Dosmilcatorce

Al 2014 le pido un trabajo de verdad, un piso en el centro y unas cortinas bonitas.

Le pido conservar a mis amigos, que no sustituyan mis bares favoritos por restaurantes de estilo industrial y un festival de música en Japón o en Corea. Le pido aprobar con nota el HSK 5 y ese título de inglés que siempre dejo para pasado mañana. Le pido que no se separen mis grupos preferidos, que no se muera ninguna figura más de la juventud musical de mi padre, que mis amigas chinas se dejen de mandangas con eso de encontrar novio o marido, que Arcade Fire pasen por Asia, una cámara de fotos nueva y un par de vestidos y sombreros de otras épocas. Le pido aprender el dialecto local, más libros y cómics, seguir teniendo a Beijing como a un colega al que visitar siempre y que a mis alumnos les quede claro que España no es sólo toros, flamenco y paella. Le pido seguir con el KanKan Filmforum y con los proyectos para Inkside. Al 2014 le pido viajar muchas veces y sólo unas pocas sola. Al 2014 le pido estar viva, estar bien y poder dejar de pedirles dinero a mis padres. Le pido más ganas de retomar el piano, una cuerda floja, cumplir mis sueños y una primavera temprana.

Al 2014 le pido Shanghai.

Ya veremos. Feliz año nuevo.

Güi güís yú a meri crismas

Es Nochebuena y me levanto a las siete y algo, como cualquier otro día. Aquí se trabaja y el espíritu es de todo menos navideño. Concretamente, el espíritu es de trabajar como un cabrón porque los exámenes finales empiezan el lunes 30 de diciembre y los profesores tenemos que tener terminado el papeleo antes del 27. Eso quiere decir que Nochebuena y Navidad, aparte de dar las clases, hemos de inventarnos sopotocientas mil preguntas de gramática, comprensión textual y conocimientos culturales básicos. Estamos todos contentísimos. Además, otro maravilloso incentivo de estas fechas es que los alumnos están hasta los cojones de atender mientras intentan calentarse el culo en una clase helada sin calefacción, por lo que bastante tienen con mirar al cuaderno, entibiarse las manos rodeando con ellas sus preciados termos o desayunar a mordisquitos mientras yo me dejo la piel de las manos en la pizarra. Al menos el portatizas que me regalaron mantiene perfecta la manicura de mis uñas.

Casi todos mis amigos se han ido a pasar las Navidades en familia. Aunque nunca he sido fan de los langostinos pochos ni de las temidas discusiones políticas que a veces se montan al calor del vino peleón que compra mi abuelo en Navalcarnero a cincuenta céntimos la garrafa, ni he participado de los tejemanejes a lo minion de mis tres primos pequeños (que cuando se ponen, parecen trescientos), pasar este día sola me parece directamente triste, quién me lo iba a decir. Hasta echo de menos los villancicos. No los villancicos en inglés, no. Los villancicos cutres, los de pandereta y voz pastosa, los de letras absurdas a ritmo de botella de anís del Mono. En estos días no necesito ni una excusa para arrancarme con La Marimorena, todo sea por transmitir cultura española en Extremo Oriente. Es Nochebuena y me voy a esquivar gorros de Papá Noel al centro. He quedado con Elsa, que en realidad se llama Tang, y con su compañera de piso colombiana para cenar en casa de Thomas, un francés. No se ha quedado mucha gente más. No tenemos árbol ni turrón, pero tenemos jamón de Parma, embutidos, queso azul, quesadillas, pizzas y más vino del que podemos beber. Y en nuestra mesa no se habla inglés: se habla chino. Mezclado con alguna que otra palabra en español, pero mandarín, imperfecto y más fluido a medida que vamos vaciando botellas de tinto sudafricano. Mandamos mensajes a los amigos, nos abrazamos, bailamos temazos de supermercado. Hasta cantamos Los peces en el río.  Total, nadie nos ve.

