hicimos en el Basement 6 Art Collective el mes pasado, un espacio multidisciplinar que varios culos inquietos de Shanghái montaron en un antiguo refugio antibombas. Fue allí, y no en la biblioteca que se supone difunde la cultura y lengua del manco ese, donde proyectamos, gracias a la generosidad de muchos amigos, un buen puñado de cortos españoles.

Y así estábamos, preparando la siguiente proyección y un par de eventos más, cuando a los del sótano el casero les echa como a ratas. Qué hacemos ahora. Pues lo que hay que hacer: despedir el Basement 6 a lo grande. Ayudarles a buscar un nuevo espacio. Y de momento, hacernos con una carreta, una sábana y preparar el próximo evento donde sí que podemos: en medio de la calle. Al menos para eso no necesito utilizar un programa informático. Ni el Internet Explorer.

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Cuando no ves la película sino que la presentas

Dedicarse a montar eventos, sobre todo eventos alternativos, es como preparar todo el rato tu fiesta de cumpleaños: se lo dices a todo el mundo, nunca sabes cuánta gente va a venir y siempre más de uno te llega con excusas cuando le apetece quedarse en casa o emborracharse en Yongkang (perfectamente comprensible, por otra parte). El caso es que el miedo a quedarte con cara de gilipollas al lado de una tarta imaginaria está ahí.

En cualquier caso, como nos gusta más un sarao que otra cosa, a un amigo y a mí se nos ocurrió organizar juntos una maratón de terror aderezada con conciertos, canciones del RHPS y cortometrajes. Ver El Fantasma de la Ópera desde el palco de arriba de un teatro antiguo construido sobre un aún más antiguo templo budista fue sencillamente alucinante, y escuchar a una buena amiga cantar “I put a spell on you” antes de ver La noche de los muertos vivientes ponía la piel de gallina. Pero en fin, a la mayor parte de la ciudad, enfebrecida con el Mundial aunque los partidos se retransmitan a partir de medianoche, no le gustó tanto nuestra maravillosa idea. Incluidos los traidores de mis amigos. 

Estar trabajando en estas cosas, poniendo mi tiempo, mi esfuerzo y hasta algo de mi pasta por primera vez, me hace darme cuenta de lo difícil que es dar cabida a lo alternativo, especialmente en una ciudad como esta, y lo fácil que es convertirse en un amargado que echa pestes de la falta de movimiento de la ciudad, de la falta de iniciativa, de la falta de energía, de lo vaga que es la gente y de cincuenta millones de cosas más, cuando realmente nadie tiene la culpa: nadie te ha pedido que lo hagas. A nadie le importa si lo haces. A ti te parece que puede estar bien, y por eso te dedicas a ello. No puedes obligar a nadie a que venga a ver cómo destruyes tus horas de ocio del fin de semana. Y punto. Aunque luego te emociones cuando les ves aparecer y tienes a alguien a quien sonreír mientras presentas a nosecuál director iraní hecha un flan de vainilla pero menos. 

Pasar horas decorando un teatro o subiendo y bajando escaleras en plan Looney Tunes me hace apreciar aún más a la gente que, aquí o allá en España, apuesta tiempo, esfuerzo y horas de sueño para poner en pie sus propios proyectos. Por no hablar de esas ganas, como organizador, de salir corriendo del puto teatro o del puto café en cuanto se acabe la mierda que en buena hora se te ocurrió montar. Ah, no, que luego tienes que recoger. Porque sí, los asistentes llegan, ven la película o los cortos y se van, mientras tú llevas ahí más horas de las que se consideran adecuadas para una buena salud mental, y lo divertido es que nadie te ha obligado a nada de esto. 

En resumen: que a veces sale bien, a veces sale mal, a veces sale fatal. A veces vienen cuatro gatos y otras se te llena la sala y otras el sonido empieza a fallar y entonces te llevas la manita al corazón esperando el inminente infarto. 