Image Hoy he ido a trabajar. No hemos hecho mucho, pero tampoco importa. Y me han hecho regalos. Una antigua alumna hasta me ha escrito una postal, con una gramática perfecta y una promesa de amistad sincera. Image   Qué quieren. A mí estas cosas me hacen ilusión. Feliz Navidad.

“¿Vuelves por Navidad?”

Todos mis amigos, especialmente los locales, me preguntan si volveré por Navidad. Y me lo preguntan como si en estas fechas no tuviéramos todos que currar como lo que somos: chinos (auténticos, de adopción, de pega, lo que sea). Porque trabajo en Nochebuena. Y en Navidad. Y tengo el día de Año Nuevo libre por alguna conjunción planetaria que no me explico. El caso es que tampoco me molesta demasiado. Nunca me han gustado las Navidades. Nunca me han gustado las masas colapsando el centro de Madrid en una algarabía de diademas de reno y pelucas de colores, ni el ejército de Papás Noeles de peluche trepando por los alféizares, ni esos estandartes gigantescos con el Niño Jesús bendiciendo a los transeúntes que hacen de los balcones en que se cuelgan algo parecido a naves nodrizas alienígenas; y debo ser una de las pocas españolas que siempre ha rechazado las uvas y el cotillón, aunque sí que recuerdo una maravillosa Nochevieja (o la mitad de ella) con mi siempre añorada Lorena en un bar en medio de la estepa albaceteña. Pero por lo general, mi actitud se puede resumir en que paso. Paso de todo esto y por mí que se borren del mapa mazapanes, polvorones, zambombas y villancicos rocieros.

Pero estos días, en clase, explicando lo que hacemos los españoles en Navidad, me he dado cuenta de que para mí, el día 8 de enero sigue en mi cabeza como uno de los más tristes del año. En mi casa éramos, y somos, de Reyes Magos, y siempre lo seremos. De Reyes Magos en la mañana del día 6. De mis padres levantados hasta tarde envolviendo mis regalos de hija única, y con los que hasta la fecha (y ya soy mayorcita, oiga) siempre, siempre, han acertado.

Confieso que la noche de Reyes siempre me acuesto nerviosa y me levanto impaciente. Confieso que nada me ha hecho morderme más las uñas cuando era pequeña que escuchar a mi padre preparar la cámara al otro lado de la puerta mientras yo esperaba, en pijama y sin desayunar, a poder entrar y comenzar a desenvolver paquetes. Confieso que pocas cosas me hicieron más ilusión que, cuando conseguí mi primer curro de becaria, irme un día de compras de Reyes y dejar también regalos bajo el árbol.  Pienso en el día de Reyes y veo a mi padre desayunando con mi madre y conmigo, sin prisa, sin tener que irse a trabajar a la obra o a alguna casa,  y veo a mi madre, casi más ilusionada que yo, y el roscón, el trozo minúsculo que poco a poco aprendí a comerme sin culpa.

Este año es el segundo que paso el día que más me importa de estas fiestas lejos de casa. Sin nadie que me despierte a decirme que han venido los Reyes. Sin roscón, coño, sin roscón, con lo que me costó apreciarlo. Y eso jode.

Este año el seis de enero cae en lunes y tendré que trabajar. Pero después, por la tarde, por la mañana en España, hablaré con mi familia. Les desenvolveré sus regalos y ellos desenvolverán el mío, aunque bastante regalo es que me acepten y me aprecien aquí, allí o en el quinto infierno. No podré compartir espejo con mi madre al maquillarme, ni podremos irnos juntos a pasar la mañana a algún museo como hemos hecho alguna vez, ni mi padre podrá sacarme fotos como siempre hace (y bien poco que nos gusta a mí y a mi vanidad). Pero sé que están ahí. Que siempre estarán ahí cuando lo necesite para cualquier cosa que necesite, ya sea llorar, reír o tirar muebles contra el suelo. Y eso es lo único que me importa y lo único que intentaré recordar en estas fechas de pelucas de colores, gorros de Papá Noel y villancicos de niños locos. A ellos. Mis verdaderos Reyes Magos.

Felices fiestas.

Ocho comidas de China que no probaría ni borracha

Ahora ya no. Pero hasta hace no mucho yo era esa amiga estúpida de los cumpleaños a la que las madres de las amigas odiaban muy fuerte. Cómo que la niña no come pizza. Entonces la pasta de la niña sin tomate. Ah, pero que la niña. Y así hasta que a  la niña se le quitó tontería y descubrió el maravilloso mundo de las verduras ya pasaditos los diecinueve años.  Y no, nunca me llevaron a un comedor escolar porque mi madre temía que me muriera de inanición. Sigo comiendo pasta sin tomate, por cierto.

El caso es que como casi de todo, no soy alérgica más que a las gilipolleces y aquí, en China, estoy bastante bien. No solamente porque puedo cocinar  sino también porque puedo probar cualquier cosa imaginable salida de la plancha más inmunda y que, encima, estará rico.

Dentro de ciertos límites, me la suda el glutamato monosódico, el aceite de trinchera y que me den rata por liebre. Pero hay ciertas cosas que me acobardan. Estas son algunas.

  1. Huevos al agua de charco. En las convenience store y en algunas tiendas callejeras tienen esa especie de cubeta llena de un líquido oscuro en el que flotan huevos resquebrajados que parece que llevan ahí décadas. La leyenda milenaria dice que uno de ellos es de un dragón y que si un laowai se lo come vivirá mil años, pero no hay laowai que tenga ídem a comerse uno.
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  2. Albondiguillas en salsa. En esas mismas tiendas también venden algas cocidas, surimi, tofu procesado y otros materiales no identificados ensartados en palitos como de helado y macerados en una salsa más o menos de la época de la de los huevos al té, solo que esta es rojiza. Eliges los palitos que quieres y te los echan a un vaso de papel con una buena cucharada de salsita y… voilá. Ya tienes perfume para la ropa y los dedos durante un mes.Image
  3. Cuellos de pato. Más o menos populares incluso aquí en Shanghai, hay por todas partes franquicias y cadenas de tiendas con un patito feliz en el letrero que venden casi cuá-lquier parte del pato, pero la estrella es el pescuezo. Debe de estar delicioso, pero entre la pinta y que no soy tampoco muy fan del animalejo me echan bastante para atrás.
  4. Choudofu o “tofu apestoso”. No hay nada que quite más el apetito como salir del metro envuelto en ese olor picante, áspero y profundamente desagradable que se pega a la pituitaria como un tío pesado un sábado noche. Lo probé una vez. La textura no es desagradable, pero la sensación de que te estás comiendo un pedo rebozado no te la quita nadie.
  5. Patas de pollo. Esto ya es más personal, aunque me juran y perjuran que están buenísimos. Es que me recuerdan a los dedos artríticos de una abuelita de ochenta años, y bueno, como que no.
  6. Polvo de carne (meat floss —肉松). Es un snack muy popular, sobre todo para los niños. Lo venden en bolsas y también espolvoreado sobre bollería (¡). El aspecto es el de las pelusas de debajo del sofá de un piso de perroflautas pero teñidas de rubio intenso mezcladas con cera de orejas.Image 
  7. Huevo negro. No sé si es la textura, el olor o la sensación de que te estás comiendo un testículo de marciano, pero me resulta pelín desagradable tenerlos cerca.
  8. Snacks de pescado seco. Quizá me esté perdiendo todo un mundo de sabores y sensaciones. Creo que viviré con ello hasta mi próxima reencarnación en tortuga.