Lo que está claro es que los hay que, pese a todo, no podemos dejar de hacerlo. Y qué quieren, hoy tendré cara de muerta viviente, pero hasta estoy un poco orgullosa de lo que estamos al menos empezando por aquí. 

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Ansiedad cultural: un caso verídico

“La situación me había sobrepasado. Del todo. ¡Tres conciertos en un día! ¡Tres! ¿imagina? Y antes, la presentación del poemario de un amigo en una librería-enoteca del centro o la inauguración de la expo de otra amiga en la galería multiespacio del barrio ***. Y claro, me esperaban. En los dos. Y yo qué hago. Porque claro, también podría acercarme a esa jam de electrónica itinerante, la V-vintech, sí, eso que hacen con ordenadores infantiles de los noventa, porque estos me habían dado un toque que lo mismo se pasaban y a X no le veía desde aquel festival de revival de Ópera de Taiwan que hicieron en aquella islita húngara…” 

El caso de Amelia P. no es el único. Amelia P.  (nombre ficticio) sufre un extraño y aún poco estudiado cuadro de ansiedad cultural que ya ha atacado a un importante sector de la población urbana. Activos en las redes sociales y con aficiones multidisciplinares, los jóvenes (y no tan jóvenes) como Amelia P. se ven afectados cada fin de semana o casi cada día por multitud de eventos que no son capaces de cubrir en su totalidad por una simple razón: son demasiados.

Amelia P., que lucha diariamente contra el síndrome de la clase magistral y el mencionismo,  entre otros síntomas del Síndrome del Licenciado para los que se halla en tratamiento, se encuentra cada día a la difícil tarea de decidir entre las infinitas opciones que compondrían su tiempo de ocio. Y esto le provoca una ansiedad extrema. 

Si elijo una opción me estoy perdiendo otra. Estoy perdiendo amigos, amigos que hacen cosas interesantes, ¿entiende? Gente con proyectos, con inquietudes. Gente de la que aprender. Y no sé qué hacer. Si la performance resulta ser un truño me habré arrepentido toda la vida de no haber elegido el collage en vivo…”

En ocasiones, Amelia P., que comprensiblemente no domina la ubicuidad, encadena varios eventos seguidos. En estos casos, es habitual verla en una fiesta de presentación con una copa en la mano, la postura compuesta y una sonrisa. Pero no disfruta. Mira el reloj cada dos minutos porque quiere llegar a tiempo al metro. Escucha sin escuchar. Sonríe, mirando a todas partes y a ninguna, ni siquiera cuando habla con alguien. Se la oye decir de vez en cuando “vine un rato sólo, si ahora tengo otra cosita…”. Casi se puede notar cómo el aire apenas pasa por sus pulmones.

Realmente, aunque parezca alegre, Amelia P. se encuentra al borde del colapso. Probablemente, su noche termine en llanto. Se lamentará por lo que ella calificará como “haber perdido el tiempo”. Aún no se ha encontrado cura para este raro cuadro y los tratamientos experimentales, basados en la inmersión en un medio adverso de voluntarios, a los que se trasladó a un medio rural sin más posibilidad de ocio que las mesas de las terrazas a la caída de la tarde, no han dado los resultados esperados, sino que incluso han agravado sus síntomas, especialmente los delirios de grandeza y el movimiento descontrolado de cabeza, añadiéndose además el gorjeo indiscriminado y el llamado síndrome del tag. El coaching y el pranayama parecen ser la única salvación de Amelia P. “Aunque me estoy planteando cambiar la última por las clases abiertas de danza africana, que siempre me ha interesado y lo imparte un tipo genial…”. Poco a poco, con mucho esfuerzo, intenta descontaminarse. Pero mañana, si nadie da con una cura, el ciclo de Amelia P., como el de tantos otros, comenzará de nuevo. 

Hostal Proust Magazine, “Ahogados por la cultura: un caso real”, Hostal Proust Ediciones, Primavera 2012