Por supuesto, hay mil cosas más que me gustan y que a casi todos los laowais con los que comparto exilio espiritual y etílico les hacen arrugar la nariz, como los pasteles de luna, que son una mezcla entre mazapán y polvorón y que solo puedo comer una vez al año para no sentirme un orondo Buda; o, esto ya más común, cualquier cosa que lleve pasta de soja roja (napolitanas, helados, dorayakis, baozi); por no hablar de los deliciosos tallarines fritos de los puestos de la calle.

Seguramente algún día termine venciendo mis prejuicios, los mismos por los que no pruebo los callos, las criadillas, cualquier tipo de chorizo o morcilla o la ración de oreja. O, como aquella vez en Oporto que me metí entre pecho y espalda unas reconfortantes papas de serrabulho porque olían de maravilla a comino y yo juraba que sabía como a legumbre calentita, ojos que no ven…

Guía de (cierra)bares en Shanghai

No solamente es poner la primera lavadora. O encontrar buenos amigos. O adaptarse al trabajo y al estilo de vida. O dar con un parque para leer a gusto una tarde de otoño. Una de las cosas que más en casa te hacen sentir es un buen bar. Un bar en el que pasarte media noche de cháchara descascarillando cacahuetes. Un bar en el que echarte al coleto una buena ginebra mientras oteas al (bello) personal. Un garito en el que dejarte las rodillas bailando hasta las mil. Es difícil, pero poco a poco se van encontrando.

Le comenté a Oriol, mente pensante detrás de la magnífica Chinalati, que me gustaría hacer una guía de los mejores bares en esta ciudad que tiene complejo de pija, de puta y de superficial, comparada con la “underground y auténtica” Beijing. Me dijo que vale, pobrecito.

Así que aquí estoy. Iré publicando mis hallazgos en cuanto a baretos documentándolos con batallitas, fotografías y demás, para demostrar que en Shanghai, aparte de beber vino con el meñique levantado, también sabemos emborracharnos con estilo.

Aquí va la primera de muchas. He añadido en la parte de Colaboraciones un botón con el nombre de la sección donde se podrán ir siguiendo.

Estén atentos.

Lo que dan de sí los meses: Resumen

Así, resumiendo, en el poco más de un año que llevo viviendo en Shanghai….

He participado en un videoclip;

He impartido una asignatura de redacción que transformé en clases de escritura creativa, con diferentes (y a veces sorprendentes) resultados;

He podido permitirme comer o cenar sushi al menos una vez por semana;

Casi no llego a fin de mes en un par de ocasiones (y con eso quiero decir que me quedaban diez euros en la cuenta) y he sobrevivido;

He aprendido una buena cantidad de palabras coloquiales en mandarín y algunas sueltas en shanghainés;

Se me ha pegado el acento de aquí;

Ha dejado de sorprenderme ver despiezar una tortuga viva en la calle;

He conocido a gente maravillosa por aún más maravillosas casualidades;

He visto tocar, entre otros, a Gang of Four, a Nouvelle Vague, a Godspeed you! Black Emperor, a The Tiger Lillies y a The Mary Onettes y he descubierto bastantes bandas locales;

Me he metido en la organización de un club de cine;

He sabido lo que es estar sin dinero o sin Internet cuando más los necesitas;

He podido salir del paso cuando una de las dos anteriores me faltaba, gracias sobre todo a la ayuda de amigos;

He desarrollado mi capacidad de improvisación y adivinación en cuanto al funcionamiento interno de la universidad y de la burocracia china en general;

He llorado más veces por frustración y desconcierto que por tristeza;

He salido airosa y sin pagar ni un yuan del intento del famoso timo del té;

He hecho de luna en un musical sobre la famosa canción de Mecano que dirigieron los alumnos en la función de Navidad;

No he dejado de aprender algo nuevo (bueno o malo) prácticamente cada día;

 

Y he descubierto que no quiero volver, o ir, a España. O quizá eso ya lo sabía. 

 

Yo ya no sé si voy o vengo

Sigo sin acostumbrarme a las despedidas. A las visitas fugaces. A los “entonces, ¿vuelves a irte?” y a los “hasta el verano que viene” que han sido la banda sonora de este mes y pico que he pasado en España entre amigos con la amarga sensación de que me faltaba el tiempo.

Sigo sin acostumbrarme a pensar que sólo podré celebrar los cumpleaños de los que nacieron en julio o agosto, que no podré asistir más que virtualmente a lo que les pase este año y al hecho de que, para ellos, me he convertido en una especie de visitante ocasional de sus vidas y de la que saben algo, cuando saben, por esas fotos en las que pocas veces se ve el cielo.

El caso es que ya estoy aquí y, como cuando vas de visita a casa de tus padres, ya sé dónde está todo. Cuando llegué, hace dos semanas, el campus hormigueaba de estudiantes uniformados. Pensaba que lo habían tomado una especie de fuerzas cuquis cuando descubrí gracias a las fotos de Dave, un compañero del departamento de inglés, que se trata de unos ejercicios militares que los pobres estudiantes tienen que hacer a pleno sol (y humedad) de agosto.

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Después de una de esas reuniones de departamento diseñadas especialmente para presionarnos, hemos comenzado el curso. Me han asignado dos clases, también de tercer curso, y no me libro del manual bautizado por un antiguo alumno como Coñazo 4 ni a tiros. Los chicos ya me conocen de vista (así me ahorro los “oohh” y “ahhh” que causé el año pasado en mi primer día), y ya empiezo a aprenderme sus nombres, aunque cada vez que miro a Rayo (sí, se llama Rayo) le visualizo travestido de señora shanghainesa en la función de Navidad del año pasado…

Ahora, después de alguna que otra despedida más (porque aquí una constante son los amigos que se van), toca reencontrarse con los que se quedan. Reencontrarse con esta ciudad que me sigue sorprendiendo cada día, para bien o para mal. Seguir hablando con mi profesora de chino de curiosidades y chorradas mientras repasamos gramática. Ponerme el culo de hierro en clase de Pilates. Y conseguir que un crío de nueve años aprenda español. Conmigo.

Socorro.

Mirada de alambre

Desde hace muchos años, casi desde que tienes memoria, no te miras en los espejos. Te vigilas. Vigilas cómo te queda la ropa, si te aprieta más o menos la cintura de la falda, y celebras la holgura de unos pantalones como si te hubieran dado un premio a la excelencia. Has aprendido, después de un tiempo, a manejar esa sensación de hambre, a valorarla, a domarla hasta que solamente la sentías cuando era la hora de una de las cuatro frugales comidas que hacías más como una necesidad que como un disfrute. Porque nunca lo has disfrutado.

Nunca te ha gustado comer, desde niña. Nunca te han gustado tus mejillas ni tus muslos ni la forma de tu cara y siempre has pensado en la forma de cambiarlos. Sabes que nunca has estado ni mucho menos gorda. Sabes que no hay ningún problema en comerse un trozo de pastel de vez en cuando. El problema es cuando al día siguiente, o hasta dos semanas después, sigues pensando en ese trozo de pastel y dudando de si te lo tenías que haber comido o no. Y esa es la historia de tu vida. O cuando alguien, una abuela, una tía, te dice con esa sabiduría popular y esa alegría campechana que te ve más rellenita y entonces la mirada en el espejo se vuelve un alambre de espino que te rodea la figura y te hiere como un cepo. El problema no son los cumplidos de las tías abuelas. El problema es lo mucho que te afectan.

Están las tardes en que comes tres galletas y las vomitas porque te sientes terriblemente culpable. Cuando eso lo conviertes en una rutina y notas la piel de los nudillos blanda y lacerada de tus propios dientes. Cuando con los más íntimos (una pareja, una madre) no sabes hablar de otra cosa que de si habrás engordado, mucho o poco. Y eso no hay quien lo aguante.

Y resulta que paulatinamente has ido reduciendo las raciones a la mínima expresión y con la excusa de que todo te sienta mal tu cuerpo se va encogiendo y encima de los huesos hay poco más que piel y todo el mundo se da cuenta pero tú clamas a los cuatro vientos que nunca has estado mejor que ahora mismo. Porque es verdad. Te sientes de puta madre. Te sientes superior al resto porque has conseguido, piensas, lo que muchas mujeres intentan y no consiguen.  Pero no eres capaz de cenar en grupo porque, aunque no lo quieras admitir, preferirías irte con Drácula antes que compartir ese postre. Al menos, piensas, Drácula no come. Y no puedes dormir. Y tu cuello y tu espalda sin masa muscular que la sostenga hacen crac y de repente no puedes llevar el peso de tu propia mochila. Y en la última clase te tienes que tomar un caramelo de regaliz (sin azúcar) porque tienes miedo de desmayarte. Y es invierno y llegas a casa, comes tu crema de calabaza caliente y tienes que descansar tapada con varias mantas y darte friegas en la contractura que parece que nunca se irá.

Un viaje, un evento o un festival que alteren lo más mínimo tu rutina de las comidas es una tortura que te tendrá días dilucidando los efectos que pueda haber tenido en tu cuerpo. Cuando te dicen que estás muy delgada llegas a enfadarte, “estoy perfectamente, estoy sana”. Pero sabes que si no tomaras anticonceptivos hormonales ya haría tiempo que se te habría retirado la regla. Y que puedes hacer yoga durante hora y media pero en aquel curso de acrobacia no fuiste capaz de subirte a las telas (nadie pudo, realmente) o de (eso ya es más grave) sostener tu propio cuerpo haciendo el pino más de dos veces. Y ahí ya te empiezas a preocupar aunque se te olvida cuando ves en el espejo el reflejo perfecto de tus costillas. Cuando te sientes ingrávida, vacía, limpia, pura. Como si flotaras. Como si te disolvieras en el aire.

Una de tus mejores amigas se asusta cuando pasas una noche acurrucada frente al radiador porque no puedes hacer frente al frío de un piso sin calefacción central aunque lleves dos jerseys. Y todo el mundo te dice lo bien que te sentarían unos kilos más y eso te aterra casi más que el que le pase algo a tu familia. Pero todo es tan perfectamente normal, está tan perfectamente integrado en tu vida que ni piensas que puedas cambiarlo, porque siempre ha estado ahí. Eso y el pegarte alguna que otra hostia contra la pared cuando ese cepo que se activa cuando te miras en los espejos te dice que te has portado mal, muy mal.

Luego empiezas a trabajar y te das cuenta de que o te mantienes en pie o van a empezar a pedir cuentas. Que ya ha pasado un tiempo desde aquellos días en que caías dormida unos minutos a las ocho de la tarde porque no habías comido más que aquella crema de calabaza a mediodía.  Aunque ya habías empezado, poco a poco y con mucho apoyo de los que lo saben de tu boca (porque todos lo intuyen, aunque no lo digan) a disfrutar de la comida, te sientes culpable y mides el aliño de las ensaladas y el tamaño de las raciones con la precisión de un químico. Oscilas entre el deseo de relajarte y ese viejo sentimiento de culpa que ya reconoces tan bien como la voz de tu madre. A él y a la sensación de ser una bomba de relojería en expansión lenta, latente, constante.

Y ahora, con unos kilos más y mejor cara, parece que todo está bien. Aún te asustas cuando la gente te hace notar gozosa que has engordado por fin. Sabes que eres afortunada porque ése sea el mayor de tus problemas, pero es tuyo y aún te queda bastante camino para no tenerle miedo a la báscula, ni al espejo, ni a aquel vestido que te hiciste a medida. Que aún queda para aceptar la forma de tu cara o tu cuerpo desnudo y sano ante el espejo. Porque sabes que tu cuerpo está sano pero tu cabeza no. Que probablemente nunca lo estará. Pero al menos, ya lo admites y puedes empezar a ganarle terreno a al espejo deformante y severo que habita dentro de tus ojos.

Y te alegras un poco porque ahora, por fin, cuando ves aquellas fotos de hace un par de años y ves aquellas piernas como de pájaro y la jaula que te formaban las costillas en el pecho, no puedes evitar estremecerte.

Todo es muy raro

He vuelto a Madrid y todo me parece a la vez extraño y a la vez amigo. Llegando a París desde Shanghai me sorprendió que a las ocho de la tarde aún hubiera luz. Ahora aquí, a saber por qué, me fijo más en las narices de la gente. Los vagones del metro me parecen más estrechos y gasto bastante más dinero del que tengo.

Ya he abrazado a un puñado de amigos, me he pasado una semana y media celebrando y dos tardes enteras tendida en mi cama sin hacer absolutamente nada de provecho. Ahora, después de un par de semanas, sigo sin poder dormir por las noches.

La gente dice que me ve distinta y todos bromean con lo de haberme vuelto china aunque lo de llevar sombrilla ya lo hacía antes de irme. Como demasiadas veces se me cae la casa encima, paso más tiempo en las ajenas, y me sigue gustando que esta ciudad albergue casi un bar por habitante.

No tengo que hacer ningún examen, pero siento que dejo miles de cosas a medias. No estoy ni aquí ni allí. Me encuentro extrañando las luces, los ruidos, los olores y esa lengua que empezaba a comprender, y a menudo me sorprendo preguntándome si ya vuelvo mañana con el primer vuelo aunque me dejen, como en el de vuelta a Madrid, seis horas dentro del avión antes de despegar. 

Imagino que se me pasará. Que si todo va como espero, tengo poco más de un mes para atesorar imágenes que después me servirán cuando caiga la noche y me pille a solas en ese Shanghai que ya es un poco mío, o un poco demasiado. Mientras, sólo me queda esperar la carta. Y de paso, disfrutar un poco. Que tampoco está mal.

Beijing me mata (II)

A Pekín le perdono todos sus defectos. Le perdono el bochorno, el traficazo, ese deporte nacional que es el sablazo al laowai, el acento y hasta su desprecio por las monedas en favor de los billetes.

Ya se han clausurado las jornadas. Me llevo un diploma, un par de amigos, un buen recuerdo, muchas risas, dos manuales y dos resacas monumentales de cerveza. Aprovecho el fin de semana para ver a más amigos que, cómo no, se empeñan en quedar en el Heaven, el garito de moda de la tarde y noche pekinesa; un antrazo con paredes forradas en madera y en donde puedes comprar el alcohol por botellas, bolsas de hielo y vasos de plástico. Es como volver a la adolescencia pero con mesas y más burradas cuando juegas al yo nunca he.

En algún momento del sábado, antes de conocer al hombre detrás de ZaiChina, aunque no nos acordemos ninguno, me tomo un par de mojitos baratos con Oriol, de Chinalati (haciendo negocios). Estamos apurándolo, junto al puesto que los sirve ahí en medio de Sanlitun, cuando veo (!) una cara conocida. Coño, Peter. Y Fadel. Y Besjian. Un americano, un marroquí y un albanés. Parece un chiste pero es la realidad y son las tres personas con las que cené la primera vez que pisé la ciudad, hace casi cuatro años.

Al día siguiente, Oriol me acompaña a agujerearme el cartílago de la oreja derecha. Es mi recuerdo de una ciudad que llevo hincada en el corazón. Decido quedarme un día más. Paseamos por Wudaokou, la zona universitaria. Por alguna razón, en Pekín la gente lleva más piercings y tatuajes que en Shanghai. Son del norte, dicen mis alumnos cuando se lo comento, unos días después.

No he pisado un monumento, pero he vivido, como siempre que voy, una ciudad distinta de la que conocía. Y creo que aún tengo que volver un par de veces.